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sobre Vilamarxant
Municipio junto al Turia con el paraje de Les Rodanes ideal para BTT
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Hay un momento, justo cuando sales de la CV-50 y dejas atrás el polígono de Riba-roja, en que el olor cambia. No es el típico perfume mediterráneo de postal, es algo más de andar por casa: mezcla de tierra removida de los naranjos, algo de caballo si vienes por la zona de huerta, y ese fondo seco de monte bajo que te recuerda que estás en el Camp de Túria. Ahí es cuando Vilamarxant empieza a hacerse notar.
El pueblo que se esconde tras la torre
La primera vez que fui, el GPS me llevó directo a la torre árabe. Craso error. La torre está ahí, sí, pero está tan integrada en el barrio que parece una vecina más: un bloque de mampostería asomando entre lavanderías y balcones con macetas. Da la sensación de que el pueblo creció a su alrededor sin demasiadas ceremonias. Y, oye, funciona.
Dentro del casco, el laberinto de calles estrechas te hace el favor de no dejarte perder mucho: tarde o temprano acabas en la plaza de la Iglesia. Santa Catalina te mira desde arriba con una torre que se ve desde bastante lejos. El edificio actual se terminó hacia finales del siglo XIX o principios del XX, cuando las iglesias todavía se levantaban pensando en que duraran generaciones. Es un neoclásico sobrio, de los que no necesitan filtros ni focos.
Debajo del suelo del pueblo hay otra pieza curiosa: una cisterna antigua, de origen islámico según suele contarse por aquí. Tiene varias salas abovedadas y durante mucho tiempo sirvió para almacenar agua para el vecindario. Pensar que mientras en otras ciudades ya hablaban de rascacielos, aquí se seguía bajando el cubo para llenar cántaros te pone un poco en contexto.
Cuando el agua marcaba el ritmo
Vilamarxant se entiende mejor cuando miras el agua. El Turia pasa cerca y, durante siglos, todo giró alrededor de cómo aprovecharlo. En los alrededores todavía se conservan restos de infraestructuras hidráulicas antiguas; algunos se atribuyen a época romana, sobre todo entre aquí y Riba-roja. No están señalizados como en un parque temático, pero si caminas con calma por ciertos caminos acabas encontrando muros y piezas de piedra que claramente no son de ayer.
Una de las rutas que suele hacer la gente es la llamada ruta del agua. Es un paseo bastante llevadero que sigue parte del entorno del río y ayuda a entender por qué el pueblo está justo aquí: vigilancia desde la torre, almacenamiento en la cisterna y conducciones que traían el agua desde donde hacía falta. Un sistema que, con medios bastante más modestos que los de hoy, mantuvo vivo el lugar durante siglos.
La olla que te hace olvidar la paella
Aquí no todo gira alrededor del arroz, aunque estemos en Valencia. Un plato muy del pueblo es la olla de la plana: un guiso potente de legumbres y carne que recuerda mucho a los cocidos de toda la vida. Es de esos platos que te dejan claro que la cocina de interior también existe en esta provincia.
El embutido de masía también tiene tradición en la zona. Longanizas, chorizos y otras curaciones que se secan con el aire de la sierra cercana. Nada especialmente sofisticado, pero de lo que acompaña bien un almuerzo largo.
La miel de los montes de alrededor —por la zona de La Rodana y otros parajes— también es bastante conocida entre la gente de aquí. Con tanto romero y monte mediterráneo, las abejas tienen materia prima de sobra.
Y luego está la coca de tomate y atún, que aparece mucho en hornos y en el mercado semanal. No es pizza ni tampoco la coca de otras zonas del Mediterráneo: masa sencilla, tomate, atún y a comerla templada antes de que vuele de la bandeja.
Cuando el pueblo se viste de moro (y cristiano)
En septiembre llegan las fiestas de Moros y Cristianos. No tienen el tamaño de las de algunas ciudades de Alicante, pero precisamente por eso se sienten más de barrio. Las comparsas suelen estar formadas por gente del propio pueblo: familiares, amigos, compañeros de trabajo… y al final todo el mundo conoce a alguien que desfila.
La música de dolçaina y tabal se oye por varias calles a la vez y el olor a pólvora aparece cuando empiezan los actos con arcabucería. Es de esos días en los que el ritmo del pueblo cambia por completo.
En Navidad hay otra tradición curiosa: los Pastorets, una danza que lleva muchas décadas representándose por las calles. No parece pensada para atraer visitantes; más bien da la impresión de que se mantiene porque siempre se ha hecho así.
Consejo de amigo
Vilamarxant no es un sitio para pasar tres días enteros. Funciona mejor como escapada tranquila desde Valencia o desde otros pueblos del Camp de Túria.
Yo lo haría así: vienes por la mañana, aparcas sin demasiados dramas cerca del centro, te das una vuelta por el casco antiguo, te acercas a la torre y a la plaza de la iglesia, y luego bajas hacia la zona del Turia a estirar las piernas. Con un par de horas caminando ya te haces una buena idea del lugar.
Si te gusta la bici, el entorno del río da bastante juego. Hay caminos y tramos de vía verde que permiten rodar un buen rato sin meterte en carreteras con tráfico, algo que siempre se agradece.
Vilamarxant es como ese amigo que no necesita contar historias espectaculares para caer bien. No vas a salir con la foto del año, pero sí con la sensación de haber pasado por un pueblo que sigue viviendo a su ritmo, a un rato de coche de Valencia.