Artículo completo
sobre Gata de Gorgos
Pueblo artesano famoso por la cestería y el mimbre; situado junto al río Gorgos
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora de la mañana, cuando las persianas todavía están medio bajadas, el centro de Gata de Gorgos suena a campanas y a llaves girando en las puertas de los talleres. En la calle Mayor alguien levanta la persiana metálica de un local donde se trabaja la madera; dentro huele a serrín y a barniz reciente. El sol tarda un poco en colarse entre las fachadas, sobre todo en invierno, y durante un rato el pueblo funciona en voz baja.
El olor de la cestería y el sonido de las cuerdas
Caminar por Gata es ir enlazando oficios. Primero el olor a pan que sale de algún horno cercano, luego el cuero y, muy a menudo, el aroma seco del esparto. La tradición de la cestería sigue muy presente. En el pequeño museo dedicado al esparto —instalado en una antigua casa— se explica cómo se trabajaba esta fibra que durante décadas fue parte de la economía local.
Allí cuentan que el esparto se dejaba en remojo durante días para ablandarlo y que después se golpeaba contra la piedra antes de empezar a trenzar. Si coincides con alguna demostración, lo más curioso es ver cómo las manos trabajan casi solas, mientras la persona que lo hace habla contigo sin apartar la vista del trenzado.
A pocos pasos, otro olor distinto: madera de cedro, cola caliente, barniz. Gata también es conocida por la fabricación artesanal de guitarras. En algunos talleres todavía se trabaja con calma, pieza a pieza. Cuando un artesano te enseña un mástil recién lijado, te pide que lo toques con la palma de la mano: dice que así se nota si la madera responde.
Cuando los Reyes Magos entran casa por casa
La tarde del 5 de enero tiene un ambiente diferente en Gata. Aquí la celebración de Reyes no gira tanto en torno a una cabalgata como a una tradición conocida como el Misteri de Reis. Vecinos del pueblo encarnan a los Reyes Magos y recorren las calles visitando las casas.
Van puerta por puerta, entrando a saludar a los niños y dejando pequeños regalos. Es una escena sencilla: túnicas que a veces se mueven con el viento de enero, niños mirando desde detrás de la puerta y familias enteras esperando su turno. Más que un espectáculo organizado, parece un juego colectivo que el pueblo repite cada año.
La subida al Calvario
Desde varios puntos del casco urbano se ve la ermita del Calvario, blanca contra el cielo. Parece cerca, pero la subida tiene su pendiente. El camino va serpenteando entre estaciones del vía crucis hechas con azulejos. Al mediodía el sol cae de frente y el paseo se vuelve más lento.
Arriba hay silencio y algo de viento. Desde la explanada se ve bien el trazado del pueblo: el campanario de la iglesia de San Miguel, los tejados apretados del casco antiguo y, más allá, parcelas de naranjos que se extienden hacia la llanura. En días claros incluso se intuye el brillo del mar, aunque quede a varios kilómetros.
El interior de la ermita huele a cera y a madera antigua. Suele estar tranquilo, con ese frescor que tienen los edificios encalados incluso cuando fuera aprieta el calor.
La Font de la Mata y los árboles viejos
A las afueras del pueblo, por una pista rural que sale entre bancales, está la Font de la Mata. No es un lugar monumental ni tiene carteles grandes que lo anuncien. Simplemente aparece: una fuente, un antiguo lavadero y un pequeño claro rodeado de vegetación.
Algunos de los lentiscos que crecen allí tienen troncos gruesos y retorcidos, claramente muy viejos. En invierno, cuando pierden parte del follaje, las ramas dibujan formas casi escultóricas. El agua sigue corriendo por la fuente y las piedras del lavadero están pulidas por décadas de uso.
Hoy el sitio se usa más para parar un rato que para trabajar, pero todavía se entiende bien qué papel tenía: punto de agua, lugar de encuentro y pausa en los caminos que salen del pueblo hacia el interior.
Cuándo acercarse con más calma
La primavera suele ser un buen momento para recorrer Gata de Gorgos y sus alrededores. Los campos están verdes y la luz de la Marina Alta todavía no tiene la dureza del verano.
En agosto el ambiente cambia: hay más gente y coinciden las fiestas dedicadas al Cristo del Calvario, muy vividas por los vecinos. Si buscas calles tranquilas, conviene evitar los fines de semana de pleno verano y las horas centrales del día, cuando el calor y el ritmo del pueblo invitan a parar.