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sobre Benicarló
Ciudad costera con puerto pesquero y deportivo famosa por su alcachofa con denominación de origen; ofrece playas urbanas y una rica gastronomía marinera y de huerta
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Hay un momento, justo cuando el sol empieza a bajar y el puerto huele a sardina recién asada, en el que Benicarló se revela como lo que realmente es: un pueblo de pescadores que con el tiempo acabó creciendo más de lo que parecía lógico. Si buscas turismo en Benicarló esperando otro Peñíscola, vas un poco despistado. La vecina tiene castillo y foto de postal. Aquí la cosa va por otro lado: humo de barco, huerta alrededor y alcachofas por todas partes.
El casco que se comió la muralla
La primera vez que paseé por el centro de Benicarló pensé que alguien había pintado medio casco antiguo con la misma brocha que usaron para la iglesia. Ese tono tostado que se vuelve dorado cuando cae la tarde.
La iglesia de San Bartolomé está ahí plantada, grande y bastante sobria. Es del siglo XVIII y tiene un detalle curioso: parte de su nave norte se levantó aprovechando la antigua muralla. Como cuando en casa reciclas una pared vieja porque tirarla sería más lío que otra cosa.
Frente a ella está la Casa de la Baronesa, un edificio noble del siglo XVI con escudos en la fachada y esa piedra que parece llevar siglos mirando pasar gente por la plaza. Hoy alberga dependencias municipales, así que verás entrar y salir vecinos con papeles bajo el brazo más que turistas.
A unos dos kilómetros y pico del centro aparece la ermita de San Gregorio, ya entre huerta. Tradicionalmente en mayo se hace una romería hasta allí y baja medio pueblo caminando. El plan es sencillo: andar, comer algo y pasar el día fuera. Muy de aquí.
Un puerto que sigue trabajando
El puerto de Benicarló no parece un decorado bonito para fotos. Y casi mejor. Aquí hay barcos que salen a faenar de verdad, redes secándose y ese olor a gasoil mezclado con mar que tienen muchos puertos mediterráneos.
Comparte espacio la parte pesquera con la deportiva desde hace décadas, así que en el mismo paseo puedes ver un velero reluciente y, unos metros más allá, un barco descargando cajas de pescado. Ese contraste cuenta bastante bien cómo funciona el lugar.
Durante las fiestas de verano, hacia agosto, el puerto suele llenarse de gente comiendo sardinas asadas en la calle. Faroles, humo y mesas largas. El olor se mete por todas partes. Si pasas por allí esa noche lo entenderás rápido.
Alcachofas con nombre propio
En Benicarló la alcachofa no es solo un producto: es casi una identidad. La huerta alrededor del pueblo está llena y cuentan con una indicación geográfica protegida desde hace años. Cuando llega la temporada —normalmente entre invierno y principios de primavera— el tema aparece en todas partes.
Suelen organizar jornadas y una feria gastronómica hacia finales de marzo, con degustaciones populares y platos donde la alcachofa aparece de todas las maneras imaginables: a la brasa, en guisos, con pescado, incluso cruda en ensalada.
Luego están los clásicos de casa. El espencat de bacalao con pimientos asados, por ejemplo: sencillo, aceite de oliva y poco más. Y los guisos de pescado del puerto, que aquí se preparan con lo que haya entrado ese día en la lonja.
Cuando el pueblo se hizo ciudad
Benicarló tiene algo que pasa en muchos sitios del Mediterráneo: oficialmente es ciudad desde hace casi un siglo, pero en la práctica sigue funcionando como un pueblo grande. Ese tipo de lugar donde todavía ves a gente bajar a comprar el pan en zapatillas y donde muchas conversaciones empiezan con “¿de quién eres tú?”.
Históricamente tuvo cierta importancia en la zona. La villa obtuvo privilegios reales en el siglo XVI por mantenerse fiel durante las Germanías, y más tarde recibió el título de ciudad ya en el siglo XX. Son esas cosas administrativas que aparecen en los libros pero que no cambian demasiado la vida diaria.
También hay restos mucho más antiguos en los alrededores, como el poblado ibérico de La Tossa. No esperes un gran recinto musealizado: son restos arqueológicos discretos, de esos que visitas sabiendo que el valor está más en la historia que en el espectáculo.
Consejo de amigo: ven cuando el pueblo está en la calle
Si quieres ver Benicarló con ambiente, las fiestas de agosto lo ponen fácil. Mucha gente fuera, el puerto lleno por la noche y bastante movimiento en el centro.
La otra época interesante es la temporada de la alcachofa, entre febrero y marzo. Si te gusta comer bien, aquí se nota mucho cuándo el producto está en su momento.
Eso sí, evita esperar una ciudad turística abierta todo el año a cualquier hora. En invierno, sobre todo en domingo, el ritmo baja bastante. Es ese silencio de pueblo costero cuando no hay temporada: persianas a medio cerrar, cuatro vecinos charlando y poco más.
Mi plan sencillo sería este: paseo por el centro, bajar al puerto a ver el movimiento, acercarse a la huerta si te apetece caminar y sentarte luego en una terraza cualquiera con una cerveza y algo de picar. A veces el viaje se queda en eso. Y en sitios como Benicarló, con el mar tan cerca, suele ser suficiente.