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sobre Albalat dels Tarongers
Pueblo situado en el valle del río Palancia rodeado de naturaleza y próximo a la Sierra Calderona
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Recuerdo un día en que paseaba por un pueblo en plena campaña de recogida de naranjas. Ese olor a fruta y tierra húmeda que se queda en el aire, los tractores pasando despacio por caminos estrechos, la gente trabajando sin demasiado ruido. El turismo en Albalat dels Tarongers tiene bastante de eso: más vida cotidiana que postal.
Está en la comarca del Camp de Morvedre, a pocos kilómetros de Sagunto, justo donde la llanura que mira al mar empieza a arrugarse un poco antes de entrar en la Sierra Calderona. El paisaje aquí es el típico de esta parte de Valencia: parcelas de naranjos, acequias que todavía llevan agua y caminos agrícolas que conectan huertas con el pueblo. La naranja ha marcado el ritmo del lugar durante décadas y todavía se nota.
El patrimonio que se pisa caminando
La iglesia parroquial de San Miguel Arcángel es uno de los puntos más reconocibles del centro. No es un edificio monumental, pero sí el tipo de iglesia que organiza la vida del pueblo: campanas que se oyen desde casi cualquier calle y una plaza alrededor donde siempre acaba pasando algo, aunque sea simplemente gente charlando al caer la tarde.
El casco antiguo se recorre rápido. Calles estrechas, casas de dos alturas, balcones de hierro y algunas fachadas renovadas que conviven con otras más veteranas. No es un casco histórico de esos que parecen un decorado; aquí la gente vive, aparca el coche donde puede y abre las ventanas cuando entra el aire de la tarde.
Apenas sales del núcleo urbano empiezan los campos. Naranjos en filas bastante ordenadas, algún huerto pequeño y las acequias que siguen repartiendo el agua. Si caminas por los caminos agrícolas —algo muy habitual entre vecinos que salen a andar— entiendes enseguida de qué vive el pueblo.
Caminar entre naranjos y caminos tranquilos
Alrededor de Albalat dels Tarongers hay muchos caminos rurales sin complicaciones. Son pistas agrícolas que se pueden recorrer andando o en bici y que conectan con otras zonas del Camp de Morvedre e incluso con los primeros relieves de la Calderona.
Si pasas por aquí en época de azahar, el olor aparece antes incluso de ver los árboles. Y en temporada de recogida es normal cruzarte con cuadrillas trabajando o con remolques cargados saliendo de las parcelas. No es algo preparado para visitantes: simplemente está pasando.
También se ven bastantes aves típicas de campo abierto y zonas de cultivo. Nada raro ni espectacular, pero sí ese movimiento constante de pájaros que acompaña cuando caminas un rato sin tráfico alrededor.
Sobre la comida, lo habitual en los pueblos de la zona: arroces hechos con calma, cocas de verduras y platos sencillos muy ligados a lo que da la huerta. Cocina de casa más que de escaparate.
Fiestas y tradiciones del pueblo
Las fiestas patronales suelen celebrarse en torno a San Miguel, hacia finales de septiembre. Durante esos días el pueblo cambia bastante: procesiones, actos en la calle y ese ambiente en el que todo el mundo parece conocerse.
En Semana Santa también hay procesiones más pequeñas, muy de vecinos. No son celebraciones pensadas para atraer grandes multitudes; se viven hacia dentro, que es como suelen funcionar estas cosas en pueblos de este tamaño.
Y como en muchos municipios valencianos, las Fallas también tienen presencia cuando llega marzo, aunque a otra escala que en la capital.
Cómo llegar y qué esperar al venir
Desde Valencia capital hay alrededor de media hora en coche. Lo habitual es subir por la A‑7 hasta la zona de Sagunto y desde allí continuar por carretera comarcal hacia el interior. El cambio de paisaje se nota rápido: en pocos minutos pasas del tráfico de la autovía a caminos rodeados de campos.
El pueblo es pequeño —algo más de mil quinientos habitantes— y se recorre sin prisa en poco tiempo. Mucha gente que se acerca lo combina con una visita a Sagunto o con alguna ruta por la Calderona.
Albalat dels Tarongers no juega a ser otra cosa. Es un pueblo agrícola que sigue funcionando como tal. Si te acercas con esa idea en la cabeza —más vida real que atracción turística— es fácil entender por qué este tipo de lugares siguen teniendo algo que engancha. No por lo espectacular, sino por lo cotidiano.