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sobre Sagunto/Sagunt
Ciudad histórica con teatro romano y castillo y puerto industrial y turístico
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Sagunto es como ese compañero de trabajo que parece que ha vivido varias vidas antes de los treinta. Un día te cuenta algo de romanos, otro de judíos medievales, luego aparece una fábrica enorme al lado del mar… y todo encaja de alguna manera. Eso pasa con el turismo en Sagunto: empiezas pensando que vas a ver “un castillo en un cerro” y acabas metido en un sitio donde cada cuesta te cambia de época.
La primera vez que vine fue casi por casualidad, con tiempo muerto antes de seguir viaje. Pensé: “subo un rato, miro el castillo y listo”. Y claro… error de cálculo. Entre el casco antiguo, el teatro romano y el paseo hasta el puerto, las horas se van rápido. Sagunto tiene ese efecto: parece pequeño desde la autovía, pero cuando empiezas a caminar se despliega como si alguien hubiera ido superponiendo ciudades una encima de otra.
El castillo que se alarga más de lo que parece
Desde abajo el castillo parece una muralla más o menos compacta. Luego empiezas a subir y te das cuenta de que aquello no es un castillo al uso, sino una cresta larguísima de murallas, puertas y restos de distintas épocas.
La subida desde el casco antiguo ronda los veinte minutos, cuesta arriba casi todo el rato. Es de esas que haces pensando “vale, espero que esto compense”. Compensa más por el conjunto que por una ruina concreta. El recinto se alarga bastante y caminarlo entero lleva su rato.
Arriba tienes una vista muy abierta: hacia un lado el mar, hacia otro la llanura llena de naranjos y pueblos del Camp de Morvedre. En días claros se llega a distinguir la silueta de Valencia a lo lejos. Es uno de esos sitios donde te quedas apoyado en la muralla más tiempo del que habías previsto.
Un consejo rápido: no subas con prisas. Mucha gente llega, hace una foto y se va. Lo interesante está en ir recorriendo los distintos tramos y entender que cada parte pertenece a una etapa distinta de la historia del lugar.
El teatro romano que sigue teniendo vida
El Teatro Romano de Sagunto es probablemente el rincón más conocido de la ciudad. Está excavado en la ladera del cerro y todavía se usa para representaciones y actos culturales cuando toca temporada.
Cuando no hay función, normalmente se puede visitar y sentarse un rato en las gradas. Y merece la pena hacerlo sin prisa. Desde arriba del todo ves el escenario y, detrás, el paisaje abierto hacia el valle. Te da bastante la sensación de que el sitio sigue cumpliendo el mismo papel que hace siglos: gente reunida mirando lo que pasa en ese escenario.
La acústica suele ser lo que más sorprende. Incluso con poca gente, cualquier voz desde abajo se oye bastante bien en las filas altas.
Calles estrechas y vida de barrio
Después de bajar del castillo, lo mejor es perderse un poco por el casco antiguo. La antigua judería ocupa parte de la ladera y conserva ese trazado de calles muy estrechas, con casas que casi se tocan por arriba.
Aquí el ambiente cambia bastante respecto a la parte monumental. Hay vecinos entrando y saliendo, persianas medio bajadas, ropa tendida… vida normal. No es un decorado. Es uno de esos barrios donde tienes la sensación de que si te quedas diez minutos quieto acabas viendo media rutina del vecindario.
También quedan algunos restos de las antiguas puertas del recinto medieval, que ayudan a imaginar cómo estaba organizado el barrio hace siglos.
El salto al Puerto de Sagunto
Si sigues hacia el este acabas llegando al Puerto de Sagunto, que es casi otra ciudad. Surgió alrededor de la actividad industrial y del puerto, así que el paisaje cambia bastante: avenidas más anchas, bloques de pisos y toda la infraestructura portuaria al fondo.
Aun así, el paseo marítimo tiene bastante movimiento, sobre todo al atardecer. Gente caminando, bicicletas, pescadores apoyados en la barandilla mirando el agua. No es la imagen clásica que mucha gente espera cuando piensa en un destino histórico, pero forma parte de la historia reciente del lugar.
Y además está la playa, larga y abierta, con bastante espacio para caminar sin sentir que estás en una postal saturada.
Comer bien y organizar la visita
Aquí un detalle práctico: los horarios de comida son bastante locales. Si te despistas y llegas tarde, puede costar encontrar cocina abierta, sobre todo fuera de temporada alta. Mejor planearlo con un poco de margen.
En la zona se preparan arroces muy potentes, con conejo, pollo o caracoles, en la línea de la tradición valenciana más de interior. También son habituales las cocas saladas y dulces de horno, de esas que ves en el escaparate y acabas comprando “solo un trozo” que luego resulta no ser tan pequeño.
Mi forma de ver Sagunto sería esta: subir primero al castillo por la mañana, bajar sin prisa por el casco antiguo, comer en la ciudad y, si aún quedan ganas de caminar, acercarse al puerto al final de la tarde.
¿Es el pueblo más bonito de la provincia? Probablemente no. Pero Sagunto juega a otra cosa. Aquí lo interesante es cómo conviven capas de historia muy distintas en un espacio bastante pequeño. Y cuando te das cuenta de eso, el sitio gana mucho.