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sobre Cheste
Mundialmente conocido por el Circuito Ricardo Tormo y la Universidad Laboral
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El olor a mosto nuevo sale por alguna trampilla de la cooperativa cuando bajas de la moto. Son las diez de la mañana de un sábado de octubre y el pueblo huele a uva pisada y a pan recién salido del horno de la panadería de la esquina. En la plaza del Castillo, un grupo de jubilados con chalecos reflectantes discute si este año el moscatel está más dulce que el anterior. Nadie parece esperar gran cosa del día, pero Cheste ya ha empezado a funcionar a su ritmo: lento por fuera, intenso por dentro.
El ruido que viene de fuera
A cinco kilómetros del casco, el Circuito Ricardo Tormo se despierta antes que nadie. Se oye desde la carretera: primero un zumbido lejano, después el rugido seco de los motores de prueba. En noviembre el pueblo se multiplica por diez. Las casas sacan sillas a la puerta, los garajes se llenan de motos aparcadas en paralelo y los bares improvisan terrazas con mesas de camping.
El resto del año el circuito sigue siendo el pulmón económico del pueblo, pero se vive más al margen: los camiones entran y salen del parque logístico sin demasiado ruido, como si fuera un apéndice que funciona solo. Aun así, si te interesa el mundillo, cualquier vecino te orientará sobre los días de entrenamientos o pruebas. A veces se puede ver bastante movimiento desde los accesos o desde los caminos que rodean el recinto.
La torre que no se dobla
La iglesia de San Lucas se levantó a lo largo del siglo XVIII, con obras que se alargaron varias décadas. La torre llegó después y supera los cincuenta metros de altura, con planta hexagonal, algo poco habitual en esta zona donde la mayoría son cuadradas.
Desde arriba se abarca casi todo el término: los naranjos en cuadrícula, el circuito al fondo, las casas dispersas con tejados a cuatro aguas y los caminos que se pierden hacia Chiva. Si subes un sábado por la tarde, cuando aún está abierta, es fácil que escuches las campanas a las siete. Hoy funcionan con motor, pero el sonido tiene ese eco grave que se queda unos segundos suspendido en la plaza.
Abajo, muy cerca, el pozo abacial de finales del siglo XVI sigue protegido por una reja oxidada. Las piedras del brocal están pulidas por siglos de cuerdas rozando al subir los cubos.
El vino que se bebe en copa pequeña
El vino forma parte del paisaje de Cheste igual que los naranjos. En la cooperativa del pueblo a veces dejan probar el moscatel si preguntas por la bodega, normalmente de pie, entre depósitos y olor a fermentación.
Aquí la uva más habitual es la moscatel de Alejandría, y muchas elaboraciones salen secas, más ligeras de lo que uno espera cuando oye la palabra moscatel. La vendimia suele empezar a finales de agosto, cuando el calor todavía aprieta y los tractores entran y salen del pueblo desde primera hora de la mañana.
Hay otro momento muy local para probarlo. La semana alrededor de San Blas, a comienzos de febrero, se reparten panes benditos a la puerta de la iglesia. Son dulces, con anís y azúcar glas. Algunos vecinos los acompañan con moscatel servido en vasos pequeños o en botellas recicladas que pasan de mano en mano.
El cerro que no tiene castillo
Desde el Pepino —el pico del Águila— se entiende bien cómo cambia el paisaje. Hacia el norte manda la huerta; hacia el sur empiezan los montes bajos, con romero, tomillo y tierra clara.
La subida completa ronda los doce kilómetros desde el pueblo, aunque muchos empiezan desde la pista forestal que sale detrás del polígono. En días muy claros se llega a distinguir el mar como una línea gris muy fina, casi confundida con el cielo.
El último tramo es pedregoso y seco; las piedras suenan huecas bajo las botas. Arriba no hay castillo ni cruz grande ni mirador acondicionado, solo una columna de piedra seca que marca la cota. Y viento. Bastante viento.
Para bajar, mucha gente evita deshacer el mismo camino y rodea hacia el barranco Hondo. El regreso puede hacerse por la zona recreativa de La Manga, donde hay mesas de piedra y algo de sombra. Los domingos es habitual ver familias del pueblo comiendo allí, con fiambreras grandes y olor a paella que se mezcla con el de los pinos.
Cuándo ir y qué evitar
Septiembre suele ser un buen momento para ver el pueblo en movimiento. Por esas fechas se celebran las fiestas de Moros y Cristianos y los arcabuces empiezan a sonar temprano. El olor a pólvora se queda flotando en las calles mientras en algunas casas se fríen buñuelos.
En noviembre, cuando hay gran premio en el circuito, el ambiente cambia por completo. Cheste se llena y encontrar alojamiento en el propio pueblo puede ser complicado, así que mucha gente termina durmiendo en municipios cercanos.
Agosto es otra historia. Muchos vecinos se marchan unos días, algunos bares cierran por turnos y el calor cae de plano sobre las calles. A media tarde la sombra de la torre se queda corta y el pueblo entra en una especie de siesta larga. Si vienes entonces, mejor madrugar. Aquí el día empieza bastante antes de que apriete el sol.