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sobre Caudete de las Fuentes
Tierra de vinos y yacimientos arqueológicos íberos como Kelin
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Hay algo gracioso en los pueblos que se llaman “de las Fuentes”. Es como cuando a alguien en el grupo le ponen un apodo muy concreto, tipo “el del bigote”: si lo dicen es porque alguna razón hay. Con el turismo en Caudete de las Fuentes pasa eso. El nombre no engaña demasiado. El agua está presente por todas partes y el casco antiguo suele oler a tierra húmeda incluso cuando el verano aprieta y la carretera que cruza el pueblo parece empezar a derretirse.
Un pueblo que se bebe la historia
Lo primero que ves al llegar es la iglesia, blanca y bastante visible desde varios puntos del pueblo, con una cúpula que recuerda a un sombrero puesto del revés. Aparcas, miras alrededor y te da la sensación de que esto tiene tamaño de pueblo pequeño de verdad. Y lo es: no llega al millar de vecinos.
Lo curioso es que, a dos pasos, hay bastante más historia de la que uno esperaría. En el cerro de Los Villares están los restos de Kelin, un antiguo asentamiento ibérico importante en esta zona del interior valenciano. Quedan tramos de muralla y estructuras excavadas que ayudan a imaginar cómo fue aquello hace más de dos mil años.
A veces organizan jornadas o actividades relacionadas con el yacimiento, normalmente en verano, cuando el pueblo tiene más movimiento. El resto del tiempo las visitas suelen depender de si hay alguna iniciativa local o si coincides con alguien que te explique cómo acercarte. No es un sitio preparado como un gran parque arqueológico, pero precisamente ahí está parte de la gracia: llegas andando y te encuentras historia sin demasiada escenografía alrededor.
La ruta que te pone las botas a prueba
Si te gusta caminar un poco, por los alrededores salen varias rutas sencillas entre viñedos y pequeñas zonas de monte. Una de las más conocidas conecta el entorno de Los Villares con la vega del pueblo.
Sobre el papel parece un paseo tranquilo. Y lo es… salvo cuando el terreno está húmedo. Hay tramos de piedra y caminos antiguos que, después de lluvia, se vuelven resbalones. No es nada dramático, pero conviene llevar calzado decente y no las zapatillas lisas de dar una vuelta por la ciudad.
Por el camino aparecen algunas de las fuentes que dan nombre al municipio. No todas llevan agua todo el año, pero el entorno tiene ese olor a romero, tierra y viñedo que se queda bastante tiempo en la memoria. Hay también algún banco y claros desde donde se ve la llanura de viñas que domina esta parte de la Plana de Utiel‑Requena. Es de esos paisajes que parecen tranquilos hasta que te das cuenta de que llevan siglos produciendo vino.
Vino, gazpacho y otras razones para quedarse
Estando en esta comarca, el vino aparece tarde o temprano en la conversación. Aquí manda la bobal, una variedad muy ligada a Utiel‑Requena, con tintos potentes que en muchas casas se han bebido toda la vida casi como vino de diario.
En Caudete todavía se conservan algunas bodegas subterráneas excavadas en la roca bajo viviendas antiguas. No siempre están abiertas, pero a veces en fiestas o actividades locales se pueden visitar. Son galerías frescas, de piedra, con ese olor a barrica y humedad que parece no haber cambiado en décadas.
Y luego está la comida de pueblo: gazpachos manchegos, platos de cuchara cuando hace frío y arroces en celebraciones colectivas. En verano suelen organizar alguna comida popular bastante concurrida, de esas en las que el pueblo entero acaba alrededor de la misma paella gigante.
Fiestas que mantienen el pueblo despierto
Durante el invierno hay celebraciones tradicionales alrededor de San Antonio Abad, con hogueras en las plazas y ese olor a embutido asado que se te queda en la ropa.
Cuando llega el buen tiempo aparecen más actividades: procesiones, verbenas y la típica mezcla de música, sillas en la calle y gente que vuelve al pueblo esos días aunque viva fuera. En verano también suele haber semana cultural con conciertos, talleres y alguna actividad relacionada con el pasado ibérico del lugar.
La plaza de Correos tiene una fuente bastante singular con un pilón circular que siempre genera conversación. Si preguntas a los vecinos, cada uno te contará una versión distinta de para qué se hizo exactamente. Lo curioso es que todos coinciden en una cosa: lleva ahí toda la vida.
Cómo irse sin hacerse demasiadas ilusiones
Caudete de las Fuentes no juega a ser un destino turístico grande. No hay tiendas pensadas para visitantes ni calles llenas de gente con cámara al cuello. Es, básicamente, un pueblo que sigue con su ritmo.
A mí me gusta pensar en él como esos sitios a los que entras un rato, charlas con alguien en la plaza, das un paseo corto por el campo y sigues camino. Si vienes en primavera o en otoño, con las viñas cambiando de color, el paisaje gana bastante.
Mi plan sencillo: paseo por el entorno de Los Villares por la mañana, vuelta al pueblo, algo de comer con calma y una copa de vino de la zona. En unas horas lo has recorrido sin prisa. Y te vas con la sensación de haber pasado por un pueblo real, no por un decorado montado para que alguien saque fotos.