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sobre Benirredrà
Municipio conurbado con Gandia que conserva su identidad de pueblo tranquilo
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Al salir de Gandia por la carretera que atraviesa la huerta, la vista se va cerrando poco a poco entre parcelas de naranjos. A un lado aparecen acequias de agua tranquila, al otro caminos de tierra por donde todavía pasan tractores a primera hora. En ese tramo corto surge Benirredrà, casi pegado a la ciudad pero con otro ritmo. Aquí el día se nota en cosas pequeñas: el sonido del riego al amanecer, el olor dulce del azahar cuando llega la primavera, las persianas que se levantan despacio en las calles cortas del centro.
El pequeño núcleo alrededor de la iglesia
El núcleo principal se organiza alrededor de la plaza donde se levanta la iglesia parroquial de San Miquel. No es un edificio antiguo; su construcción es relativamente reciente si se compara con otras iglesias de la Safor, y por fuera mantiene una fachada clara y sencilla. A determinadas horas del día —sobre todo al caer la tarde— la plaza queda en silencio unos minutos, cuando baja el movimiento de coches y se oye más el murmullo de las casas abiertas que el tráfico cercano de Gandia.
Las calles del centro son rectas y breves. Casas de dos alturas, muchas con puertas de madera ya algo gastadas por el sol y pequeños patios donde aparecen macetas, limoneros o alguna parra que busca sombra en verano. La calle Mayor atraviesa el casco urbano de lado a lado y suele concentrar el poco movimiento del pueblo: vecinos que se cruzan, alguien que sale a barrer la acera, conversaciones que se alargan desde la puerta.
Conviene aparcar en los bordes del pueblo y recorrerlo a pie. En pocos minutos se llega a cualquier punto.
Huerta y caminos entre naranjos
Nada más salir del casco urbano empiezan los campos. La huerta rodea completamente Benirredrà y marca su paisaje cotidiano. Las parcelas están delimitadas por acequias y pequeños márgenes de tierra, con caminos agrícolas que se pueden recorrer caminando o en bicicleta.
En primavera el aire cambia: el azahar llena los caminos con un olor intenso que se nota incluso antes de ver los árboles en flor. En invierno el paisaje es más denso y oscuro, con los naranjos cargados y los suelos húmedos después de las lluvias.
Los caminos que conectan con otros pueblos de la Safor son llanos y fáciles de seguir. No son rutas señalizadas como tal, sino caminos agrícolas de uso diario. Por la mañana es habitual cruzarse con gente trabajando en el campo o con pequeños vehículos cargados de cajas de fruta.
Si vienes a caminar o pedalear, las primeras horas del día suelen ser las más agradables. En verano el calor aprieta pronto en esta parte de la comarca.
Un pueblo pequeño, muy cerca de Gandia
Con algo más de mil quinientos habitantes, Benirredrà funciona casi como una extensión tranquila de Gandia. La cercanía se nota: en pocos minutos en coche se llega a la ciudad o a la costa, pero el entorno inmediato sigue siendo agrícola.
Por eso el pueblo suele aparecer en recorridos más amplios por la Safor. Se puede pasar por aquí al moverse entre Gandia, Bellreguard o las zonas de marjal cercanas al litoral. No hace falta dedicarle muchas horas: el casco urbano se recorre en unos veinte minutos andando sin prisa.
Platos de casa y producto cercano
En las casas del pueblo la cocina sigue muy ligada a lo que da la huerta. El arroz al horno aparece con frecuencia en reuniones familiares, con carne de cerdo, patata y judías blancas cocinadas en cazuela de barro. Según la temporada pueden entrar alcachofas, setas o alguna verdura de los bancales cercanos.
Los tomates, pimientos o ajos suelen venir de huertos próximos, y en invierno los cítricos dominan cualquier mesa. Las naranjas se recogen en los campos de alrededor y ese sabor ligeramente ácido y dulce se nota incluso al pelarlas: el aroma queda en las manos durante un buen rato.
Fiestas que siguen el calendario local
El calendario festivo sigue las tradiciones habituales de la zona. En marzo el pueblo también levanta fallas, aunque en una escala mucho más doméstica que en las ciudades cercanas. Los monumentos suelen ser pequeños y hechos con participación vecinal, y la cremà reúne a buena parte del pueblo en la calle.
Durante el verano llegan las fiestas patronales, cuando regresan familiares que viven fuera y las noches se llenan de música, mesas en la calle y conversaciones largas. La Semana Santa también tiene presencia, con procesiones que recorren las calles principales acompañadas de velas y pasos llevados por vecinos.
Cuándo acercarse
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para pasear por Benirredrà y sus caminos agrícolas. En primavera el olor del azahar se cuela incluso dentro del pueblo. En otoño la actividad en el campo vuelve a notarse y la luz de la tarde cae dorada sobre las filas de naranjos.
En verano el calor es intenso a mediodía. Si pasas por aquí en esos meses, conviene moverse temprano o esperar a las últimas horas de la tarde, cuando el aire empieza a correr entre las huertas y las calles vuelven a llenarse de gente sentada en la puerta de casa.
Benirredrà no es un lugar al que se venga a buscar monumentos. Se entiende mejor caminando despacio entre acequias y parcelas de cítricos, escuchando el ruido del agua en los canales y viendo cómo el pueblo sigue girando alrededor de la huerta que lo rodea. Un rato basta para hacerse una idea clara de ese ritmo.