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sobre Olocau
En el corazón de la Calderona con el poblado íbero del Puntal dels Llops
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El sol de marzo pega en la piedra clara junto a la plaza y el olor a matafaluga molida se mezcla con el romero que algunos vecinos dejan secar en los alféizares. Son las diez de la mañana y en la plaza apenas se oye el agua de la fuente y el golpe seco de la pala dentro del horno. El pan entra y sale con ese crujido breve de la leña ardiendo. En Olocau el tiempo se mide más por hornadas que por relojes: la masa se deja reposar desde la noche anterior y la conversación pasa de una puerta a otra mientras el pueblo se despereza.
Desde aquí, la calle Mayor sube con pendiente suave hacia la torre del castillo, rojiza y algo gastada, que domina el valle y las primeras lomas de la Calderona. No es una fortaleza monumental. Más bien un lugar de vigilancia que fue cambiando de manos y de usos con los siglos. La piedra conserva ese tono irregular de los edificios antiguos que han sido reparados muchas veces. El origen del nombre del pueblo suele relacionarse con época andalusí, y durante siglos la agricultura marcó el ritmo de estas laderas. Todavía quedan bancales donde crecían cítricos y almendros, aunque hoy muchos se han ido cubriendo de pino y matorral.
El olor a romero y la piedra caliente
A mediodía, cuando el aire se vuelve espeso y los pájaros se callan, el pueblo huele a romero y tomillo seco. Es la sierra Calderona que baja por las laderas y se mete en los callejones. En algunas casas aún se preparan tortas sencillas con manteca y hierbas, que se dejan enfriar en bandejas cerca de las puertas mientras pasa la gente.
En la era del castillo es fácil cruzarse con senderistas mirando el mapa antes de salir hacia la montaña. Uno de los caminos más conocidos sube hasta el Puntal dels Llops, un pequeño asentamiento ibérico situado en lo alto de una cresta. El sendero atraviesa pinar y piedra clara, y el viento suele correr allí arriba incluso en días calurosos. Desde las murallas reconstruidas se ve buena parte de la sierra; cuando el aire está limpio, a lo lejos aparece una línea pálida que muchos identifican con el mar.
Conviene salir temprano si se piensa subir andando. En verano la piedra acumula calor y el camino tiene tramos muy expuestos.
Cuando el agua cantaba bajo tierra
Bajar por el barranco en dirección a las fuentes es seguir el sonido del agua que a veces apenas se ve. Entre la vegetación aparecen restos de antiguas conducciones y pequeños arcos de piedra medio ocultos por la hiedra. Algunos se atribuyen a infraestructuras muy antiguas que llevaban el agua hacia los cultivos del valle.
Una de las fuentes más frecuentadas mana fría incluso en pleno agosto. Durante generaciones fue el lugar donde se llenaban cántaros y garrafas antes de que el agua llegara con regularidad a las casas. Hoy sigue habiendo quien baja a primera hora de la mañana con un par de botellas. «Sabe distinta», dicen muchos vecinos. Y algo de eso hay: tiene ese gusto mineral de agua que ha pasado tiempo bajo tierra.
Cuando cae la noche en el pueblo
Cuando terminan las fiestas del final del verano el pueblo cambia de ritmo. Las terrazas se vacían antes, las calles se quedan en silencio y la sierra oscurece rápido detrás de los tejados.
Es buen momento para caminar por los caminos cercanos al anochecer. Hay varias rutas que enlazan antiguas fuentes y acequias que todavía riegan pequeñas huertas. Con luna clara se oye el agua correr entre las piedras y el crujido de los pinos cuando entra algo de viento.
En el casco antiguo también se conserva una antigua nevera o pozo de nieve excavado bajo tierra. Estos espacios servían para almacenar hielo durante el invierno y usarlo meses después. Hoy se puede visitar en ocasiones puntuales, y al entrar se nota de inmediato el cambio de temperatura: un aire frío y húmedo que huele a piedra vieja.
Cómo llegar y cuándo acercarse
Olocau se encuentra en el Camp de Túria, a los pies de la sierra Calderona, y se llega por carretera desde la zona de Llíria. El acceso es sencillo en coche y suele haber zonas donde aparcar en las calles cercanas al centro.
La primavera y el inicio del otoño son los momentos más agradables para caminar por los senderos de la sierra. En abril el monte está verde y el olor a resina se mezcla con el de las hierbas. Agosto puede resultar duro: el calor se queda atrapado entre las laderas y los caminos apenas tienen sombra en las horas centrales.
Si subes al castillo al final de la tarde, cuando la piedra empieza a perder el calor del día, el valle se vuelve más silencioso. A veces, muy al fondo del horizonte, aparece una franja metálica de mar. Parece fina, casi dudosa, como si alguien la hubiera dibujado con lápiz sobre el aire.