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sobre Santa Pola
Villa marinera por excelencia; puerto pesquero, salinas y castillo fortaleza
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Los barcos de arrastre regresan al puerto al amanecer. En la lonja se descarga lo que haya dado la noche: sepias, calamares, algo de pescado azul. Esta rutina, que se repite desde hace generaciones, explica qué ha sido Santa Pola durante mucho tiempo: un puerto activo más que un simple destino de playa. Hoy convive con otro ritmo, el de quienes pasean por el muelle o embarcan rumbo a Tabarca.
El asentamiento es bastante más antiguo que el pueblo marinero. En época romana fue el Portus Ilicitanus, el puerto de la ciudad de Ilici (la actual Elche). Los restos son escasos —algunos muros, mosaicos hallados en villas cercanas—, pero bastan para entender por qué surgió aquí: una bahía resguardada, con aguas poco profundas y un fondo de arena que facilitaba varar las embarcaciones.
Ese mismo abrigo natural atrajo durante siglos incursiones de piratas berberiscos. Para controlar la costa, la monarquía ordenó levantar en el siglo XVI una fortaleza que todavía marca el centro del casco antiguo.
El castillo que organizó el pueblo
El Castillo‑Fortaleza de Santa Pola tiene planta cuadrada y baluartes en las esquinas, una tipología habitual en la costa valenciana de la época. Interesa más por su papel en la historia local que como pieza singular de arquitectura militar. La construcción del recinto permitió concentrar población en un lugar defendible y dio origen al núcleo urbano que hoy rodea la fortaleza.
El edificio ha tenido usos muy distintos: cuartel, almacén vinculado a la actividad salinera, espacio de mercado. Ahora alberga el Museo del Mar, que explica la relación del municipio con la pesca, la navegación y las salinas cercanas.
Desde la parte superior del recinto se entiende bien la forma del pueblo. Hacia un lado queda el puerto; hacia el otro, el entramado de calles del siglo XIX que creció alrededor de la fortaleza. Más allá aparecen los barrios levantados en la segunda mitad del siglo XX, cuando el turismo empezó a transformar la economía local.
Las salinas, un paisaje de trabajo
Al sur del casco urbano se extiende el Parque Natural de las Salinas de Santa Pola, una llanura de balsas y canales que ocupa buena parte del litoral. La extracción de sal tiene aquí una historia muy larga; distintas culturas aprovecharon estas lagunas costeras para evaporar el agua de mar y recoger la sal cristalizada.
La producción continúa hoy, sobre todo en los meses cálidos. El paisaje cambia según la época: en verano el fondo de algunas balsas se cuartea en placas blancas; en invierno el agua recupera tonos más oscuros.
Además de su valor económico, las salinas son un espacio importante para las aves acuáticas. Los flamencos son los más visibles, aunque no siempre están presentes en el mismo número. Conviene llevar prismáticos y asumir que la observación se hace a cierta distancia.
Un camino asfaltado rodea parte de las balsas y permite recorrer la zona en bicicleta o a pie. Es un trayecto llano, expuesto al sol y al viento.
Las torres de vigilancia del litoral
La costa entre Santa Pola y el cabo estaba salpicada de torres de vigilancia levantadas en el siglo XVI. Formaban una red visual: si una detectaba naves sospechosas, avisaba a la siguiente mediante señales de humo o fuego.
Una de las más conocidas es la Torre de Escaletes, situada en un punto elevado del cabo. Desde allí se domina buena parte del litoral y, con buena visibilidad, la isla de Tabarca aparece casi enfrente. La vista ayuda a comprender la lógica defensiva del sistema.
Tabarca, frente a la costa
A poca distancia del puerto se encuentra la isla de Tabarca, el único núcleo habitado del archipiélago valenciano. Hasta el siglo XVIII era prácticamente un islote desierto. La situación cambió cuando la Corona instaló allí a un grupo de familias de origen genovés rescatadas del norte de África y levantó un pequeño recinto amurallado.
El trazado del pueblo responde a esa fundación ilustrada: calles rectas, casas bajas y una iglesia barroca dentro de la muralla. La población permanente es reducida.
El interés está en el conjunto: el paisaje marino, las murallas, las calas de piedra y un fondo marino protegido desde hace décadas. Se puede recorrer caminando; no hay coches y las distancias son cortas.
Cómo orientarse en la visita
El centro histórico se recorre rápido. El castillo marca el punto de partida lógico y desde allí salen las calles que bajan hacia el puerto y el paseo marítimo.
Quien tenga interés por el paisaje puede dedicar parte del día a las salinas o subir hacia el cabo y el faro, donde la costa cambia y aparecen acantilados bajos. Para Tabarca hay conexiones marítimas regulares desde el puerto, aunque la frecuencia varía según la época del año.
Aparcar cerca del frente marítimo puede complicarse en temporada alta. Mucha gente opta por dejar el coche en avenidas algo más alejadas y moverse a pie por el centro, que es relativamente compacto. Y si llueve o hay viento fuerte, conviene saber que algunas playas del sur tienen fondo muy fino: el barro aparece enseguida.