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sobre Alboraya
Cuna de la horchata con extensos campos de chufa y playas populares como la Patacona
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A las siete de la mañana, en un campo de chufa de Alboraya, el aire huele a tierra mojada y a algo dulce que todavía no sabes nombrar. Es septiembre y la tierra está recién removida. Los pequeños tubérculos —del tamaño de una avellana irregular— aparecen en montones oscuros junto a los surcos. Un hombre mayor camina entre las líneas de cultivo con paso tranquilo, sin mirar al suelo, como quien atraviesa su propio patio. En el turismo en Alboraya casi todo acaba llevando a este paisaje: la huerta baja, abierta, con acequias rectas y parcelas estrechas donde nace la chufa que luego acaba convertida en horchata.
El ruido de las bombas de agua
Gran parte de la huerta se organiza alrededor de la acequia de Vera, una de las arterias históricas de riego que bajan hacia Valencia. Si caminas temprano por los caminos agrícolas, además de los gorriones y alguna moto que cruza hacia los campos, se oye el zumbido constante de las bombas que levantan el agua para regar.
Entre las parcelas aparecen alquerías de distintas épocas. Algunas siguen habitadas; otras muestran fachadas descascarilladas y puertas de madera que ya no cierran bien. Suelen tener muros gruesos, tejado de teja curva y un patio trasero donde antes se guardaban animales o herramientas.
Hay una pequeña ruta dedicada a la huerta y a la chufa que pasa por una antigua alquería convertida en espacio expositivo. Dentro se conservan prensas antiguas, sacos de tela y utensilios que ayudan a entender cómo se trabajaba antes de que llegaran las máquinas. A veces quien explica el proceso es alguien que ha cultivado chufa durante décadas. Si preguntas por la cosecha, muchos repiten lo mismo: la chufa buena se arranca entrado el otoño, cuando la tierra ya ha perdido el calor del verano.
Si vas a recorrer la huerta, mejor hacerlo por la mañana. En los meses cálidos el sol cae sin sombras y el camino entre campos se vuelve largo.
Cuando el mar se mete en el barrio
Port Saplaya aparece de golpe al salir de la carretera: bloques de colores claros alrededor de un canal interior donde flotan pequeñas embarcaciones. Desde arriba parece casi un tablero geométrico de agua y puentes. Abajo, a ras de muelle, se oyen las drizas golpeando los mástiles y el agua chocando contra el hormigón.
El puerto deportivo reúne más de quinientos amarres, aunque en invierno muchos quedan vacíos. Entonces el barrio cambia bastante: persianas bajadas, terrazas cubiertas con lonas y una calma que no tiene nada que ver con el movimiento del verano.
Los edificios están separados por canales que obligan a cruzar pequeños puentes para ir de una calle a otra. La playa queda a pocos pasos, pero dentro del puerto el protagonismo lo tiene el agua quieta del canal, que refleja las fachadas al final de la tarde.
El Puente del Moro y el tiempo que se arruga
Antes de que las avenidas actuales conectaran la huerta con la ciudad, el Puente del Moro servía para cruzar la acequia de Vera. Hoy está recolocado en el Paseo de Aragón, entre edificios modernos, pero conserva la piedra irregular y las marcas profundas que dejaron durante siglos las ruedas de los carros.
Si pasas la mano por la superficie notas los surcos pulidos por el uso. Por aquí circulaban cargas agrícolas rumbo a Valencia: sacos, madera, herramientas. El puente era estrecho y sin barandillas, así que cruzarlo con carro debía hacerse despacio.
El nombre tiene su propia historia. Algunos vecinos cuentan que antiguamente un moro cobraba peaje a quien transportaba mercancías. Probablemente sea solo tradición oral, pero el nombre quedó fijado y todavía se utiliza con naturalidad.
Hoy lo cruzan sobre todo escolares y ciclistas que pasan de un barrio a otro sin detenerse demasiado.
La playa cuando aún no es verano
La Patacona arranca justo donde termina Valencia y se estira varios kilómetros hacia el norte. La arena es fina y clara, y cuando el mar está tranquilo se forma una franja húmeda donde el cielo se refleja como en un espejo.
En junio, antes de que llegue la temporada más fuerte, el paseo marítimo tiene otro ritmo. Algunos corredores se paran a estirar junto a la barandilla, parejas mayores caminan despacio mirando el agua y el olor a algas secas aparece cuando sopla brisa de levante.
Al caer la tarde, las fachadas orientadas al mar se vuelven de un tono melocotón que dura apenas unos minutos. A esa hora empiezan a oírse platos y vasos desde las viviendas cercanas. Es un sonido cotidiano, casi doméstico, que se mezcla con el romper suave de las olas.
Cuándo ir y qué evitar
Septiembre suele coincidir con la recogida de la chufa. Los caminos de la huerta se llenan de tractores y remolques cargados de sacos. Si te acercas en esas semanas, lleva calzado cerrado: algunos senderos tienen barro y restos de riego.
En julio se celebran las fiestas de San Cristóbal, muy vinculadas a los conductores y a la vida del pueblo. No es un evento pensado para visitantes, sino más bien una celebración vecinal.
En pleno agosto Port Saplaya cambia mucho. El aparcamiento se llena pronto y el paseo junto al canal se vuelve bastante más ruidoso. Si buscas verlo con calma, mejor acercarse a primera hora de la mañana o en meses menos concurridos.
Y un aviso que los agricultores repiten cada verano: la acequia de Vera no es lugar para bañarse. El agua baja fría incluso en días de calor y el fondo es blando, lleno de lodo. Además, es parte del sistema de riego que mantiene viva la huerta.