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sobre Bocairent
Uno de los pueblos más bonitos excavado en la roca con las Covetes dels Moros y barrio medieval
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Las campanas de la iglesia de San Blas repican a las siete de la mañana y el sonido rebota en las paredes de caliza como si el pueblo entero fuera un instrumento de viento. Desde la ventana de la casa‑cueva donde me alojo, veo cómo la luz naranja del amanecer va despertando los tejados de teja árabe y las chimeneas de piedra. Bocairent huele a leña quemada y a pan recién hecho, ese olor que todavía aparece en algunos pueblos cuando la jornada empieza antes de que caliente el sol.
La piedra que cuenta historias
Caminar por Bocairent es ir descubriendo capas de tiempo casi sin darte cuenta. En la calle del Raval, las casas‑cueva se abren directamente al monte: puertas de madera oscura, cortinas de flores en los ventanales, algún perro que observa desde un umbral excavado en la roca. El desnivel es serio. Hay calles que pasan muy por encima de otras, separadas por escaleras estrechas y pasadizos medievales que funcionan como atajos si sabes por dónde ir.
Subo hacia las Covetes dels Moros por un sendero de tierra que suele oler a romero y tomillo cuando el sol empieza a calentar. Desde abajo se ven decenas de ventanas abiertas en la pared de caliza, alineadas como si alguien hubiera picado la montaña con paciencia infinita. Dentro hay pequeñas cámaras comunicadas entre sí; durante siglos se usaron como almacén, y el aire tiene ese olor seco de los lugares donde se guardaba grano. Desde la pared se abre todo el paisaje de la Vall d’Albaida: olivos de color plateado, bancales de secano y almendros que, a finales de invierno, blanquean muchas laderas.
Cuando el pueblo se viste de seda y pólvora
En los días previos a Sant Blai, Bocairent cambia de ritmo. En algunas calles se oyen máquinas de coser detrás de las puertas abiertas y aparecen telas, botas altas y piezas de metal que acabarán formando los trajes de las comparsas. Las fiestas de moros y cristianos aquí se viven muy hacia dentro: suenan dulzainas, se huele incienso cuando las puertas de la iglesia se abren y los caballos esperan quietos en las plazas empedradas.
La víspera grande, cuando las comparsas desfilan con antorchas, el aire se llena de humo y de pólvora. Entre los estampidos se mezclan generaciones: gente mayor que recuerda las fiestas de cuando era niña, cuadrillas jóvenes brindando con herbero y visitantes que miran alrededor intentando entender cómo encaja todo eso en un pueblo de apenas unos miles de habitantes.
El sabor de la montaña
A mediodía, en alguno de los bares del centro, el olor que sale de la cocina suele ser el mismo: guisos de cuchara y bacalao con tomate. La olla de blat es uno de esos platos que llegan a la mesa espesos y calientes. Lleva trigo, judías, verduras de invierno y carne de cerdo que se deshace después de horas al fuego. No es comida ligera, y muchos días acaba alargando la sobremesa más de lo previsto.
Por Todos los Santos es habitual ver dulces de almendra en los hornos del pueblo. Son piezas pequeñas, de masa densa, que se deshacen rápido en la boca. El herbero —licor de hierbas muy extendido por estas sierras— aparece en vasos cortos y deja un aroma anisado que recuerda al monte seco en verano.
El momento de quedarse
Bocairent funciona mejor cuando bajas el ritmo. Sentarte un rato en la plaza de toros excavada en la roca ayuda a entender el tipo de lugar que es: gradas directamente talladas en la piedra, ásperas al tacto, mirando hacia un ruedo pequeño. También merece la pena subir hasta el monasterio rupestre, donde las estancias se abren dentro de la montaña y la temperatura cambia de golpe al cruzar la puerta.
El barrio medieval se recorre sin mapa. A veces una calle acaba en un mirador sobre el barranco; otras, en una escalera que gira entre casas muy juntas.
Si vienes en agosto o en algún puente largo, conviene madrugar para caminar por el casco antiguo con calma. Entre semana y fuera de temporada el ambiente es otro: menos coches buscando sitio en las cuestas, más silencio entre las paredes de piedra.
Al atardecer, mucha gente sube hacia la zona del antiguo castillo. Quedan pocos restos, apenas muros y la silueta de la roca. Lo que compensa es la vista: el valle extendido abajo y la luz cayendo sobre las terrazas de cultivo mientras el pueblo empieza a quedarse en sombra. Es un buen lugar para terminar el día sin prisa.