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sobre Altura
Villa histórica del valle del Palancia conocida por albergar la Cartuja de Vall de Cristo; posee un entorno natural privilegiado con manantiales y el santuario de la Cueva Santa
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Dejas atrás la carretera nacional y el coche empieza a subir. No es una cuesta cualquiera: es la sierra Calderona que te dice que ya estás llegando. Y cuando entras en Altura, lo primero que ves son las piedras. Piedras de muralla, piedras de casas viejas, piedras del castillo que parece que alguien dejó caer sobre el pueblo hace siglos y ahí se quedó.
Un pueblo con los pies en el suelo
Aquí no hay recepción turística con folletos brillantes. Lo que hay son calles estrechas que huelen a romero cuando sopla el viento de la sierra y un silencio que te hace notar que has salido de Valencia. A mediodía parece que todo se para; luego, sobre las seis o las siete, el pueblo vuelve a respirar. Aparecen las sillas en las puertas, la gente sale a comprar el pan y se queda hablando en la esquina.
Una de las primeras cosas que haces es subir hacia los restos del castillo. No hay taquilla ni audioguía. Subes andando, miras las vistas y ya está. Desde arriba se ve bien el valle del Palancia y, si el día lo permite, la llanura se extiende hasta donde alcanza la vista.
La Cartuja, donde el tiempo se paró (varias veces)
A las afueras, por un camino tranquilo, está lo que más me llamó la atención: la Cartuja de Vall de Cristo.
Fundada hace más de seis siglos, fue importante dentro de los cartujos. Ahora es un conjunto grande pero roto: iglesia sin techo, claustros a medio adivinar, muros que se mezclan con el campo. Tiene ese aire de lugar que ha visto pasar épocas buenas y malas. Puedes caminar entre sus piedras sin prisas; la última vez solo me crucé con un tipo que venía andando desde Segorbe y me dijo: “la gente pasa de largo hacia otros sitios más famosos”.
Senderos con historia (y desnivel)
Si te gusta caminar, estás en tu sitio. La Sierra Calderona está ahí mismo y hay rutas señalizadas que salen del pueblo.
Una de las conocidas sube hasta la Cueva Santa. Es un santuario con mucha tradición aquí; dicen que la imagen apareció en una gruta hace siglos y desde entonces hay romerías, sobre todo cuando empieza el buen tiempo. El camino tiene pendiente, así que mejor calzado cómodo y agua.
También hay paseos más cortos por barrancos cercanos donde todavía se ven acequias viejas y restos de molinos. Son recorridos fáciles que ayudan a entender cómo se vivía aquí del agua y de la tierra.
Comida para andariegos
Después de caminar toca reponer fuerzas. En esta zona los platos no son precisamente ligeros.
Uno típico es la olla de la plana: garbanzos con carne y embutido que te llena como un día entero en el campo. Es comida para después echarse una siesta larga.
En fechas señaladas también preparan dulces —como los pestiños en Semana Santa— y cocas saladas finas con cebolla o tomate, muy típicas por aquí.
Y luego está la miel. Con tanto romero y tomillo alrededor no es raro encontrar miel oscura y con sabor intenso a monte bajo.
Si vas a ir
Altura tiene su propio ritmo. En invierno puede hacer frío serio y algunos días apenas ves movimiento. En verano pega el sol fuerte durante el día aunque por la noche suele refrescar más que en playa.
Si vas entre semana quizá notes menos ambiente del esperado; los fines de semana cambia bastante: más coches aparcados en las entradas del pueblo, más gente paseando por su plaza principal.
Las fiestas grandes son hacia septiembre y tienen ese aire donde todo el mundo se conoce: procesiones tradicionales música desde los balcones conversaciones largas en mitad de calle Nada espectacular pero muy real
Altura no es un destino para marcar en rojo en un mapa Es más bien ese tipo sitio al pasas una tarde das vuelta por casco antiguo visitas cartuja caminas un poco por sierra acabas comiendo algo contundente
No va cambiar tu vida pero sí te lleva sensación haber estado lugar sigue funcionando su manera Y eso últimamente ya bastante