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sobre Vallat
Diminuto municipio junto al río Mijares; destaca por su tranquilidad y su iglesia parroquial del siglo XVIII
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Al amanecer, si pasas por Vallat, el aire suele arrastrar olor a tierra húmeda y a pino. La luz baja por la ladera y se queda un rato en las fachadas claras, mientras las calles estrechas todavía están vacías. Apenas se oye más que algún coche que cruza despacio o el golpe seco de una persiana al abrirse. En este rincón del Alto Mijares viven alrededor de 66 vecinos, y ese número pequeño se nota: el pueblo despierta sin prisa y casi siempre en silencio.
Situado a unos 276 metros de altura, Vallat ocupa un pequeño rellano sobre el valle del río Mijares. El casco es breve, compacto, con casas sencillas de mampostería y teja árabe que se agrupan alrededor de unas pocas calles. En algunos muros aún se ven reparaciones hechas con materiales distintos, parches de décadas diferentes que cuentan cómo se han ido arreglando las casas con lo que había a mano.
Desde varios puntos del pueblo la vista se abre hacia el valle. El río queda más abajo, escondido entre vegetación, y al fondo aparecen las sierras del Alto Mijares, que al atardecer se vuelven azuladas. Cuando el sol cae, las sombras empiezan a recortar las laderas y el paisaje gana textura: bancales, pinos sueltos, alguna encina vieja.
La iglesia y el pequeño núcleo del pueblo
La iglesia parroquial dedicada a San Bartolomé ocupa uno de los puntos centrales. Es un edificio sobrio, de piedra clara, con un campanario sencillo que se ve desde casi cualquier rincón del casco urbano. Más que un monumento, funciona como referencia del pueblo: el lugar donde se cruzan las pocas calles y donde todavía se reúne la vida diaria.
Alrededor aparecen casas con pequeños huertos pegados a la pared o justo al otro lado del camino. No es raro ver parras, higueras o algunos frutales que dan sombra en verano. En los bordes del núcleo empiezan enseguida los antiguos bancales, sostenidos por muros de piedra seca que siguen marcando el terreno aunque muchos ya no se trabajen con la intensidad de antes.
En invierno, cuando los almendros florecen en las parcelas cercanas, el contraste con el verde oscuro de los pinos cambia bastante el paisaje. Son momentos breves, pero muy visibles desde los caminos que rodean el pueblo.
Caminos entre bancales y barrancos
Desde Vallat salen varios caminos rurales que conectan con el entorno inmediato del Alto Mijares. No son rutas de alta montaña ni largas travesías, sino senderos que siguen trazados antiguos: pasos entre bancales, pistas que bajan hacia el río o caminos que enlazan con otras pequeñas poblaciones de la zona.
Mientras se camina aparecen detalles que cuentan la historia agrícola del lugar: muros de piedra vencidos por la vegetación, corrales en desuso, restos de pequeños hornos de cal o casetas de aperos. Algunas masías siguen habitadas de forma intermitente; otras llevan años cerradas.
La cercanía del río y de algunos cortados rocosos hace que, con un poco de paciencia, se puedan ver rapaces planeando sobre el valle. También es fácil oír currucas o zorzales entre los matorrales. Aquí conviene caminar despacio y parar de vez en cuando: muchas veces lo interesante aparece cuando el ruido de los pasos desaparece.
Si vienes en verano, mejor salir temprano. El sol cae fuerte en las horas centrales y hay tramos con poca sombra.
Un calendario tranquilo
Las fiestas patronales suelen celebrarse en agosto, cuando regresan vecinos que viven fuera y el pueblo se llena un poco más de lo habitual. Durante esos días aparecen procesiones, música por la noche y reuniones en la calle que alargan las conversaciones hasta tarde.
La Semana Santa mantiene un tono bastante sobrio, con pequeños actos religiosos que recorren las calles del núcleo. En invierno, las celebraciones navideñas suelen girar alrededor de encuentros entre vecinos y la preparación de dulces caseros hechos con recetas que pasan de una casa a otra.
Más que grandes eventos, son momentos en los que el pueblo cambia de ritmo durante unos días.
Llegar a Vallat y cuándo ir
Para llegar a Vallat desde Castellón de la Plana lo habitual es seguir la CV‑20 hacia el interior, pasando por Onda y entrando poco a poco en el valle del Mijares. La carretera se vuelve más estrecha a medida que avanza entre montes y barrancos, con curvas que obligan a conducir sin prisa.
Conviene tener en cuenta que el pueblo es muy pequeño y los servicios son limitados. No todo abre todos los días ni a cualquier hora, así que es buena idea llevar agua o lo necesario si se piensa caminar por la zona.
Entre semana y fuera de agosto el silencio es casi total. Para algunos eso es precisamente lo que hace que el lugar tenga sentido: un puñado de casas, el sonido lejano del río y la sensación de que el tiempo aquí se mueve a otro ritmo.