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sobre Alfafara
Municipio enclavado en la Sierra de Mariola; destaca por sus yacimientos arqueológicos y molinos rupestres
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A primera hora de la mañana, cuando el sol empieza a entrar por las laderas de la Serra de Mariola, el aire en Alfafara huele a pino y a tierra seca. El silencio solo se rompe por algún coche que pasa despacio o por el sonido de una puerta que se abre en una casa del casco viejo. El turismo en Alfafara tiene algo de eso: caminar sin prisa por un pueblo pequeño —apenas supera los cuatrocientos habitantes— donde la montaña está siempre a dos o tres calles de distancia.
El pueblo aparece recogido en una ladera, con casas de piedra y fachadas claras que reflejan la luz fuerte del mediodía. Desde fuera no parece gran cosa. Pero basta empezar a subir por sus calles para notar cómo el paisaje de Mariola se cuela entre los tejados.
Calles tranquilas y la silueta de la iglesia
El casco urbano es breve y se recorre sin darse cuenta. Hay calles estrechas donde el pavimento cambia entre tramos de asfalto y zonas más antiguas con piedra desgastada. Las fachadas conservan balcones pequeños, rejas negras y puertas de madera que muestran el paso del tiempo.
La iglesia parroquial de San Miguel Arcángel sobresale sobre el resto de edificios. No es grande, pero su campanario marca el perfil del pueblo cuando se mira desde los caminos cercanos. A ciertas horas, sobre todo al final de la tarde, la luz se queda enganchada en las paredes claras y el sonido de las campanas se oye bastante lejos en el valle.
Desde algunos puntos del casco alto se ven los campos que rodean Alfafara: bancales, caminos de tierra y manchas de pinar que suben hacia la sierra.
Caminos que entran en la Serra de Mariola
Uno de los motivos por los que mucha gente llega hasta aquí es la cercanía con la Serra de Mariola. Los senderos empiezan prácticamente en las afueras del pueblo. Algunos siguen antiguas pistas forestales; otros se estrechan entre pinos, romero y aliaga.
Caminar por esta zona tiene algo muy concreto: el olor. Cuando el suelo está seco, las hierbas aromáticas desprenden un aroma intenso, sobre todo en días cálidos. Si el día es claro, es habitual ver aves rapaces aprovechando las corrientes de aire sobre las laderas.
Conviene llevar agua incluso en rutas cortas. En verano el calor se nota rápido en los caminos abiertos y hay pocos tramos con sombra continua.
Masías, fuentes y bancales antiguos
Alrededor de Alfafara todavía quedan muchas construcciones rurales dispersas. Algunas masías siguen habitadas o rehabilitadas; otras se mantienen en pie a medias, con los corrales vacíos y los muros gruesos resistiendo el paso de los años.
Cerca de estos caminos aparecen también fuentes, aljibes y pequeños lavaderos que recuerdan cómo se organizaba la vida agrícola en la sierra. Los bancales escalonados, hoy en parte abandonados, dibujan líneas rectas en las laderas y muestran el enorme trabajo que hubo aquí durante generaciones.
Es fácil encontrarlos caminando sin un destino concreto, simplemente siguiendo los caminos que salen del pueblo.
Qué se come en un pueblo de montaña
La cocina local sigue bastante ligada a lo que da la tierra y a recetas de casa. En la zona son habituales los guisos de cuchara, los arroces hechos en horno y los embutidos tradicionales. También aparecen dulces preparados con miel, almendra o hierbas de la sierra.
No es un lugar con mucha oferta gastronómica ni movimiento constante. A veces conviene comprobar horarios o acercarse a pueblos cercanos si se llega fuera de las horas habituales de comida.
Cuándo acercarse
La primavera suele ser uno de los momentos más agradecidos para caminar por la zona: la sierra está más verde y el aire aún es fresco. En otoño también hay días muy claros, con una luz suave que alarga las tardes.
En agosto el pueblo tiene más movimiento, sobre todo por la noche, cuando el calor afloja y la gente sale a la calle. Aun así, durante el día la temperatura puede ser alta en los senderos abiertos de la Mariola.
Llegar desde Alicante implica subir hacia el interior, normalmente pasando por Alcoy y continuando por carreteras comarcales que serpentean entre montañas. No es un trayecto largo, pero sí lo bastante lento como para notar cómo el paisaje cambia poco a poco: del tráfico de la autovía a los pinos, las curvas y el silencio que rodea Alfafara.