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sobre Canals
Famosa por la Foguera de San Antonio (la más grande del mundo) y cuna de los Borja
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Las campanas de Sant Antoni Abad repiquetean a las siete de la mañana y el aire huele a naranja amarga y a pan recién salido del horno. En la plaza Mayor, algunos hombres mayores bajan todavía en bata a por el periódico y se quedan un rato junto al quiosco de música, hablando en valenciano con esa cadencia que parece medio cantada. Canals despierta así: sin prisa, como si cada día empezara un poco antes que en otros sitios.
La torre que fue atalaya y después casa señorial
Sube por la calle de la Torre y acabarás frente a un muro de piedra gruesa que parece haber visto pasar siglos sin moverse del sitio. Es la Torre de los Borja. Antes de estar ligada a esa familia fue una construcción defensiva de época islámica; con el tiempo se integró en una casa señorial de estilo gótico. Hoy queda la torre, sobria, con la piedra oscurecida por la humedad.
Cuando se puede visitar el interior —no siempre está abierto— la subida es corta pero suficiente para ver el pueblo desde arriba: tejados rojizos, patios interiores con limoneros y, más lejos, la sierra de la Costera dibujando una línea azulada en los días claros. Incluso en agosto la piedra conserva un frío húmedo que se nota al apoyarse en el muro.
Olla y coca en las cocinas del pueblo
A mediodía, en muchas casas de Canals el olor cambia: pimentón, caldo largo, legumbre. La olla de Canals suele prepararse con tiempo, a fuego lento, con alubia blanca y carne que va soltando grasa poco a poco. No es un plato ligero ni rápido; es de esos que llenan la cocina de vapor y obligan a abrir un poco la ventana.
En los hornos del pueblo todavía es fácil encontrar coca de mollita. La base es fina, con tomate rallado y aceite, cubierta por esa miga tostada que se deshace al tocarla. Te la envuelven en papel y el aceite acaba dibujando círculos dorados mientras caminas. Comerla en un banco de la plaza, cuando el sol ya ha pasado al otro lado de los edificios, es una escena bastante habitual aquí.
Enero, cuando el pueblo arde
Si algo marca el calendario local es la hoguera de Sant Antoni. A comienzos de enero se planta el tronco principal en la plaza: un pino alto que queda erguido como un mástil en medio del pueblo. Durante días se van añadiendo ramas, troncos y madera hasta formar una estructura enorme.
La noche del 16 al 17 de enero todo gira alrededor del fuego. Huele a resina, a humo espeso y también a pólvora de los petardos que suenan entre las calles. Cuando la hoguera prende, las llamas suben despacio y el calor se siente a varios metros. La gente canta, charla, pasa botellas de mano en mano. Horas después, cuando la estructura se derrumba y quedan solo brasas altas, la plaza sigue llena.
Si vienes esos días, trae ropa que no te importe manchar: la ceniza vuela y el olor a humo se queda pegado en la chaqueta.
Caminar entre naranjos y tierra roja
Basta salir por el camino de la Creu para dejar atrás el casco urbano en pocos minutos. El suelo cambia rápido: tierra rojiza, algo arcillosa, con ese olor metálico que aparece después de la lluvia. A ambos lados quedan parcelas de naranjos alineados con una precisión casi geométrica.
El sendero sube suave hacia la Creu de Canals. Desde ese punto se ve bien el pueblo: la torre de la iglesia sobresale entre las casas y, alrededor, un mosaico de huerta y caminos estrechos. Si sigues caminando en dirección a l’Olleria hay varios tramos de pista agrícola. No es una ruta complicada, pero conviene mirar al suelo después de días húmedos: suelen salir caracoles y el terreno resbala un poco.
Cuándo acercarse y qué tener en cuenta
El invierno es buen momento para caminar por los alrededores: los naranjos están cargados y el aire es más limpio que en pleno verano. Enero, además, coincide con las fiestas de Sant Antoni y el ambiente cambia bastante.
En verano la historia es distinta. A partir del mediodía el calor cae recto sobre el asfalto y muchas persianas bajan hasta bien entrada la tarde. Si llegas en esa época, merece la pena salir a pasear hacia las siete u ocho, cuando la luz se vuelve más suave y empiezan a oírse otra vez conversaciones en las puertas de las casas.