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sobre Toga
Pueblo situado en un meandro del río Mijares rodeado de huertas y montañas; destaca por sus arcos de portal y su tranquilidad
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Aparca en la primera calle ancha que encuentres al entrar. No hay zonas habilitadas, pero tampoco hay competencia. El pueblo se ve en media hora. Si vienes por la CV-20 desde Onda, la carretera se estrecha. En verano, el calor a mediodía es intenso; si piensas caminar, hazlo por la mañana.
Las calles son empinadas. La de Mayor, Santiago y Santa Ana forman el recorrido lógico. Hay casas con muros de mampostería y balcones de hierro. Nada espectacular, pero el conjunto está entero, sin edificios que rompan el ambiente rural. La iglesia de San Miguel está en una plaza pequeña; ha tenido reformas, así que su aspecto es heterogéneo.
Lo que importa aquí está fuera. El pueblo está rodeado de monte bajo y pinar. Romero y aliaga crecen junto a los caminos que salen hacia las laderas. Desde las afueras parten pistas forestales que suben a masías antiguas, algunas usadas ocasionalmente, otras cerradas. Son rutas tranquilas, con poco ruido.
Si subes lo suficiente, hay vistas del valle del Mijares. En días muy claros se distingue el perfil del Peñagolosa al norte.
La gente viene a andar o, en otoño tras buenas lluvias, a buscar setas como níscalos. Infórmate de las normas de recolección del monte público y no cojas nada si no estás seguro.
Quedan unos cien vecinos todo el año. La fiesta de San Miguel, a finales de septiembre, es cuando más movimiento hay: misa, comida comunal y música en la calle durante un par de días. El resto del tiempo es silencio y mantenimiento de huertos o casas.
Vienes aquí para parar un rato o para empezar una caminata por la sierra cercana. No esperes monumentos ni ambiente constante. Es un lugar para pasar sin prisa o para usar como punto de partida hacia el monte