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sobre La Font de la Figuera
Pueblo fronterizo con tradición vinícola y el retablo de Juan de Juanes
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Cuando alguien habla de turismo en La Font de la Figuera, casi siempre empieza por el vino. A mí me pasó algo parecido. El primer sorbo que probé allí sabía a almendra tostada y a algo más difícil de explicar. Era un blanco servido en vaso de plástico durante una feria del vino del pueblo, y el hombre que me lo dio me miraba como si yo le estuviera haciendo un favor por probarlo. “Esto es lo que bebíamos en casa cuando éramos pobres”, dijo. No sé si fue la frase o el terruño, pero acabé quedándome tres días cuando solo pensaba parar un rato.
El pueblo que pintó su propio retablo
La Font de la Figuera tiene un nombre que te hace imaginar otra cosa. Uno espera una fuente enorme en mitad de una plaza, y lo que encuentra es un pueblo que trepa por la ladera con calles que suben y bajan sin pedir permiso.
Viven aquí algo más de dos mil personas. Lo suficiente para que todo el mundo tenga a alguien conocido en la esquina de al lado, pero no tantas como para perder esa sensación de pueblo donde las conversaciones empiezan solas. El vino forma parte de ese paisaje. No tanto como negocio, más bien como tema recurrente. En cuanto sale el asunto, cada cual defiende su cosecha con la misma pasión con la que otros discuten de fútbol.
El nombre propio del pueblo es Juan de Juanes. El pintor nació aquí en el siglo XVI y acabó marchándose a Italia. De allí volvió con influencias y con obra que hoy sigue en la iglesia parroquial. Hay un retablo suyo que sobrevivió a incendios y a los años difíciles del siglo XX. No es el tipo de obra que atrae autobuses llenos de turistas, pero impresiona pensar que salió de un lugar tan pequeño. Es como cuando alguien del barrio acaba en la tele: de repente el sitio se mira de otra manera.
Un paseo entre fuentes
Si te gusta caminar sin complicarte demasiado, la Ruta de las Fuentes es el plan más lógico. Es un recorrido circular que conecta varias fuentes históricas repartidas por el término. No es una ruta de montaña dura; se parece más a esas excursiones que hacíamos en el colegio, enlazando parada tras parada.
En muchas hay paneles que explican para qué se usaban: beber, abrevar animales, lavar ropa. El antiguo lavadero todavía se conserva y ayuda a imaginar el ruido que habría aquí cuando la colada era cosa de media mañana entera.
En una de las fuentes me encontré con una mujer llenando garrafas. Me contó que iba cada semana porque el agua “sabe mejor que la del grifo”. No era una excursión: era rutina. Y eso dice bastante del papel que siguen teniendo estos lugares en la vida del pueblo.
Una fiesta que no se parece a las demás
Las fiestas de Moros y Cristianos aquí siguen el esquema que uno espera: desfiles, música, pólvora y comparsas. Pero luego aparece una tradición que descoloca a cualquiera que llegue sin aviso.
En diciembre se celebra una carrera en ropa interior por las calles del pueblo. Sí, tal cual. Hombres corriendo en calzoncillos mientras desde los balcones la gente anima y se ríe. Según cuentan en el pueblo, la costumbre viene de hace siglos, aunque nadie parece ponerse muy de acuerdo con el origen exacto. Lo que sí está claro es que se lo toman con bastante humor.
Otra cita importante es la Dansà del Rosario. Es un baile tradicional que se hace en la calle y sigue un protocolo bastante marcado. Cuando empieza, se nota que la gente lo lleva aprendido desde pequeña: pasos que se repiten, parejas que cambian, música que suena como si siempre hubiera estado ahí.
Subir al Capurutxo
Si te gusta ver el paisaje desde arriba, en La Font de la Figuera todo el mundo acaba mencionando el Capurutxo. Es la montaña que domina el término y tiene varias sendas que suben hasta la parte alta. Dependiendo del camino que elijas, la excursión puede llevar unas cuantas horas.
El inicio tiene tramos que hacen trabajar las piernas, pero el entorno acompaña: monte bajo, carrascas y, a medida que ganas altura, viñedos extendiéndose por la Costera.
Por el camino hay lugares curiosos, como una cavidad conocida como la Cueva Santa, que atraviesa parte de la roca. No es un sitio preparado como cueva turística; más bien un paso natural que siempre aparece en las historias de quienes suben por aquí.
Arriba el paisaje se abre. Viñedos, campos y esa mezcla de interior valenciano donde la vista se pierde bastante lejos. Si subes temprano, lo más probable es que escuches más pájaros que otra cosa.
Vino y dulces del pueblo
Antes de irme pasé por la cooperativa del pueblo para llevarme algo a casa. Al final salí con varias botellas y una bolsa de rollets d’ora, unos dulces enrollados con miel que desaparecen más rápido de lo que uno quiere admitir.
Ese tipo de detalles son los que hacen que el recuerdo se alargue un poco cuando vuelves a casa. Abres una botella semanas después y te acuerdas de la conversación con el hombre que te la recomendó.
La Font de la Figuera no funciona como esos sitios donde vas tachando monumentos de una lista. Es más bien uno de esos pueblos donde el plan sale solo: caminar un rato, hablar con alguien en una fuente, probar el vino del año y mirar el paisaje desde alguna loma.
Mi consejo: ven sin demasiada prisa. Pasea por el pueblo, acércate a alguna de las fuentes y, si tienes tiempo, sube al Capurutxo. Y si algún vecino empieza a contarte historias del vino de su familia, quédate escuchando. Normalmente ahí está lo mejor de la visita.