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sobre L'Alqueria d'Asnar
Municipio industrial papelero junto al río Serpis; conserva chimeneas antiguas y un entorno fluvial agradable
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A las ocho de la mañana, cuando la niebla se queda baja sobre el río Serpis, el pueblo todavía duerme. Desde la pequeña elevación donde se asienta L'Alqueria d'Asnar, las luces de Alcoy parpadean a lo lejos como brasas. El silencio dura poco: algún coche que cruza la carretera, una persiana que se levanta, el eco del campanario. En un término municipal que apenas llega al kilómetro cuadrado viven algo más de quinientas personas, y esa proximidad se nota enseguida.
El tiempo entero de un pueblo
Caminar por las calles de L'Alqueria d'Asnar tiene algo de maqueta a escala real. Las casas se agrupan alrededor de la iglesia de Sant Miquel, levantada cuando este lugar todavía se conocía como Ràfol Blanc. La piedra, que arrastra siglos encima, cambia de tono según la hora: gris húmedo en los días de niebla, dorado cuando el sol de primavera roza las fachadas poco antes de comer.
El campanario llama la atención porque no se parece demasiado a los de alrededor. Tiene un aire modernista que algunos vecinos relacionan con la escuela de Gaudí, aunque el origen exacto no siempre queda claro. Si se puede subir —a veces se abre en momentos concretos— la escalera de caracol acaba en una vista muy amplia para un pueblo tan pequeño: la silueta de la sierra de Mariola al fondo, bancales de almendros que a finales de invierno se llenan de flores blancas, y un casco urbano tan compacto que parece construido a partir de una sola pieza.
Donde el río dibuja el paisaje
Bajar hacia la Font de Pedra es dejar atrás las calles estrechas y acercarse al rumor del agua. El río Serpis pasa por aquí con calma, entre chopos y fresnos, en un paraje protegido desde comienzos de este siglo. El camino suele tener ese color rojizo de la tierra húmeda, y cuando ha llovido huele a romero y a barro recién removido.
Un poco más arriba aparecen los restos de antiguas fábricas papeleras. Durante décadas esta zona formó parte del pequeño mundo industrial que creció entre Alcoy y Cocentaina, ligado al papel y al textil. Todavía quedan muros, acequias y algún edificio medio invadido por la vegetación. Hoy el entorno se conoce como los jardines del Terrer: palmeras altas, bancos de piedra y una fuente que suena constante. Los domingos por la mañana suele haber gente del pueblo leyendo el periódico o charlando a la sombra.
Cuando los balcones se llenan de telas
A mediados de septiembre llegan las fiestas dedicadas a Sant Miquel. Los balcones se cubren con telas de colores guardadas todo el año, muchas hechas a mano. No siguen un patrón único: algunas muestran escenas del río, otras dibujos geométricos, otras simplemente colores intensos que se ven desde el otro extremo de la calle.
Durante esos días el pueblo huele a fritura, a vino nuevo y a embutido recién hecho. En las calles más estrechas aparece la poltrota, un embutido oscuro y especiado muy ligado a la matanza. La preparación de la fiesta empieza semanas antes, y es entonces cuando se ve el ritmo real del lugar: vecinos que montan estructuras, familias que cosen telas, gente joven aprendiendo bailes tradicionales que llevan aquí generaciones.
El gusto de las cosas hechas en casa
A primera hora, cerca de la iglesia, el olor a pan recién hecho sale por algunos portales. En muchas casas todavía se encienden hornos de leña ciertos días de la semana, y el aroma se mezcla con el del café y con el aire fresco que baja de la sierra.
La poltrota vuelve a aparecer en muchas conversaciones. Cada familia tiene su manera de prepararla: más seca, más especiada, con mayor o menor presencia de pimienta negra. A veces se ve colgada en las cocinas, atada con cuerda, curándose lentamente. No abundan los sitios donde sentarse a comer en el propio pueblo, así que gran parte de esa cocina sigue siendo doméstica. Si coincides con alguien hablador, es fácil que acabe contándote cómo se hace o de dónde venía la receta en su casa.
Cuándo ir y cómo moverse
La primavera suele ser un buen momento para acercarse. El río baja con más agua, los almendros ya han pasado la floración y el calor todavía no aprieta como en julio o agosto. Caminar hasta la Font de Pedra o por los alrededores del Serpis resulta más agradable entonces.
Conviene llegar en coche y dejarlo a la entrada. Varias calles son muy estrechas y maniobrar dentro del casco urbano puede resultar incómodo. Entre semana el ritmo es tranquilo; en verano, los fines de semana, aparece más gente de Alcoy o Cocentaina buscando algo de aire fresco junto al río.
Si te quedas hasta el atardecer, acércate hacia la zona del cementerio. Desde allí la luz cae de lado sobre la sierra de Mariola y las tejas del pueblo, y durante unos minutos todo queda en silencio salvo el sonido lejano del agua. Es un buen momento para entender la escala real de L'Alqueria d'Asnar: pequeño, muy compacto, y rodeado de paisaje por todas partes.