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sobre L'Alcúdia de Crespins
Localidad situada junto al Riu Sants conocida por el paraje natural del nacimiento del río
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El río Sants nace aquí, en un paraje que los mapas llaman El Naixement. No es un gran afluente: apenas tres kilómetros después se une al Canyoles, que a su vez desemboca en el Júcar. Ese nacimiento ayuda a entender L'Alcúdia de Crespins. La fuente atrajo asentamientos desde muy temprano, y el cerro que domina el agua acabó dando nombre al lugar. Al-kúdya, “el cerro”, lo llamaron en época andalusí. La segunda parte del topónimo llegó más tarde, cuando la familia Crespí de Valldaura fijó su apellido en la documentación del siglo XVI.
El cerro y el agua
La geografía de L'Alcúdia de Crespins es simple, pero determina todo lo demás. Un altozano de poco más de cien metros rodeado de tierra fértil. El agua brota al pie con regularidad. En las cuevas de Majauma y Sants han aparecido cerámicas que apuntan a ocupación íbera y romana, aunque el núcleo estable parece consolidarse tras la conquista cristiana.
Durante siglos hubo una torre en lo alto del cerro. Vigilaba el paso natural entre la llanura valenciana y el interior hacia Castilla. Fue derribada en el primer tercio del siglo XX y hoy no queda rastro visible. Permanece, eso sí, la lógica del lugar: el cerro arriba y el agua abajo.
El crecimiento del pueblo fue pausado. A finales del siglo XVIII apenas superaba los trescientos habitantes; a comienzos del XX ya rondaba los mil cuatrocientos. El término municipal es muy pequeño, poco más de cinco kilómetros cuadrados. No hay monte ni grandes zonas de secano: casi todo es regadío. Naranjos, mandarinos y alguna parcela de olivo ocupan la llanura. Cuando sopla el viento, el sonido de las hojas recuerda que aquí la huerta manda.
La Venta del Conde: parada en el camino antiguo
Entre Valencia y la Meseta existía una ruta muy transitada antes de la llegada del ferrocarril moderno. En ese trayecto funcionó la Venta del Conde, una posada para viajeros y diligencias activa desde el siglo XVIII hasta bien entrado el XX.
Por allí pasaron diplomáticos, comerciantes y viajeros románticos que cruzaban la península. Washington Irving dejó constancia de su parada en el verano de 1829 camino de Granada. También se alojaron personajes de la corte y viajeros extranjeros que recorrían España en el siglo XIX.
El edificio aún se conserva, aunque es una propiedad privada. Desde la carretera se distinguen el gran portón y los muros gruesos, pensados para establos y carruajes. No hay señalización que explique su historia; si uno no sabe lo que fue, podría pasar de largo.
Curiosamente, en las aguas cercanas se identificó por primera vez el pequeño molusco Theodoxus valentinus, un caracol de agua dulce propio de la zona.
San Onofre y la memoria de los Crespí
La parroquia del pueblo está dedicada a San Onofre. La elección tiene que ver con el señor del lugar en el siglo XVI, Francesc Onofre Crespí de Valldaura, que financió la construcción de la iglesia y vinculó la advocación al santo de su propio nombre.
El templo actual corresponde en lo esencial al siglo XVIII. Tiene una nave con bóveda de cañón y capillas laterales, una tipología bastante extendida en la arquitectura parroquial valenciana de ese periodo. En la fachada se conserva un portal barroco con el escudo de los Crespí.
Dentro no hay grandes piezas artísticas, pero sí un retablo de gusto neoclásico y la imagen de San Onofre, el eremita egipcio que, según la tradición, vivió décadas retirado en el desierto.
La fiesta local se celebra el 12 de junio. Hay procesión, música de banda y comidas colectivas en la calle. Es una celebración muy de pueblo: vecinos, familiares que vuelven esos días y poco más.
El Naixement: un río que empieza aquí
El punto donde nace el Sants está a pocos minutos andando del centro. Hoy se ve como una balsa circular rodeada de cañas. El agua sale por una conducción de hormigón, aunque la fuente se menciona en documentos desde al menos el siglo XVI.
No es un paraje espectacular, pero sí un lugar que mantiene su función. Parte del suministro de agua del pueblo sigue saliendo de aquí. En verano todavía se ve a gente llenar garrafas por la mañana.
La zona tiene protección ambiental. Si uno se queda un rato en silencio aparecen ranas, insectos de agua y, con algo de suerte, el pequeño caracol Theodoxus valentinus, moviéndose con la calma de quien siempre ha estado aquí.
Cómo llegar y qué hacer
L'Alcúdia de Crespins está a unos 58 km de València por la A‑7 y la CV‑590. El pueblo es pequeño y se recorre andando sin dificultad.
La antigua línea ferroviaria que conectaba esta zona con València dejó de funcionar hace mucho tiempo, así que hoy lo habitual es llegar en coche.
Si te interesa la historia local, en el ayuntamiento a veces facilitan la visita al pequeño museo etnológico instalado en una casa del carrer Sant Onofre. Reúne herramientas agrícolas y fotografías antiguas que ayudan a entender cómo era la vida aquí antes de la expansión de los cítricos.
Para comer suele haber algún bar abierto en la plaza o en las calles cercanas. En varios sitios preparan arroces sencillos de la huerta, entre ellos el de bacalao con tomate, un plato muy común en la zona.
La primavera es quizá el momento más agradable: los naranjos están en flor y el aire huele a azahar. En verano el pueblo se queda más tranquilo porque muchos vecinos se marchan a la costa. En otoño conviene llevar calzado que no resbale: el riego deja los caminos blandos. Y en invierno el poniente atraviesa la llanura sin encontrar obstáculos.
No hay alojamientos turísticos en el municipio. Quien quiera quedarse a dormir suele hacerlo en Xàtiva, a unos quince minutos en coche. L'Alcúdia de Crespins se entiende mejor con una visita breve: un paseo por el pueblo, el nacimiento del río y ese cerro que, desde hace siglos, vigila el agua.