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sobre Bétera
Conocida por la fiesta de les Alfàbregues y su castillo árabe a los pies de la Calderona
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Las ocho de la mañana en la plaza del Ayuntamiento huele a pan recién hecho y a azahar que se cuela desde los patios. Un hombre mayor cruza la plaza con una bolsa de rosquilletas beteranas colgando del brazo, y el sol de primavera ya calienta lo suficiente como para quitarse la chaqueta. En Bétera, a unos kilómetros de Valencia, el tiempo se mueve con otro ritmo: aquí el campo entra en el pueblo y el pueblo se estira hacia el campo sin que quede claro dónde termina uno y empieza el otro.
El olor de las albahacas y el eco del tren
A finales del siglo XIX llegó el tren y Bétera dejó de ser solo un punto entre secanos y naranjos. Con la conexión ferroviaria empezaron a aparecer casas de veraneo de familias valencianas que buscaban noches algo más frescas que en la costa. Aún quedan ejemplos en la zona cercana a la estación: chalets con rejas de forja, jardines algo desordenados y limoneros que siguen dando fruto cada invierno.
Pero si hay una imagen que muchos vecinos asocian al pueblo es la de las albahacas gigantes de agosto. Durante las fiestas de l’Albaica las plantas se exhiben como si fueran trofeos domésticos. Algunas superan con facilidad la altura de una persona y ocupan medio balcón. Cada familia tiene su teoría: el agua del pozo, la sombra justa, hablarles un poco por la mañana. Sea lo que sea, cuando el calor aprieta el aire del pueblo entero huele a albahaca fresca.
El castillo que no es exactamente un castillo
Subir hasta el castillo apenas lleva unos minutos desde el centro. No esperes una fortaleza con murallas intactas: lo que se ve hoy es una construcción señorial levantada sobre una antigua atalaya de origen islámico. La piedra tiene ese tono tostado que deja el sol durante siglos, y desde arriba se abre una vista amplia de la huerta que rodea Bétera, con parcelas rectangulares, caminos estrechos y, en los días claros, una franja de mar al fondo.
Bajando por la calle de las Monjas aparece el Calvario, integrado en el propio casco urbano. Es uno de los pocos de la Comunitat Valenciana que está dentro del pueblo y no en una ladera apartada. Las estaciones, levantadas en el siglo XIX, suben en espiral entre muros encalados. En días tranquilos solo se oye algún coche lejano y el roce de las hojas de los naranjos cercanos. En Semana Santa el ambiente cambia: la subida se llena de velas, túnicas y un silencio muy concentrado.
Las cuevas donde aún vive gente
A las afueras del núcleo urbano están las Coves de Mallorca, un conjunto de viviendas excavadas en la tierra que empezó a levantarse a mediados del siglo XX. No tienen nada de decorado turístico: son casas donde vive gente. Algunas conservan las fachadas blancas y las puertas bajas originales; otras se han reformado por dentro con todas las comodidades actuales. A última hora del día todavía es habitual ver a vecinos sentados en la puerta charlando mientras corre algo de aire.
Por aquí pasa también un sendero que sigue el curso del barranco del Carraixet. El paseo discurre entre huerta y campos de cítricos. En primavera, cuando los naranjos están en flor, el olor a azahar se queda pegado en la ropa durante horas.
Lo que se come en casa
Las rosquilletas beteranas siguen siendo parte de la vida diaria. En algunos hornos tradicionales se continúan preparando de manera muy parecida a como se hacía hace décadas: masa sencilla, aceite de oliva y ese crujido seco cuando se parten con la mano.
Cuando llega el frío aparece la olla de la plana, un guiso contundente de judías, verduras y carne que suele cocinarse despacio en muchas casas. En verano, en cambio, manda la coca en tomata i tonyina: masa fina, tomate, atún y a veces unas hojas de albahaca fresca. Suele salir a la mesa por la noche, cuando el calor empieza a aflojar y las ventanas se quedan abiertas.
Cuándo venir y cuándo no
Septiembre suele ser un buen momento para ver Bétera con calma. Las fiestas grandes de agosto ya han pasado y el pueblo recupera su ritmo habitual. Los días siguen siendo largos y en el mercado semanal de la plaza todavía aparecen cajas de verdura recién recogida de la huerta cercana.
Julio y agosto pueden resultar duros si no estás acostumbrado al calor del interior valenciano. A mediodía las calles se vacían y el asfalto devuelve todo el sol acumulado. Si vienes en Semana Santa, conviene acercarse pronto al Calvario: cuando cae la noche la subida se llena y apenas queda espacio entre las estaciones.
El tren de cercanías conecta Bétera con Valencia en algo más de media hora. Al bajar en la estación, con los naranjos alineados junto a las vías y el zumbido de las cigarras en verano, se entiende por qué mucha gente de la ciudad acaba pasando aquí largas temporadas. No hace falta adornarlo demasiado: el pueblo funciona tal cual es.