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sobre Cerdà
Pequeño municipio agrícola rodeado de naranjos y tranquilidad
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Hay pueblos a los que llegas por un plan claro, y otros a los que acabas entrando casi por casualidad. Cerdà es más bien de los segundos. A mí me pasó desviándome desde Xàtiva una tarde tranquila, de esas en las que el campo de la Costera parece ir a otro ritmo. No es un sitio al que vengas con una lista de monumentos, sino más bien para entender cómo funciona un pueblo agrícola pequeño del interior valenciano.
Un pueblo pequeño, de los que todavía se reconocen
Cerdà tiene algo más de trescientos habitantes, así que te haces una idea rápida del tamaño. En cinco minutos lo cruzas caminando. Pero si te quedas un rato empiezas a ver detalles: las puertas abiertas cuando aprieta el calor, alguien barriendo la acera, conversaciones que pasan de un banco a otro de la plaza.
El centro del pueblo gira alrededor de la iglesia de San Antonio Abad, un edificio del siglo XVIII bastante sobrio. Nada de grandes alardes arquitectónicos. Es la típica iglesia de pueblo que ha ido arreglándose con los años para seguir funcionando. El campanario sigue marcando las horas y, si pasas cuando no hay nadie, dentro suele oler a cera y a flores secas, como en tantas parroquias pequeñas.
Campos de naranjos, almendros y caminos que salen del pueblo
El turismo en Cerdà tiene más que ver con lo que rodea al pueblo que con el casco urbano. Sales andando por cualquiera de los caminos agrícolas y enseguida estás entre naranjos, almendros y parcelas de huerta.
Si has estado alguna vez en esta parte de la Costera, sabes a qué me refiero: caminos rectos, acequias, algún tractor pasando despacio y ese olor a tierra húmeda cuando han regado. En primavera los almendros suelen florecer y el paisaje cambia bastante durante unas semanas.
No es un lugar de rutas señalizadas con paneles cada cien metros. Es más bien el tipo de paseo que haces sin mirar demasiado el reloj: salir del pueblo, andar un rato entre campos y volver cuando el sol empieza a bajar.
La vida cotidiana, que aquí todavía se ve
Una de las cosas curiosas de Cerdà es que, al ser tan pequeño, la vida del pueblo se ve bastante de cerca. En la plaza o en las calles cercanas es habitual encontrar a vecinos charlando o sentados en los bancos, sobre todo cuando cae la tarde.
También queda algún elemento de esos que antes eran parte normal del día a día, como el antiguo lavadero. No es un monumento espectacular, pero ayuda a imaginar cómo funcionaba el pueblo hace unas décadas, cuando buena parte de la vida giraba alrededor del agua, el campo y las tareas compartidas.
Las fiestas del patrón suelen celebrarse en verano, como en muchos pueblos de la zona. Durante esos días el ambiente cambia bastante y el pueblo, que normalmente es muy tranquilo, se llena de movimiento.
Qué se come por aquí
La cocina que aparece en Cerdà es la típica de interior valenciano: arroz, verdura de temporada, almendra y productos del campo cercano. No es un lugar de restaurantes pensados para visitantes, pero sí es fácil encontrar dulces con almendra o platos de arroz ligados a las celebraciones del pueblo.
Ese tipo de cocina que no se anuncia en ningún sitio pero que sigue apareciendo cuando hay reuniones familiares, fiestas o comidas largas de domingo.
Cómo encajar Cerdà en una visita por la Costera
Si te soy sincero, Cerdà no es un sitio para dedicarle todo un día. Es más bien una parada corta dentro de una ruta por la comarca. Lo lógico es combinarlo con pueblos cercanos o con una visita a Xàtiva, que está a pocos kilómetros y tiene bastante más movimiento.
Mi consejo sería algo sencillo: aparcar, dar una vuelta tranquila por el centro, salir un rato por los caminos del término y volver al coche. En una hora larga te haces una idea bastante clara del lugar.
A veces los pueblos pequeños funcionan así. No necesitan grandes atracciones para justificar la parada. Basta con pasear un rato y ver cómo sigue latiendo la vida diaria en un sitio que nunca pensó en convertirse en destino turístico. Y Cerdà, en ese sentido, va bastante por libre.