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sobre Callosa d'en Sarrià
Capital del níspero; famosa por las Fuentes del Algar y su entorno rico en agua
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Te juro que el primer día no vi ni un solo níspero. Estaba tan pendiente de no resbalar en las Fuentes del Algar que se me pasó por completo que Callosa d'en Sarrià vive del níspero como Benidorm de los británicos con quemadura de sol. Y mira que los carteles lo repiten por todo el pueblo. Pero cuando estás intentando no romperte la crisma en una roca mojada, lo último que miras es el arbolado.
El agua que se escapa
Las Fuentes del Algar son como ese amigo que siempre llega tarde pero luego anima la noche. El acceso es de pago —algo que a más de uno le chirría cuando se entera—, pero cuando ves el agua bajar entre las rocas entiendes por qué lo tienen así de controlado.
El agua baja clara, fría y con ese color que parece de anuncio de agua mineral. Lo que casi nadie te advierte es que vas a mojarte. No “quizá”. No “si te acercas mucho”. Los senderos pasan pegados a cascadas y pozas, y las piedras resbalan lo justo para que acabes andando con la concentración de alguien que lleva una bandeja llena de copas.
Mi truco: llegar pronto. A media mañana todavía se camina con calma y el ruido es el del agua, no el de medio autobús buscando sitio para hacerse la foto. Y lleva calzado que agarre; las chanclas de playa normales duran dos escalones.
Un pueblo que huele a fruta
Callosa d'en Sarrià tiene algo curioso: es un pueblo de más de 8.000 habitantes, pero a ratos parece un gran huerto. Sales del centro y enseguida aparecen bancales con nísperos por todas partes.
Aquí no son decorativos ni cosa de jardín. Son cultivo serio. Filas y filas de árboles bajos, muy ordenados, con esas hojas grandes que al sol parecen de plástico. Si has pasado por zonas de viñedo, la sensación es parecida: paisaje agrícola muy trabajado.
Cuando llega la temporada del níspero —normalmente en primavera— el tema se vuelve casi monográfico. Tradicionalmente se organizan actividades alrededor de la cosecha y se habla de la fruta en todas partes. Si vienes fuera de temporada, como me pasó a mí la primera vez, verás muchos árboles ya sin fruto y te preguntarás de qué iba todo aquello. Aun así, en el pueblo todavía se encuentran dulces o conservas hechas con níspero si buscas un poco.
El truco de la acequia
Lo mejor de Callosa no suele salir en los folletos. Está en los detalles.
Detrás del ayuntamiento y en algunas calles del casco antiguo todavía corren acequias que siguen funcionando. No como adorno: llevan agua de verdad para regar los campos. A veces ves a algún vecino limpiando hojas o ajustando una compuerta con herramientas que parecen heredadas de varias generaciones.
Un señor me paró cuando me vio haciendo fotos a una de ellas.
“¿Sabes que esta agua viene del Algar?”
Lo dijo con ese orgullo tranquilo de quien lleva toda la vida viendo lo mismo. Luego me señaló un caminito que salía entre huertos. No había señales ni nada parecido, solo una senda de tierra y el sonido del agua corriendo. Acababa en una fuente vieja que ni siquiera aparece en muchos mapas. Allí el ruido desaparece y solo quedan los bancales y los pájaros.
Dónde dejar el coche sin complicarte
Si vas en coche, lo más cómodo suele ser aparcar en las zonas nuevas del pueblo, cerca de equipamientos deportivos y calles más anchas. El casco antiguo tiene cuestas y calles estrechas donde maniobrar se convierte en un pequeño examen práctico de conducir.
Lo digo por experiencia: una vez dejé el coche en una cuesta que parecía diseñada para cabras montesas. Salir marcha atrás sin rozar a los coches de los vecinos fue un espectáculo digno de terraza.
Desde el centro del pueblo puedes pasear un rato, pero las Fuentes del Algar están a varios kilómetros, así que normalmente la gente se acerca en coche. El trayecto es corto y atraviesa campos de cultivo, lo que ya te da una pista de por dónde va la economía local.
¿Merece la pena parar en Callosa?
Callosa d'en Sarrià no juega a lo mismo que los pueblos de postal. Está relativamente cerca de la costa, pero no vive solo de excursiones de un día. Aquí todavía se trabaja el campo y eso se nota en el ambiente.
No es el lugar al que vienes a tachar monumentos de una lista. Funciona mejor si lo tomas con calma: un paseo por el pueblo, un vistazo a las acequias, acercarte al Algar y luego perderte un poco entre huertos.
Y si alguien te ofrece un níspero cuando es temporada, hazle caso. A veces descubres que esa fruta que casi nunca compras sabe bastante mejor de lo que recordabas. Como un pequeño recordatorio de que, en esta parte de la Marina Baixa, el campo sigue marcando el ritmo.