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sobre Villanueva de Viver
Pequeña localidad limítrofe con Teruel rodeada de pinares; destaca por su tranquilidad y aire puro de montaña
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Hay pueblos que te obligan a bajar el ritmo nada más llegar. Villanueva de Viver es uno de esos. No porque haya mucho que ver —de hecho, en una mañana tranquila puedes recorrerlo entero— sino porque todo funciona a otro compás. Con apenas un centenar de vecinos y a unos 900 metros de altitud, este rincón del Alto Mijares vive sin grandes gestos: casas pegadas a la montaña, silencio entre semana y mucho pinar alrededor.
Su posición, entre las sierras del interior de Castellón, hace que el aire cambie bastante respecto a las zonas más bajas. Aquí domina el pino —carrasco y rodeno— y un paisaje donde todavía aparecen bancales antiguos y muros de piedra seca que hablan de cuando la tierra se trabajaba mucho más que ahora. También quedan masías dispersas por los alrededores, algunas todavía en uso y otras simplemente resistiendo el paso del tiempo.
Un puñado de calles y poco más
El casco urbano de Villanueva de Viver es pequeño incluso para los estándares de la comarca. Básicamente un puñado de calles que suben y bajan con cierta pendiente, casas de dos alturas y fachadas sencillas.
La calle Mayor hace de eje, aunque aquí eso significa algo bastante modesto: unos pocos tramos con viviendas pegadas unas a otras. Al final aparece la iglesia parroquial de San Francisco Javier, levantada en el siglo XVIII. No es un edificio que busque impresionar; es más bien el tipo de iglesia que ha estado siempre ahí, marcando la vida del pueblo con las campanas y poco más.
Cerca suele haber movimiento en la fuente pública, alimentada por un manantial. En pueblos así la fuente sigue siendo punto de encuentro, aunque sea para parar un momento y charlar un rato. Alrededor todavía se ven corrales, huertos pequeños y muros de piedra que recuerdan que la economía local siempre ha estado ligada al campo y al ganado.
El pinar empieza al salir del pueblo
Una de las cosas que se agradecen en Villanueva de Viver es que no hace falta coger el coche para empezar a caminar. Sales del pueblo y en pocos minutos ya estás metido en el pinar.
No esperes rutas muy preparadas ni paneles cada pocos metros. Aquí lo que hay son pistas forestales y senderos que llevan años utilizándose para trabajar el monte o moverse entre masías. Con un mapa o un track es fácil enlazar varios caminos y subir hacia algunos collados desde donde se abre bastante el paisaje del Alto Mijares.
El terreno, en general, es amable: pistas anchas, pendientes moderadas y bastante sombra cuando el pinar se cierra. En otoño, si el año viene húmedo, es habitual ver gente buscando níscalos o boletus por la zona. Como siempre con las setas, conviene saber bien lo que se recoge y respetar los terrenos privados.
Cocina de interior, sin complicaciones
La cocina que suele aparecer por esta zona del interior castellonense es directa y contundente, muy ligada al producto que había a mano. Cordero asado, guisos hechos a fuego lento y arroces secos donde entran verduras de temporada o algo de carne.
En las casas todavía se preparan dulces con almendra o miel cuando llega la primavera, recetas de las de siempre. No es una gastronomía de grandes presentaciones; es más bien comida pensada para después de una mañana en el campo o de una caminata larga por la sierra.
Un calendario que cambia mucho en agosto
Durante buena parte del año Villanueva de Viver es muy tranquilo. Luego llega agosto y el pueblo cambia de ritmo: vuelven muchos vecinos que viven fuera y las calles recuperan movimiento durante unos días.
Las fiestas suelen girar en torno a celebraciones religiosas como las dedicadas a Santa Ana o San Antonio, con procesiones y comidas populares que se organizan entre los propios vecinos. En invierno también se mantienen algunas tradiciones ligadas al mundo rural, como la bendición de animales alrededor de pequeñas hogueras.
Cuándo acercarse
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para moverse por esta parte del Alto Mijares. El monte está más vivo y caminar resulta mucho más llevadero que en pleno verano.
En julio y agosto el calor aprieta al mediodía, aunque las tardes suelen refrescar bastante gracias a la altitud. Y el invierno aquí se nota: mañanas frías, chimeneas encendidas y bastante silencio en las calles.
Villanueva de Viver no es un destino de grandes planes. Es más bien ese tipo de sitio al que vienes a caminar un rato por el monte, dar una vuelta por el pueblo y sentarte un rato en la fuente a ver pasar la tarde. A veces con eso basta.