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sobre Castelló de la Plana
Capital de la provincia que combina un centro histórico comercial con el distrito marítimo del Grao; ciudad abierta al mar con museos y parques
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El primer día que fui a Castelló me perdí entre naranjos. Literalmente. Había aparcado el coche en lo que parecía un descampado y cuando volví, todo era igual: filas y filas de árboles cargados de fruta que olían a Navidad en octubre. Terminé siguiendo a un señor que llevaba una cesta hasta su casa, y allí me explicó algo que luego entiendes mejor cuando paseas por la ciudad: la huerta no está lejos, está pegada. Como si en una ciudad mediana todavía quedaran trozos de campo respirando entre barrios.
La ciudad que se bajó del cerro
Castelló es como ese compañero de piso que un día decide cambiar de casa porque la antigua se le ha quedado pequeña. Durante siglos el núcleo estaba en el cerro de la Magdalena, pero en el siglo XIII, tras la conquista cristiana, se trasladó a la llanura donde está hoy. Más espacio, más agua, menos viento. La jugada salió bien.
Ese cambio se recuerda cada año en las Fiestas de la Magdalena. Durante una semana la ciudad se vuelca con romerías, música, pólvora y casales repartidos por los barrios. El momento más conocido es la subida hasta la ermita de la Magdalena, en el cerro original. No es una excursión épica, pero tiene su cuesta. Digamos que sirve para compensar lo que vendrá luego en la mesa.
Arriba entiendes un poco el origen de todo: la llanura, la huerta y el Mediterráneo no muy lejos. Castelló no es una ciudad de grandes monumentos que te dejen mirando al cielo. Es más bien de las que se entienden caminando.
El Fadrí y el centro que se recorre en un rato
El Fadrí es el monumento que todo el mundo reconoce al instante. Una torre campanario que está separada de la concatedral, algo que al principio choca. De ahí el nombre: “fadrí” significa soltero en valenciano. Como si la torre hubiera decidido vivir por su cuenta.
Se levantó a finales del siglo XVI y ronda los 58 metros de altura. Desde abajo parece más robusta de lo que uno espera; es de esas torres que dominan la plaza sin necesidad de adornos.
Al lado está la Concatedral de Santa María. La original medieval sufrió bastante con los conflictos del siglo XX y tuvo que reconstruirse, así que lo que ves hoy es una mezcla de memoria y reconstrucción. Aun así, la plaza Mayor tiene ese aire de centro que sigue funcionando como tal: gente que cruza deprisa, estudiantes de la universidad Jaume I, jubilados que se paran a comentar el día.
Arroces de interior y platos de cuchara
Aquí el arroz manda, pero no todo es paella de postal. En la zona se cocina mucho con conejo, pollo y garrofón, en ese estilo que en Valencia defienden con uñas y dientes. Nada de experimentos raros.
Si te sales del arroz, aparece la olla de la Plana, un plato de cuchara bastante serio: alubias blancas, verduras de temporada y carne. Los cardets —una especie de cardo silvestre— suelen aparecer en la receta tradicional. Es comida de invierno, de las que te dejan sin prisa después.
De postre a veces verás flaó, una tarta de queso fresco con hierbas aromáticas y un punto de anís. No es exclusivo de Castelló —aparece en varios rincones del Mediterráneo— pero aquí también forma parte del recetario de casa.
Cuando llega la Magdalena
Las Fiestas de la Magdalena cambian completamente el ritmo de la ciudad. Si vienes esos días, Castelló funciona a otro volumen: desfiles, música de banda, pólvora, romerías y barrios que montan sus propias celebraciones.
La romería de las cañas es probablemente la imagen más conocida: miles de personas caminando hacia la ermita de la Magdalena recordando el traslado original de la ciudad.
En otras épocas del año también aparecen eventos culturales o instalaciones de luz repartidas por el centro histórico, que transforman calles bastante normales en algo más teatral durante unos días.
Huerta, mar y el Desert de les Palmes a un paso
Una de las cosas prácticas de Castelló es lo cerca que está todo. Desayunas en el centro, en pocos minutos estás en el Grau, el barrio marinero, y si sigues un poco más llegas al Parque del Pinar, un pinar junto al mar donde la gente sale a caminar, montar en bici o simplemente pasar la tarde.
Hacia el norte, el Desert de les Palmes cambia completamente el paisaje. Senderos entre monte mediterráneo, antiguas ermitas y miradores hacia la costa. Hay varias rutas señalizadas; algunas pasan por pequeñas fuentes escondidas entre pinos. En verano conviene madrugar porque el calor aprieta.
También hay caminos ciclistas y senderos que conectan la zona con Benicàssim. Si caminas o pedaleas por allí, lo normal es acabar rodeado de más ciclistas que excursionistas.
Un paseo tranquilo para terminar el día
Cuando cae la tarde, uno de esos sitios donde apetece parar es el Parque Ribalta. El quiosco modernista del centro parece casi un decorado, y alrededor siempre hay algo de vida: gente leyendo, chavales pasando el rato, abuelos comentando la jugada del día.
Castelló no juega en la liga de las ciudades monumentales. No te deja con la boca abierta como Granada ni tiene el magnetismo turístico de otras capitales del Mediterráneo. Pero funciona de otra manera.
Es una ciudad cómoda, bastante vivible, con mar cerca, huerta alrededor y montaña a un rato en coche. Ese tipo de sitio donde puedes pasar un fin de semana tranquilo sin tener la sensación de estar siguiendo una lista de “cosas que ver”.
Mi consejo: ven un sábado cualquiera. Da una vuelta por el mercado, camina por el centro sin mirar demasiado el móvil y acércate al Grau al atardecer. Castelló se entiende mejor así, sin prisa.