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sobre Almudaina
Diminuto pueblo agrícola dominado por una torre islámica; ofrece tranquilidad absoluta y cerezas de calidad
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A las siete de la mañana, cuando el sol empieza a tocar las laderas, Almudaina todavía está medio dormida. La luz llega primero a los bancales de piedra seca y tarda un poco más en bajar hasta las calles estrechas del pueblo. Huele a tierra húmeda y a leña apagada de la noche anterior. Desde cualquier borde del casco urbano se ve el mismo mosaico: almendros, alguna carrasca dispersa y montañas cerrando el horizonte de El Comtat.
Almudaina tiene alrededor de 128 habitantes y queda en un rincón poco transitado de la comarca, a algo más de quinientos metros de altitud. Aquí la montaña manda. Las calles son cortas, con pendientes suaves y tramos empedrados donde el paso suena distinto bajo los zapatos. Muchas casas conservan puertas de madera oscura y balcones de hierro que crujen cuando se abren por la mañana. En el centro queda la iglesia de San Juan Bautista; su campanario se ve desde casi cualquier punto y, cuando suenan las horas, el sonido rebota contra las laderas cercanas.
Caminar entre bancales y caminos antiguos
Salir a pie desde Almudaina es sencillo. Basta seguir cualquiera de los caminos que se escapan entre las últimas casas para acabar en sendas agrícolas que llevan décadas ahí, marcadas por muros de piedra que separan los bancales.
Algunos caminos bajan hacia pequeños barrancos donde todavía aparecen abrevaderos o fuentes que usaban los agricultores. No siempre llevan señalización clara, así que conviene caminar con calma y fijarse en las bifurcaciones. El terreno no es especialmente duro, pero en verano el sol cae de lleno y apenas hay sombra fuera de los pinares dispersos.
A ratos el paisaje se abre y deja ver todo el valle de El Comtat: pueblos blancos muy pequeños, manchas de cultivo y sierras que se van superponiendo en tonos azulados cuando el día está despejado.
Almendros, despensas y cocina de interior
El paisaje agrícola marca también lo que se come por aquí. Los almendros rodean el pueblo y en febrero suelen cubrir las laderas de flores blancas y rosadas. Duran poco, a veces apenas un par de semanas si el viento se levanta.
Las almendras terminan en muchas cocinas de la zona, sobre todo en dulces tradicionales. También son habituales los embutidos caseros y los platos de cuchara que se preparaban en las casas de campo durante el invierno. Es una cocina de interior, contundente, pensada para jornadas largas de trabajo en el campo.
Noches oscuras de verdad
Cuando cae la noche, Almudaina cambia por completo. La iluminación es escasa y basta alejarse unos metros del casco urbano para que el cielo se llene de estrellas. En verano, si el aire está limpio, la franja lechosa de la Vía Láctea se distingue bastante bien.
Conviene llevar una chaqueta incluso en noches cálidas: al estar en zona de montaña la temperatura baja rápido después de medianoche.
Fiestas que siguen el calendario del campo
La fiesta principal suele celebrarse en torno a San Juan Bautista, a finales de junio. Son días en los que el pueblo se anima más de lo habitual, con actos religiosos, música y reuniones en la plaza.
En enero también es tradicional la bendición de animales ligada a San Antonio, una costumbre muy extendida en los pueblos agrícolas de la zona. Durante las semanas de Navidad todavía se mantienen reuniones vecinales alrededor de hogueras y dulces caseros, algo bastante común en pueblos pequeños del interior alicantino.
Cuándo acercarse
La primavera y el otoño son los momentos más agradables para caminar por los alrededores de Almudaina. Las temperaturas suelen ser suaves y el campo cambia de color casi cada semana.
Si quieres ver los almendros en flor, lo normal es que ocurra entre febrero y principios de marzo, aunque depende mucho del invierno que haya hecho. En pleno verano el calor aprieta a mediodía, así que si vienes en esa época merece la pena madrugar: antes de las nueve el pueblo está tranquilo y el aire todavía baja fresco de la sierra.