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sobre Alcoleja
Pueblo serrano situado en la falda de la Sierra de Aitana; conserva un aire medieval y calles estrechas
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Hay pueblos que parecen pensados para pasar de largo… hasta que frenas el coche y te das cuenta de que quizá merecía la pena parar cinco minutos. Alcoleja es uno de esos. Este pequeño municipio del interior de Alicante, en la comarca de El Comtat, apenas supera los 180 habitantes y vive a unos 700 metros de altitud. Eso, aquí, se nota: en verano refresca por la noche y en invierno el frío es seco, de los que se meten en las manos.
El pueblo se adapta a la ladera sin demasiadas florituras. Calles que suben y bajan, casas encaladas bastante pegadas entre sí y fachadas sencillas, de esas que han ido cambiando con los años según lo que tocaba arreglar. No todo es antiguo, claro; también hay reformas más recientes. Pero el conjunto sigue teniendo ese aire de pueblo de montaña donde la vida siempre ha estado bastante ligada al campo.
Alrededor aparecen bancales, antiguos caminos y alguna masía dispersa. Cuando miras el paisaje entiendes rápido cómo se ha vivido aquí durante generaciones: aprovechando cada trozo de tierra que la montaña dejaba trabajar.
El pueblo, sin rodeos
El centro gira alrededor de la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel. El campanario se ve prácticamente desde cualquier punto y sirve un poco de brújula cuando vas callejeando. Tampoco hace falta un mapa: en diez minutos te orientas.
Una de las paradas habituales es la Fuente de la Vila. No es un monumento ni nada parecido, pero en un día caluroso se agradece acercarse, escuchar el agua y parar un momento. Ese tipo de detalles que, en un pueblo pequeño, acaban siendo puntos de encuentro.
Si te alejas un poco del casco urbano empiezan a aparecer construcciones más ligadas al trabajo del campo: corrales, pequeñas masías y muros de piedra seca levantados a base de paciencia. No hay museos ni centros de interpretación; el patrimonio aquí está directamente en el paisaje.
En algunos altos cercanos al pueblo se abren buenas vistas hacia las montañas del entorno, con la sierra de Mariola relativamente cerca. No esperes miradores preparados ni pasarelas: suelen ser claros del terreno o pequeños ensanches del camino. Precisamente por eso conservan ese punto tranquilo.
Caminos de los que se hacen sin prisa
Desde Alcoleja salen varias pistas y senderos que se internan en el monte. Son caminos usados tradicionalmente para ir a bancales o masías, y hoy los recorren sobre todo quienes salen a andar un rato.
La vegetación mezcla pinos, carrascas y matorral mediterráneo. Después de épocas de lluvia, algunos barrancos cercanos pueden llevar agua o formar pequeñas pozas temporales. En verano, en cambio, el terreno suele estar bastante seco y el paisaje cambia por completo.
No es una zona de grandes cascadas ni de rutas famosas en redes sociales. Más bien es el tipo de sitio donde caminas un par de horas, escuchas el viento entre los pinos y te cruzas con muy poca gente.
Si te gusta hacer fotos, el pueblo tiene bastantes rincones agradecidos: tejados rojizos asomando entre casas blancas, sombras muy marcadas al final de la tarde o las montañas del Comtat cambiando de color según avanza el día.
Lo que se come por aquí
La cocina local sigue bastante ligada a lo que da la zona: aceite de oliva, almendra, miel y hierbas aromáticas que crecen en los márgenes del monte. Los platos tradicionales suelen ser de cuchara o arroces contundentes, de esos que tienen más sentido cuando el día ha sido fresco o has pasado la mañana caminando.
En los pueblos de esta parte del interior alicantino la comida suele tener ese punto de cocina de montaña: sencilla, sin demasiados adornos y pensada para llenar el estómago después de trabajar en el campo.
Fiestas y vida del pueblo
La celebración principal gira alrededor de San Miguel Arcángel y suele celebrarse hacia finales de septiembre, cuando el calor fuerte ya ha pasado. Son fiestas de escala pequeña, muy centradas en la gente del propio pueblo y en quienes vuelven esos días.
En agosto también suelen organizarse algunas actividades más informales, coincidiendo con la época en la que regresan vecinos que viven fuera. Cenas populares, música o encuentros en la plaza: cosas sencillas que funcionan más como reunión que como espectáculo.
La agricultura sigue marcando parte del calendario. La recogida de la almendra o la campaña de la aceituna siguen siendo momentos importantes, aunque hoy muchas tareas se hagan de otra manera. Aun así, forman parte del ritmo del pueblo.
Cómo llegar (y por qué la última parte del camino va despacio)
Para llegar a Alcoleja desde Alicante lo habitual es subir por la A‑7 en dirección Valencia y, a la altura de Cocentaina, desviarse hacia el interior. A partir de ahí empiezan las carreteras secundarias.
Los últimos kilómetros tienen bastantes curvas y atraviesan un paisaje de bancales, monte y pequeños barrancos. No es una carretera para ir con prisa, pero precisamente por eso el trayecto ya te va metiendo en ambiente.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En verano el sol aprieta más en las horas centrales, así que mucha gente opta por salir a primera hora o al final de la tarde.
Alcoleja no es un lugar que te vaya a ocupar un día entero con monumentos o actividades. Más bien funciona como una parada tranquila en el interior del Comtat: un paseo por sus calles, una vuelta por los caminos cercanos y esa sensación de haber estado, aunque sea un rato, en un pueblo que sigue viviendo a su propio ritmo.