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sobre Vall de Almonacid
Pueblo serrano dominado por las ruinas del castillo de Almonecir; entorno de olivos y cerezos en el parque natural de Espadán
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Hay pueblos que parecen pensados para una postal. Vall de Almonacid no va por ahí. Este rincón del Alto Palancia se entiende mejor como cuando entras en casa de alguien del pueblo: nada preparado, todo bastante tal cual es. Y precisamente por eso funciona.
Vall de Almonacid es pequeño, de esos donde en diez minutos ya tienes claro por dónde se mueve todo. No hay grandes reclamos ni un monumento que concentre las miradas. Lo que hay es silencio, campo alrededor y esa sensación de estar en un lugar donde la vida sigue a su ritmo, bastante ajena al turismo.
El centro del pueblo
El casco urbano gira alrededor de calles estrechas que suben y bajan sin demasiado orden. Casas de piedra, algunas encaladas, balcones con rejas y portones de madera que se nota que llevan décadas cumpliendo su función.
La iglesia parroquial, dedicada a la Purificación de Nuestra Señora, parece levantada hace varios siglos. El interior es sobrio. No impresiona por tamaño, pero sí por ese aire de iglesia de pueblo que ha visto pasar generaciones enteras.
Si subes un poco por las calles más altas, aparecen vistas abiertas al valle. No es un mirador preparado ni nada parecido. Simplemente el pueblo se levanta lo justo para que el paisaje se abra de golpe entre tejados.
Almendros, bancales y campo alrededor
Al salir del casco empiezan los bancales. Almendros, algarrobos y algo de huerta aquí y allá. El terreno se ha trabajado así desde hace mucho tiempo, con muros de piedra que sujetan la tierra en las laderas.
En marzo suele notarse más movimiento de gente caminando por los alrededores. Es cuando los almendros florecen y los campos se llenan de blanco. No es un espectáculo organizado ni nada parecido. Son caminos rurales y parcelas agrícolas donde la gente sigue trabajando.
También quedan algunas fuentes y pequeños manantiales que tradicionalmente han servido para abastecer al pueblo. Algunas siguen dando agua. Otras están más como recuerdo que como punto de parada.
Caminos tranquilos para andar o ir en bici
Los alrededores de Vall de Almonacid tienen bastantes pistas rurales. No son rutas de montaña técnicas ni senderos señalizados cada pocos metros. Más bien caminos de tierra que conectan campos, barrancos y montes bajos.
Para caminar están bien porque el terreno no suele ser complicado. Subes, bajas un poco, atraviesas pinar y vuelves a salir a zonas de cultivo. Ese tipo de paseo en el que el mayor ruido suele ser el viento entre los pinos.
En bici pasa algo parecido. Hay tramos entretenidos, con pequeñas subidas y bajadas, y muy poco tráfico. A veces da la sensación de que los coches pasan por aquí más por necesidad que por otra cosa.
Fiestas y vida de pueblo
Durante el año el pueblo vive bastante tranquilo. La población es pequeña y eso se nota en el ritmo diario.
En invierno suelen celebrarse las fiestas dedicadas a la patrona con actos religiosos y algo de música en la plaza. Nada grandilocuente. Más bien reuniones donde se juntan vecinos y familiares que vuelven esos días.
En verano el ambiente cambia un poco. Regresan muchas personas que tienen casa aquí o familia en el pueblo. Las calles se llenan más por la tarde y aparecen cenas largas en la calle o en patios interiores. Ese momento del día en que baja el calor y la gente se sienta a charlar sin mirar demasiado el reloj.
Cómo llegar y moverse por Vall de Almonacid
Se llega por carreteras comarcales que atraviesan el Alto Palancia entre montes bajos y campos de cultivo. El trayecto ya te va poniendo en situación: curvas suaves, pueblos pequeños y bastante paisaje abierto.
Al entrar en Vall de Almonacid lo mejor es dejar el coche cerca del centro y moverse andando. Las calles no son grandes y muchas veces se disfrutan más caminando despacio.
Además, en pueblos así siempre pasa lo mismo. Cuando dejas el coche y empiezas a andar, empiezas también a fijarte en los detalles: una puerta antigua, una fuente en una esquina, un gato durmiendo al sol en mitad de la calle. Y ahí es cuando el sitio empieza a tener sentido.