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sobre Gaianes
Pequeña localidad a los pies de la sierra de Benicadell; entorno natural protegido
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A media tarde, cuando el sol cae de lado sobre la ladera, las paredes claras de Gaianes reflejan una luz seca que casi obliga a entrecerrar los ojos. El pueblo aparece compacto, con las casas apoyadas unas en otras y los bancales de olivos alrededor. El turismo en Gaianes tiene más que ver con caminar despacio por sus calles que con buscar monumentos aislados. Aquí lo que manda es el ritmo de un pueblo pequeño, donde viven poco más de quinientas personas y casi todo queda a unos minutos a pie.
Las calles del centro suben y bajan siguiendo la pendiente. El pavimento irregular obliga a mirar al suelo de vez en cuando. Entre las fachadas aparecen portales de madera oscura, rejas antiguas y balcones donde a menudo cuelga ropa tendida que se mueve con el aire de la tarde. En el corazón del pueblo está la iglesia parroquial dedicada a San Pedro Apóstol, levantada en el siglo XVIII. Desde fuera se reconoce por su volumen sobrio y por la piedra más clara del pórtico. Dentro, el ambiente es fresco incluso en los días duros de verano.
Calles que siguen la forma de la ladera
El casco urbano mantiene un trazado sencillo. No hay grandes ejes ni avenidas largas, sino calles estrechas que se adaptan al terreno. En algunos puntos se abren pequeñas plazas donde se oye hablar a los vecinos al caer la tarde. La arquitectura es la habitual de muchos pueblos agrícolas de la comarca: muros gruesos, persianas de madera, yeso encalado que con los años se agrieta y deja ver la piedra.
Recorrer el núcleo no lleva mucho tiempo. En menos de una hora se atraviesa casi entero. Aun así conviene hacerlo temprano o a última hora del día si vienes en verano. A mediodía el calor se queda atrapado entre las paredes.
Olivos, almendros y muros de piedra seca
Al salir del pueblo empiezan enseguida los bancales. Las parcelas están separadas por muros de piedra colocada sin mortero, algunos bastante antiguos. El paisaje cambia con las estaciones. A finales del invierno los almendros suelen florecer y el blanco se mezcla con el verde oscuro de los olivos. En otoño, el movimiento llega con la recogida de la aceituna y el ir y venir de pequeños remolques por los caminos.
Todavía se ven masías dispersas entre los campos. Son construcciones de planta sencilla, con muros gruesos y tejado de teja curva. Muchas siguen ligadas al trabajo agrícola.
Caminos alrededor del pueblo
Desde las últimas casas salen varios caminos agrícolas y sendas que se internan entre pinares y pequeños barrancos. No todos están señalizados, pero muchos son fáciles de seguir porque conectan con campos cultivados o antiguas eras.
Conviene llevar agua si vas a caminar un rato. En los meses centrales del verano el sol cae con fuerza y hay tramos sin sombra durante bastante tiempo.
Comida de casa y fiestas del pueblo
La cocina local gira alrededor del aceite de oliva y de platos que se preparaban para jornadas largas en el campo. En muchas casas aún se cocinan gazpachos manchegos o dulces sencillos hechos con miel y harina. Son recetas que pasan de una generación a otra más por costumbre que por moda.
Las fiestas patronales dedicadas a San Pedro suelen celebrarse hacia finales de junio. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: música en la calle, mesas largas para cenar al aire libre y vecinos que vuelven aunque vivan fuera el resto del año. En verano también se organizan jornadas festivas con actividades culturales y reuniones populares en la plaza.
Cuándo acercarse a Gaianes
La primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradecidos para visitar Gaianes. La temperatura permite caminar por los caminos de alrededor sin el calor fuerte del verano. En julio y agosto el sol aprieta desde media mañana y muchas calles quedan vacías hasta que cae la tarde.
Llegar en coche es sencillo desde las poblaciones cercanas de la comarca. Los últimos kilómetros discurren entre olivares y pequeñas elevaciones. Antes de entrar al pueblo ya se ve la silueta compacta de las casas apoyadas en la ladera, con el campanario sobresaliendo por encima de los tejados. Ahí empieza realmente la visita.