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sobre Betxí
Población citrícola situada a los pies de la Sierra de Espadán; su elemento más destacado es el palacio-castillo renacentista situado en el centro de la plaza mayor
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A las seis de la tarde, la luz atraviesa los naranjos como si fuera miel líquida. Desde la carretera que viene de Castellón, Betxí aparece como un espolón de tejas rojas entre el verde intenso de los campos. El aire suele oler a azahar en temporada y a tierra removida cuando los huertos se trabajan. Un ciclista sube lentamente por la autovía cercana y desaparece entre las calles sin prisa. Así empieza muchas veces el turismo en Betxí: llegando casi sin darte cuenta, entre campos de cítricos.
El palacio que se niega a morir
El Palacio-Castillo de Betxí se levanta en el centro como un viejo señor que ha visto pasar siglos sin moverse demasiado. Sus sillares de piedra dorada tienen el color del pan tostado cuando el sol cae de lado. El patio renacentista —ese espacio cuadrado donde el sonido de los pasos rebota en las paredes— conserva los arcos góticos originales, aunque en algunas zonas se ven refuerzos más recientes que recuerdan que el edificio lleva años esperando una restauración completa.
Está protegido como Bien de Interés Cultural desde finales del siglo pasado, pero durante mucho tiempo el palacio ha vivido entre proyectos, anuncios y periodos de abandono. El ayuntamiento adquirió el edificio tras un proceso largo, y desde entonces se habla de recuperarlo poco a poco.
Las ventanas altas dan a una plaza pequeña donde por las tardes todavía se juntan vecinos mayores a jugar a las cartas bajo los árboles. Las sillas suelen ser de plástico blanco, las mesas ligeras, y el murmullo de la partida se mezcla con el sonido de las motos que cruzan despacio.
La coca que aquí hacen a su manera
En Betxí hay una coca que no se parece demasiado a las que se ven en otras partes de la Comunitat Valenciana. La masa es más gruesa, con borde alto, casi como si quisieran contener bien el relleno. Dentro suele llevar tomate y morcilla, y cuando sale del horno la superficie queda ligeramente crujiente.
A primera hora de la mañana, el olor del horno se escapa por algunas calles del centro. Mucha gente la compra para llevar y se la come de pie, apoyada en la pared o caminando despacio. Las migas caen al suelo y enseguida aparecen las palomas, que conocen bien la rutina.
Si pasas por el pueblo temprano, es cuando más se nota ese ambiente: persianas medio levantadas, el pan todavía caliente y las primeras conversaciones del día en voz baja.
El campo que rodea
Salir de Betxí por cualquiera de las carreteras secundarias es entrar en un entramado de caminos agrícolas. Filas de naranjos, acequias estrechas, alguna caseta de aperos con la puerta medio abierta. En abril el olor del azahar se queda suspendido en el aire; en otoño el ambiente cambia y aparece ese perfume más seco de piel de naranja y hojas caídas.
A primera hora circulan muchos ciclistas. Se les ve pasar entre los árboles con maillots de colores muy vivos que parpadean al sol. Cuando hay niebla baja —la boira que a veces se queda sobre la Plana— todo se vuelve más silencioso: las ruedas sobre la grava, algún perro ladrando a lo lejos, el zumbido de un tractor.
En dirección a la sierra, algunas pequeñas explanadas junto a los caminos sirven de parada improvisada. Desde ahí se ve el valle bastante abierto: los campos ordenados, el pueblo recogido contra el pie de la montaña y, en días claros, la línea más alta de la Serra d’Espadà al fondo.
Cuándo ir y cuándo no
Febrero suele traer los primeros días suaves y el olor del azahar empezando a despertar. Mayo tiene ambiente de celebraciones familiares y plazas más animadas de lo habitual.
Agosto cambia el ritmo del pueblo. Hace calor desde media mañana y el tráfico aumenta porque mucha gente vuelve unos días o pasa por aquí camino de la costa. Las tardes siguen siendo agradables si esperas a que el sol baje y las sombras alarguen las fachadas.
Si puedes elegir, acércate entre semana y a primera hora del día o al caer la tarde. Es cuando Betxí suena más a sí mismo: alguna persiana golpeando suavemente, bicicletas cruzando la plaza y el olor de los naranjos colándose entre las casas. Sin prisas y sin necesidad de buscar nada concreto, simplemente caminando.