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sobre Morella
Capital de Els Ports rodeada de murallas centenarias; destaca por su castillo imponente y calles medievales llenas de historia y encanto
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Las campanas de Santa María dan las ocho cuando alcanzo la plaza. El aire de agosto huele a pan recién hecho y a algo más dulce, casi floral, que luego descubro que son los flaons que enfrían en los escaparates. Desde lo alto, el canto agudo de los vencejos rebota entre los porches de piedra. Morella despierta despacio, como si aún dudara en qué siglo quiere vivir hoy.
La muralla que abraza
Subir por la calle de los Porxets es seguir un reguero de sombra azulada que se rompe cada pocos metros. Las casas de piedra tienen los sillares toscos, vivos, y las puertas bajas que obligan a agacharse un poco, como cuando entras en una iglesia antigua. En cada esquina huele distinto: a leña, a ganado, a trufa negra que alguien estará rallando en alguna cocina.
Recorrer la muralla supone algo más de dos kilómetros de paseo alrededor del casco histórico. Sobre el papel se hace rápido, pero lo normal es detenerse cada poco. La primera torre, la de Sant Mateu, tiene un hueco en el muro donde el viento silba como dentro de un caracol. Desde ahí la plana del Maestrazgo se abre en tonos amarillos y rojizos, con retamas plateadas que brillan cuando las toca el sol. Abajo serpentea la N‑232 camino del Port de Querol; a lo lejos se distinguen los tejados de Cinctorres. Sobre el cerro de la Nevera suelen girar buitres leonados, aprovechando las corrientes.
La piedra cambia mucho con la luz. En invierno tira a gris claro; en verano se vuelve ocre y por la noche parece casi de plomo cuando la iluminan desde abajo. No es solo decorado: durante siglos marcó el límite del pueblo y todavía hoy se entiende bien por qué la levantaron.
El castillo que es también cueva
La última cuesta es de empedrado irregular, pulido por siglos de pasos. El castillo ocupa la parte más alta del cerro, pero lo primero que notas al llegar es el silencio: el viento se queda abajo y los vencejos ya no alcanzan estas alturas.
El patio de armas huele a tierra caliente y a hierba seca. Desde aquí la vista cae en todas direcciones: los tejados rojizos, el campanario de Santa María, las sierras suaves que rodean la comarca.
Dentro del antiguo palacio del gobernador hay una gruta natural que abre la roca como una boca oscura. En este lugar aparecieron restos muy antiguos —puntas de sílex, huesos de animales— que indican que el cerro ya estaba ocupado mucho antes de que existiera la ciudad amurallada. La cueva es fresca incluso en agosto. En una pared alguien grabó con bayoneta una inscripción del siglo XIX, probablemente de las guerras carlistas que también pasaron por aquí.
Bajar por la escalera de caracol es volver poco a poco a la luz. Desde el almenaje se distingue el convento de San Francisco y, bastante más lejos, la torre del acueducto de Santa Llúcia, blanca entre los pinares.
Un órgano que llena toda la nave
La basílica de Santa María huele a cera derretida y a incienso viejo impregnado en la madera. El interior se mantiene fresco incluso en los días más calurosos de agosto. La luz entra por el rosetón y se rompe en colores sobre el pavimento.
En uno de los lados de la nave se levanta el gran órgano barroco construido por Turull en el siglo XVIII. Ocupa prácticamente toda la pared: cientos de tubos de distintas alturas, madera tallada oscurecida por los años, pequeños ángeles sosteniendo trompetas doradas. Cuando suena, el aire de la iglesia cambia. Las notas graves bajan como una corriente lenta y se notan en el suelo antes que en los oídos.
A veces hay conciertos o ensayos abiertos al público, aunque conviene comprobarlo con antelación porque no siempre coincide con la visita.
La plaza cuando llega el Sexenni
Cada seis años la plaza de la Peixquería se cubre de alfombras de serrín coloreado. Flores, escudos, figuras bíblicas que solo duran unas horas antes de que pase la procesión. Es el Sexenni, una celebración muy arraigada en Morella que transforma el pueblo durante varios días.
Los gigantes avanzan despacio al ritmo de dulzainas, los bastoners golpean el suelo con palos de madera y los vecinos sacan a la calle trajes que se guardan durante años esperando este momento. Cuando la fiesta no toca, la plaza recupera su calma habitual: soportales de piedra, conversaciones que se alargan al caer la tarde y la imagen de la Virgen de Vallivana en muchas fachadas, recuerdo de una devoción antigua ligada a una epidemia que marcó la historia del pueblo.
Si visitas Morella durante esa celebración, conviene organizar el viaje con tiempo. En años tranquilos el ambiente es mucho más pausado.
Cuándo ir y qué traerte
En invierno, alrededor de San Antonio, las calles suelen llenarse de hogueras y olor a romero. El frío aquí es serio, pero la luz de las brasas convierte el casco antiguo en algo muy distinto.
A finales de invierno y principios de primavera es temporada de trufa en la comarca. Muchos platos tradicionales aparecen entonces con ese aroma oscuro y terroso que recuerda al bosque húmedo.
El verano trae más gente, sobre todo en agosto. Si vienes en esos meses, intenta entrar al casco histórico temprano por la mañana o a última hora de la tarde; las cuestas se llevan mejor cuando el sol baja.
En otoño el paisaje alrededor cambia de tono. El monte huele a boj, a cantueso seco y a tierra removida después de las primeras lluvias.
En las pastelerías del centro es fácil encontrar flaons, unas piezas doradas rellenas de queso, huevo y un punto de canela. También son habituales las croquetas morellanas, con bechamel y trufa. Y en muchas tiendas del casco antiguo aparecen quesos de oveja de la comarca, intensos y algo mantecosos, que piden pan oscuro y tiempo para comerlos despacio.
Antes de subir al castillo, merece la pena parar en alguna de las fuentes del centro y llenar la botella: el agua baja fría de las montañas de Els Ports.
Si te apetece caminar, hay varios senderos señalizados que salen de las afueras del pueblo. Uno de ellos se dirige hacia abrigos con pinturas rupestres; no siempre se distinguen bien a simple vista, pero el recorrido atraviesa barrancos y pinares donde es fácil ver buitres planeando muy cerca.
Para visitar el casco histórico conviene dejar el coche en los aparcamientos de la parte baja, cerca del barrio del Poble Nou, y subir andando. Las calles de dentro son estrechas y empinadas; recorrerlas a pie es la única forma de notar cómo la piedra cambia de color según avanza el día.