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sobre Enguera
Capital de la comarca con un vasto término municipal montañoso y el lago de Anna cerca
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Enguera es como ese primo que solo ves en bodas y funerales: lo tienes ahí, en el mapa familiar, pero no sabes muy bien qué hace ni cómo vive. Y luego, cuando te cruzas con él, descubres que el sitio tiene más fondo del que pensabas. Casas trepando por la ladera, monte por todos lados y un castillo arriba del todo que lleva siglos vigilando el valle.
Fui un sábado de abril, con la excusa de una ruta de MTB que me había prometido un amigo. “Es plan tranquilo”, me dijo. Claro, si tu idea de tranquilo es subir medio puerto con el sol pegando como si fuera julio. Pero eso ya es cosa mía y de mi cardiología.
El castillo que nadie quiere
Lo primero que ves de Enguera, si vienes por la CV‑656, es el castillo. No porque lo anuncien con grandes carteles, sino porque se te planta ahí, encima del cerro, como quien no quiere la cosa.
Suele decirse que el origen es islámico, de época medieval temprana, y se entiende por qué eligieron ese punto. Desde arriba controlas todo el valle. La subida desde el centro del pueblo ronda la media hora andando: primero callejones empedrados y luego un sendero que, en el último tramo, se empina más de lo que parece desde abajo.
Llegas arriba sudando como un pollo, pero las vistas compensan. El valle de Enguera se abre con campos de olivos, almendros y manchas de monte bajo. Lo que queda del castillo es más bien un “aquí hubo algo serio”, con tramos de muralla y restos de estructuras, pero el lugar tiene fuerza. Está protegido como bien patrimonial, así que al menos no desaparecerá bajo una urbanización improvisada.
La comida que te frena el ritmo
Bajé del castillo con dos ideas claras: comer algo y sentarme un rato. En la plaza principal suele haber movimiento, con terrazas donde la gente del pueblo se junta a almorzar o alargar la sobremesa.
Allí es fácil encontrarse con el gazpacho engerino, un plato contundente que aquí preparan con pan troceado, carne y especias. No tiene nada que ver con el gazpacho frío andaluz; esto es más bien un guiso espeso que te deja listo para la siesta. De postre suelen aparecer dulces tradicionales como los rolletes de anís, de esos que parecen sencillos pero con café funcionan de maravilla.
Después de eso, la ruta en bici que tenía prevista empezó a parecer una mala idea. Hay decisiones que el estómago toma por ti.
Mucho término y bastante monte
Enguera tiene un término municipal enorme, de los más grandes de la zona, con decenas de miles de hectáreas entre monte y cultivos. Sorprende que un territorio así no esté dentro de un parque natural, porque la sierra que rodea el pueblo tiene tramos bastante salvajes.
Aquí el paisaje mezcla olivares, almendros, algo de huerta y bastante pinar. También hay explotaciones ganaderas; a veces te enteras antes por el olor que por la vista.
En el centro del pueblo, en una de las plazas, hay un olivo muy viejo que los vecinos tratan casi como a un miembro más de la familia. Nadie se pone de acuerdo con la edad exacta, pero sí con la idea: ese árbol ya estaba allí mucho antes de que llegaran los coches y las carreteras.
Fiestas breves y bastante intensas
Si coincides con fiestas, el ambiente cambia rápido. San Antón en enero suele ser uno de los momentos fuertes, con hogueras y la tradición de bendecir animales.
En mayo se celebra la Virgen de Belén en Navalón, una pedanía de Enguera que queda a unos kilómetros y donde muchos vecinos tienen casa o familia.
Y hacia finales de septiembre llegan las celebraciones de San Miguel y la Virgen de Fátima. No se alargan eternamente: unos días de actividad, música y actos religiosos, y luego el pueblo vuelve a su ritmo normal.
Conclusión de amigo: una parada con sentido
Enguera no es el típico sitio al que vas pensando que vas a tachar “gran destino” de la lista. Es más bien ese lugar al que llegas por una ruta, paras a estirar las piernas, subes al castillo y acabas quedándote más rato del previsto.
Mi forma de verlo: paseas por el centro, subes al cerro, comes algo contundente y te das una vuelta por los alrededores. Con eso ya entiendes bastante bien de qué va el pueblo.
Eso sí, si vienes en verano, madruga. En esta parte del interior valenciano el calor aprieta de verdad, y las cuestas del castillo no perdonan a nadie. Ni siquiera a los que veníamos “solo a dar una vuelta”.