Artículo completo
sobre Tollos
Uno de los pueblos más pequeños y altos; balcón natural con paz absoluta
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay pueblos a los que llegas por casualidad, casi porque el coche te ha llevado hasta allí. Tollos es uno de esos. Vas subiendo por carreteras tranquilas de El Comtat, el paisaje se vuelve más seco y escalonado, y de repente aparece el pueblo. Un puñado de casas, silencio y la sensación de que aquí las cosas siguen otro ritmo.
El turismo en Tollos no funciona como en otros sitios. No hay hoteles, ni tiendas pensadas para visitantes, ni ese ambiente de excursión de domingo. Con unos treinta y tantos vecinos censados, el pueblo vive más hacia dentro que hacia fuera. Lo que encuentras es un caserío pequeño, calles estrechas y bancales de almendros y olivos alrededor. Ese tipo de lugar donde te cruzas con alguien y casi seguro te saluda.
Un casco urbano pequeño y sin artificio
El centro del pueblo gira alrededor de la iglesia parroquial dedicada a San Antonio de Padua. El edificio actual suele situarse en el siglo XVII, levantado sobre un templo anterior. No es una iglesia monumental; es más bien sobria, como tantas del interior alicantino, con muros gruesos y ese aspecto funcional de los pueblos de montaña.
Las casas siguen el mismo patrón. Mampostería, yeso claro, tejados de teja curva y ventanas pequeñas. En algunos patios todavía se ven hornos antiguos o aljibes para recoger agua de lluvia. Son detalles que aparecen cuando caminas sin prisa, mirando portales y esquinas.
El plano del pueblo tampoco tiene mucho misterio. Son pocas calles que se cruzan formando un núcleo compacto. En media hora puedes recorrerlo entero, pero merece la pena hacerlo despacio, fijándote en esas pequeñas cosas que suelen pasar desapercibidas: una reja antigua, una puerta de madera ya combada por los años, o una fuente donde todavía se acercan algunos vecinos.
Lo interesante está alrededor
Si algo explica Tollos es el paisaje que lo rodea. Los bancales escalonados que envuelven el pueblo cuentan bastante de cómo se ha trabajado esta tierra durante generaciones. Almendros y olivos dominan la escena, con esos muros de piedra seca que dibujan el terreno como si fueran líneas en un cuaderno.
Cuando los almendros florecen, normalmente entre finales de invierno y principios de primavera si el tiempo acompaña, el valle cambia por completo. El contraste entre las flores claras y el tono grisáceo de los olivos es de los que hacen que saques el móvil aunque no seas de hacer fotos.
A poca distancia del casco urbano suele mencionarse la Fuente de Tollos, un punto sencillo donde el agua ha servido durante años como referencia para quien camina por la zona. No es un gran paraje, pero sí uno de esos lugares donde se entiende bien cómo se organizaba la vida alrededor del agua.
Los caminos rurales conectan con otros pueblos cercanos como Benimassot o Famorca. Algunos están señalizados y otros son más bien pistas agrícolas que se han usado siempre. Si te gusta caminar sin demasiadas complicaciones, es un terreno agradecido: subidas suaves, vistas abiertas y bastante silencio.
Caminos, cielo oscuro y mucha calma
Desde Tollos salen varias rutas sencillas por los alrededores. No hablamos de grandes travesías, sino de senderos que pasan por masías dispersas y antiguos campos de cultivo. Es fácil encontrarse con casas de labor medio abandonadas que recuerdan cuando la población del valle era bastante mayor.
Por la noche el pueblo cambia todavía más. Al haber tan poca iluminación, el cielo se ve sorprendentemente bien. Si alguna vez has estado en un sitio donde puedes distinguir claramente la Vía Láctea en verano, sabes a qué me refiero. Aquí todavía ocurre algunas noches.
También es un buen lugar para quien disfruta con la fotografía de paisaje. No hay grandes miradores preparados ni paneles informativos: lo que hay son carreteras pequeñas y lomas desde las que ves cómo el relieve del Comtat se va encadenando hacia el horizonte.
Cuándo acercarse
Cada estación tiene su pequeño momento en los alrededores de Tollos. En otoño, cuando llegan las primeras lluvias, los pinares cercanos suelen atraer a gente que busca setas. No es algo organizado ni masivo; más bien esa tradición de salir al monte con calma y una cesta.
La primavera suele ser agradecida por la floración y por las temperaturas suaves para caminar. Y en verano, aunque el sol aprieta durante el día, las noches en estos pueblos de interior son bastante llevaderas.
En cuanto a comida, el pueblo en sí no tiene bares ni restaurantes abiertos de forma estable. Lo que sí aparece de vez en cuando son productos de la zona: aceite de oliva, almendras o miel de colmenas cercanas. Cosas que siguen haciéndose porque siempre se han hecho.
Fiestas y vida del pueblo
Las fiestas patronales suelen celebrarse a mediados de agosto en honor a San Antonio. Son celebraciones pequeñas, muy de vecinos y familiares que vuelven esos días al pueblo. Procesiones sencillas, música y bastante ambiente en la plaza.
En invierno todavía se mantiene en algunas casas la tradición de la matanza del cerdo, algo que durante décadas fue parte básica de la economía doméstica en muchos pueblos del interior.
Tollos, al final, no es un lugar al que vengas buscando grandes monumentos o planes. Es más bien una parada tranquila en El Comtat. Un pueblo mínimo donde entiendes rápido cómo era —y en parte sigue siendo— la vida rural en esta zona de Alicante. Si te gustan los sitios que no intentan llamar la atención, aquí encaja bastante bien.