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sobre Benavites
Destaca por su Torre de Benavites de origen medieval y su entorno de huerta
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A las cinco de la tarde, la luz cae oblicua sobre los naranjos. El aire huele a azahar húmedo. Desde la Torre de Benavites, un bloque de piedra que sobresale entre el verde de los huertos, el Valle de Segó se abre hacia el este. El mar no llega a verse, pero está ahí: se nota en el viento que entra desde Levante y mueve las hojas con un rumor constante.
La torre que guarda piedras hebreas
Subir los escalones de caliza de la Torre de Benavites tiene algo de archivo abierto. En 1981 la declararon Monumento Nacional, aunque la torre lleva mucho más tiempo mirando el mismo paisaje. Primero fue vigía en época andalusí. Después pasó a manos señoriales y acabó usándose como granero.
En la base aparecen varias lápidas con inscripciones hebreas. Proceden del antiguo cementerio judío de Morvedre, reutilizadas como sillares tras la expulsión de 1492. Las letras siguen ahí, gastadas pero legibles si la luz entra de lado. La piedra está fría incluso en verano.
Arriba, la terraza funciona como mirador natural del valle. Todo es geometría de acequias y parcelas de cítricos. Al fondo se perfila la Sierra de la Calderona, de un azul pálido en los días despejados. Hay vecinos que dicen que, cuando el aire está muy limpio, se distingue algún campanario de Sagunto.
Un pueblo rodeado de huerta
Benavites tiene 652 habitantes y el tamaño se nota en seguida. Las calles se concentran alrededor de la plaza Mayor. Allí está la iglesia neoclásica del siglo XVIII, con una fachada sobria y clara cuando le da el sol de la tarde.
A mediodía apenas se oye nada. Alguna persiana que baja, el zumbido de abejas en los jazmines de las rejas, un coche que pasa despacio.
Desde el final del carrer Major sale un camino que muchos vecinos conocen como la ruta de los huertos. No es un sendero de montaña; son pistas agrícolas que serpentean entre naranjos y mandarinos. En marzo, cuando los árboles florecen, el olor se queda pegado en la ropa.
A menudo se ve a agricultores podando. Algunos pasan de los ochenta años y siguen trabajando con tijeras largas. Si hablas con ellos, tarde o temprano aparece el recuerdo de alguna helada fuerte. Cada uno cita la suya: el 56, el 85, 2012. Lo cuentan como quien señala una cicatriz.
Fiestas discretas
A finales de junio suelen celebrarse las fiestas dedicadas a la Virgen de los Ángeles y a San Pablo. La procesión recorre las calles estrechas del centro y la gente se sienta en sillas plegables frente a las casas. También se organiza una paella grande en el campo de fútbol. Las familias llegan con mesas portátiles y botellas de horchata que pasan de mano en mano.
En marzo hay Fallas, aunque en pequeño formato. Unos pocos monumentos repartidos por el pueblo y una cremà temprana. A la mañana siguiente el olor a pólvora todavía flota entre los naranjos caídos del suelo.
Cuándo ir y qué conviene saber
La primavera cambia por completo el ambiente del valle. La flor del naranjo se nota incluso antes de entrar al pueblo y las temperaturas suelen ser suaves. En agosto ocurre lo contrario: el asfalto quema y las calles se vacían después de comer. Muchas persianas bajan a primera hora de la tarde y no vuelven a abrirse hasta que cae el sol.
Para caminar por los caminos de regadío conviene llevar calzado cerrado. Tras un riego o una lluvia ligera el barro se pega a las suelas.
Y conviene ajustar las expectativas. Aquí los tractores pasan temprano y los perros ladran desde los corrales. Benavites queda a unos 39 kilómetros de Valencia, siguiendo la CV‑300 y luego una carretera comarcal entre campos. Cuando aparecen las torres de agua pintadas de verde y blanco, el pueblo ya está a la vista.