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sobre Gátova
En el corazón de la Sierra Calderona con molinos de viento y fuentes naturales
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A las siete de la mañana, cuando el sol todavía entra bajo entre los pinos de la Sierra Calderona, las calles de Gátova tienen ese silencio de pueblo que acaba de despertarse. Alguna persiana se levanta, se oye una puerta de garaje y el eco del sonido rebota en las fachadas claras. El turismo en Gátova casi siempre empieza así: despacio, con la sensación de haber llegado a un lugar que sigue viviendo su propio ritmo.
El pueblo se apoya en las laderas de la Sierra de Oronet, a unos 560 metros de altitud. Alrededor aparecen pequeñas huertas, bancales antiguos y monte bajo de romero y coscoja. Desde algunos puntos del casco urbano el terreno se abre hacia el interior valenciano, en una sucesión de lomas suaves que al atardecer se vuelven ocres y azuladas.
Un pueblo en la ladera
La iglesia parroquial de la Purísima Concepción ocupa uno de los puntos más visibles del núcleo. Muros claros, líneas sencillas y un campanario que sobresale lo justo por encima de los tejados. A ciertas horas el sonido de las campanas baja por las calles estrechas y se mezcla con el murmullo del agua.
El casco urbano se recorre sin prisa en poco tiempo. Las casas siguen la pendiente de la montaña y eso hace que algunas calles se estrechen o giren de forma inesperada. En varios rincones aparecen fuentes públicas; la Fuente Nueva es una de ellas y todavía es habitual ver a alguien llenar garrafas o detenerse un momento a la sombra.
Apenas sales del pueblo, el paisaje cambia rápido. Empiezan pistas forestales y senderos que suben hacia la sierra. Algunos recorridos enlazan con otras zonas de la comarca, aunque conviene mirar bien el mapa antes de salir: hay tramos largos y el monte aquí es más amplio de lo que parece desde abajo.
Caminar por la Sierra de Oronet
La relación de Gátova con la montaña es directa. Muchos llegan por las rutas que atraviesan la sierra: caminos entre pinos donde el suelo huele a resina caliente en verano y a tierra húmeda después de la lluvia.
Las primeras horas del día suelen ser las más agradables para caminar. A partir del mediodía, sobre todo en verano, el calor se queda atrapado entre las laderas y las pistas forestales tienen poca sombra en algunos tramos. Llevar agua suficiente no es una recomendación menor aquí.
Desde las zonas más altas se distinguen los relieves suaves de la Calderona y, en días claros, una línea lejana donde el paisaje empieza a descender hacia la llanura valenciana.
El ritmo del año
Las fiestas en honor a la Purísima Concepción, a comienzos de diciembre, siguen siendo uno de los momentos más importantes del año para el pueblo. Son días en los que regresan familiares que viven fuera y el ambiente cambia por completo.
En agosto también hay celebraciones que sacan la vida a la calle. Durante esos días aparecen verbenas, actos populares y comidas colectivas donde los platos tradicionales de la zona vuelven a ocupar el centro de la mesa.
La Semana Santa se vive de forma más recogida. Las procesiones recorren calles empinadas del casco antiguo, con un ritmo pausado y bastante silencio alrededor.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Valencia hay unos 45 kilómetros hasta Gátova. El acceso final atraviesa carreteras de montaña con curvas, algo habitual en esta parte de la Calderona.
Primavera y otoño suelen ser las estaciones más agradables para conocer la zona: el monte está más verde y las temperaturas permiten caminar durante horas. En verano el pueblo tiene más movimiento, pero las horas centrales del día pueden hacerse duras si vas a salir al monte.
Un último detalle práctico: si vienes a caminar, trae calzado con buena suela. Muchas rutas empiezan prácticamente al salir del casco urbano y el terreno alterna tramos de piedra suelta con pistas de tierra.
Lo que conviene tener claro
Gátova no es un lugar pensado para pasear sin mirar el reloj. Su interés está en la relación con la montaña y en ese modo tranquilo de ocupar el territorio que todavía se percibe en los bancales, en las fuentes y en el sonido del viento entre los pinos. Quien llega esperando otra cosa probablemente pasará de largo demasiado rápido. Quien se queda un rato más suele entender mejor el lugar.