Artículo completo
sobre Faura
Pueblo de Les Valls con la Rodana como pulmón verde y palacio señorial
Ocultar artículo Leer artículo completo
La primera vez que fui a Faura cometí el típico error de novato: llegar con el estómago vacío. Me habían dicho que era “un pueblo tranquilo de la provincia de Valencia” y yo pensé que encontraría algo abierto a media tarde. Pues no. Faura no vive pendiente del visitante despistado. Es un pueblo de horarios bastante claros: se come pronto, se baja la persiana un rato y el campo sigue su ritmo. Así que me quedé dando vueltas en coche, con olor a azahar entrando por la ventanilla y la plaza medio en silencio. Lección aprendida.
El pueblo que sigue a lo suyo
Faura no es de esos sitios que se preparan para el visitante con carteles o tiendas de recuerdos. Llegas y el pueblo sigue con su vida. Y cuando paseas por el casco antiguo —calles estrechas, algunas con trazado que viene de época musulmana— es posible que alguien te mire con curiosidad.
No es mala cara. Es más bien la expresión de “este no es de aquí”. Algo bastante normal en un municipio pequeño donde la mayoría de caras se conocen.
El centro es compacto. De verdad compacto. En diez minutos lo cruzas de lado a lado. Pero tiene detalles que te hacen frenar el paso. La Casa Condal, por ejemplo. Es uno de esos edificios que parecen sacados de una novela histórica: escalera gótica, arcos apuntados y una cisterna enorme en el sótano que durante mucho tiempo abasteció al pueblo. Cuesta imaginar ahora a los vecinos bajando con cántaros, pero durante décadas esa fue la manera de tener agua.
La iglesia que llegó a trozos
La iglesia de los Santos Juanes tiene una historia curiosa. La portada barroca que ves al entrar no nació aquí: procede del antiguo Hospital General de Valencia y se trasladó al templo de Faura en los años 80. Es como cuando alguien reforma su casa y rescata una puerta antigua porque le tiene cariño. Encaja mejor de lo que uno pensaría.
Dentro se conservan varios frescos del siglo XVIII pintados al óleo sobre yeso, una técnica menos habitual que el fresco tradicional y algo más cara en su momento. No es un museo, pero si te gusta fijarte en los detalles, tiene bastante que mirar.
El campanario, en cambio, es más viejo. Es lo que queda del templo anterior, levantado en el siglo XVI. Sobrevivió a las reformas posteriores y sigue ahí, vigilando el pueblo como si hubiera visto pasar ya demasiadas generaciones como para sorprenderse por nada.
Cuando el arroz se convierte en tema de conversación
Hacia finales de abril suele celebrarse en Faura la llamada Semana de la Paella. Suena a excusa para comer —y en parte lo es— pero también es una de esas fiestas donde el orgullo local entra en juego.
Las paellas se hacen en la calle, la gente opina aunque no le hayan preguntado y cada grupo defiende su receta como si fuera asunto de Estado. Si pasas por el pueblo esos días, basta con acercarse a la plaza o a las calles donde se montan los fogones. El ambiente se huele antes de verlo.
A principios de febrero, con la festividad de San Blas, aparecen también las rosquillas del santo. Son de las que empiezas probando “solo una” y cuando te das cuenta ya vas por la tercera. Y si en alguna mesa ves coca de mollitas, pruébala: masa fina cubierta con migas crujientes, ajo y hierbas. Suena raro hasta que le das el primer bocado.
El campo alrededor de Faura
El pueblo está rodeado de huerta y antiguos terrenos de marjal. Si tienes coche o te apetece caminar un rato, por la zona pasa la Senda de les Marjales, un recorrido de unos cinco kilómetros que atraviesa los antiguos arrozales vinculados al Palància. El arroz ya no se cultiva allí, pero siguen las acequias, los caminos rectos y ese paisaje plano donde el horizonte parece siempre un poco más lejos.
En primavera el olor a azahar lo invade todo. Eso sí: sombra hay poca. Agua y gorra ayudan bastante.
También pasa por aquí la Ruta dels Pobles de Morvedre, un itinerario más largo que conecta varios municipios cercanos por caminos tradicionales. Es el típico recorrido que antes se hacía para ir andando al pueblo de al lado. Si no te apetece hacerlo entero, puedes caminar un tramo y volver sin más. Nadie pasa lista.
Cosas que conviene saber antes de venir
Faura no tiene una infraestructura turística muy desarrollada, y eso también forma parte del carácter del sitio. Vienes, paseas, ves el pueblo y listo. No hay demasiada parafernalia alrededor.
En verano suele celebrarse la romería a Santa Ana, con gente subiendo a pie hacia el santuario en la sierra. Es una jornada bastante de pueblo: familias, grupos de amigos y mucha conversación durante la subida.
Y en diciembre la Casa Condal se utiliza para un belén viviente. Vecinos disfrazados, escenas bíblicas recreadas dentro del edificio histórico y bastante movimiento por las calles cercanas. Tiene ese punto entre serio y casero que a veces acaba siendo más entretenido que los montajes demasiado pulidos.
¿Es Faura el pueblo más espectacular de la provincia? No. Pero tiene algo que engancha si vas con la actitud adecuada. Es como cuando te pasas por casa de un amigo sin avisar: al principio parece que no hay mucho que hacer, y al final acabas quedándote más rato del que pensabas.