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sobre Dénia
Capital de la Marina Alta y Ciudad Creativa de la Gastronomía; destaca por su castillo, playas y gamba roja
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Me contó un pescador de la lonja que las gambas rojas de Dénia son como los boletos de un concierto de los Rolling Stones: caras, difíciles de conseguir y con una cola que da la vuelta a la manzana. Eso fue lo primero que me vino a la cabeza cuando miré una pizarra con precios: en buena temporada pueden acercarse a los 200 euros el kilo. Por ese dinero te pagas un billete a Ibiza, que es justo lo que hace la mitad del puerto cada mañana.
El castillo que no es de nadie
Subí al castillo con la resaca de haber cenado arròs negre a las doce de la noche. Error de novato. Son unos setenta metros de cuesta que se hacen eternos cuando llevas vino y tinta de calamar en las venas. Pero la subida compensa: desde arriba Dénia se ve como un anfiteatro algo desordenado, con las casas blancas apretujándose para mirar al mar y el Montgó vigilando como ese portero de discoteca que no habla mucho pero controla todo.
El castillo es ese tipo de sitio que ha sido de todo a lo largo de los siglos: fortaleza islámica, residencia cristiana, prisión… ahora funciona como espacio histórico y museo. Entré pensando que sería otro paseo rápido entre paneles y salí entretenido con las historias de taifas peleándose por este trozo de costa como si fuera el último trozo de tortilla de la mesa. Arriba también se ve bien el puerto: los ferris a Ibiza parecen bloques de plástico flotando junto a los barcos de pesca.
Montgó: la montaña que manda aquí
El Montgó es como ese amigo que siempre dice que sí a cualquier plan: hay quien lo sube en chanclas (sí, los he visto), quien lo usa como gimnasio particular y quien va buscando plantas raras entre la roca. Yo fui con la excusa de quemar el arroz del mediodía. Subí por la zona de la Cova de l'Aigua, que suena a marca de agua mineral y en realidad es una subida seria, con bastante desnivel.
Lo que no siempre te dicen: lleva más agua de la que crees. Y algo para el sol. Y paciencia con la cima, porque algunos días parece un mirador lleno de móviles en alto. Pero cuando encuentras un hueco, las vistas hacen el trabajo: el Mediterráneo ocupando media pantalla, la costa estirándose hacia Valencia por un lado y Dénia abajo, pequeña, como si alguien hubiese dejado un puñado de casas junto al puerto.
La gamba roja y otros mitos urbanos
En la lonja pasa algo curioso a última hora de la tarde. Turistas, curiosos y gente del sector miran hacia el mismo sitio esperando la subasta. El ambiente recuerda un poco a cuando en el pueblo empieza la banda de música: todo el mundo atento. Aquí el espectáculo son cajas de gamba roja que cambian de manos a toda velocidad. Los precios se cantan rápido y los compradores asienten como si estuvieran negociando arte contemporáneo.
Probé la gamba roja casi sin cocinar, apenas marcada. Sabe a mar con carácter: salina, intensa, con ese punto dulce que hace entender por qué hay quien paga lo que paga. Luego llegó el caldero dianense, que básicamente es pescado con arroz pero con ritual propio. Primero el pescado con el caldo y después el arroz hecho con ese mismo fondo. Muy de casa, pero en versión marinera seria.
Fallas, bous y otras formas de volverse loco
Estuve en las Fallas casi por accidente. Yo iba buscando tranquilidad y me encontré con que Dénia se convierte durante varios días en una fiesta continua. Las fallas aquí tienen otro aire que en la capital: más de barrio, más cercanas. Vi una que representaba a un pescador levantando una gamba gigante en la subasta de la lonja. Me hizo gracia porque resumía bastante bien de qué va la ciudad.
Los bous a la mar son otra historia. Imagínate San Fermín pero con agua al final del recorrido: las reses corren por una plataforma junto al puerto y muchas veces acaban cayendo al mar. Los más valientes (o más inconscientes) se tiran detrás. Los prudentes miran desde la barrera con una bebida fría en la mano. Es una tradición que a quien llega de fuera le cuesta entender, pero allí se vive con mucha naturalidad.
Consejo de amigo
Dénia no es exactamente un pueblo ni exactamente una ciudad. A mí me recuerda a un chiringuito de playa que se ha hecho mayor: sigue teniendo ese aire relajado, pero ahora tiene de todo alrededor.
Mi consejo: ven en primavera o en septiembre. En agosto la sensación es parecida a entrar en un centro comercial el día antes de Reyes: hay ambiente, sí, pero también mucha gente. Si te gusta pedalear, la vía verde que sale hacia El Verger es un paseo muy fácil, casi llano, que sirve para justificar el arroz del mediodía.
Y una más: sube al castillo al final de la tarde. Siéntate un rato en la muralla y mira cómo cambia la luz sobre el puerto. Dénia empieza a encenderse poco a poco y el Montgó se queda oscuro detrás. Es de esos momentos tranquilos que explican mejor el lugar que cualquier guía. Solo acuérdate de bajar antes de que cierren. Los gatos que viven por allí ya tienen bastante claro que el castillo es suyo.