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sobre Puig
Lugar histórico de la reconquista con un impresionante monasterio y playas
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El Puig de Santa Maria está a pocos kilómetros al norte de Valencia, en el borde entre la huerta histórica y la franja litoral. El tren de cercanías sale de la capital y, en muy poco tiempo, el paisaje cambia: acequias, campos de naranjos y, sobre una pequeña elevación, la silueta del monasterio. Esa colina explica buena parte de la historia local. Aquí se instaló Jaime I durante la campaña que terminaría con la toma de Valencia en el siglo XIII, y el monasterio que mandó levantar quedó ligado desde entonces al origen del nuevo reino cristiano.
La colina que cambió la historia
“Puig” significa precisamente eso: colina. No es una gran altura —apenas sobresale sobre la llanura— pero en una comarca tan plana resultaba un punto estratégico. Desde aquí se dominaba el acceso a la ciudad de Valencia y los caminos que atravesaban la huerta.
El Real Monasterio de Santa María sigue marcando el perfil del pueblo. El conjunto actual responde en gran parte a reformas posteriores, aunque la fundación se remonta al siglo XIII. La arquitectura es sobria, más cercana a una casa fortificada que a un monasterio ornamental. El claustro, levantado en época medieval y transformado con el tiempo, mantiene la escala tranquila de los monasterios valencianos: un espacio pensado para el ritmo regular de la vida monástica.
Dentro se conserva la imagen de la Virgen de los Ángeles, muy vinculada a la historia local. Cada septiembre suele salir en procesión durante las fiestas patronales, un momento que todavía moviliza a buena parte del pueblo.
Huerta, marjal y la franja litoral
El término municipal es relativamente pequeño, pero en pocos kilómetros se pasa de la huerta a la zona de marjal y, finalmente, al mar. Las acequias que riegan los campos forman parte del sistema hidráulico tradicional de la huerta de Valencia, organizado desde época medieval y todavía en funcionamiento.
Hacia el este, el terreno se vuelve más húmedo y aparecen zonas de cañaveral y arrozales. Son restos de antiguas marjales costeras, hoy muy transformadas pero aún importantes para aves acuáticas. Más allá está la playa, una franja larga y abierta de arena que durante décadas fue lugar de veraneo para familias de Valencia.
Esa proximidad entre huerta y mar también se nota en la cocina local. Platos como la olla de Sant Pere —que tradicionalmente se prepara en invierno— mezclan productos del campo con pescado o salazones. El arroz al horno, muy presente en la comarca, aparece en muchas casas los fines de semana.
Los refugios de la Guerra Civil
Durante la Guerra Civil, El Puig quedó en la zona republicana y la colina volvió a tener importancia estratégica. En sus alrededores se excavaron trincheras y refugios antiaéreos para proteger a la población de los bombardeos.
Algunos de esos refugios se han recuperado y se visitan en ocasiones con explicaciones guiadas. Son galerías sencillas, de hormigón, pensadas para proteger más que para durar. Aun así, ayudan a situar un episodio que marcó a muchas familias del pueblo. No es historia lejana: todavía hay vecinos que escucharon de niños las sirenas y recuerdan cómo se bajaba al refugio cuando sonaban los aviones.
El Museo de la Imprenta
En el antiguo palacio abacial del monasterio se encuentra el Museo de la Imprenta. La colección gira en torno a la historia del libro impreso y de las técnicas tipográficas, con prensas antiguas, tipos móviles y herramientas de taller.
Suele mencionarse como uno de los primeros museos dedicados a la imprenta en España. Más allá de la cronología, lo interesante es ver de cerca cómo funcionaba una imprenta manual: la composición con tipos de plomo, la tinta espesa, el gesto mecánico de la prensa de madera. Algunos talleres reproducen el proceso para entender cómo se imprimía una página siglos atrás.
Cómo acercarse al pueblo
El Puig está bien conectado con Valencia por tren de cercanías y también por carretera a través de la V‑21. Desde la estación hasta el casco urbano hay un paseo corto entre campos de cultivo.
El núcleo histórico se recorre sin prisa en poco tiempo: la subida al monasterio, algunas calles alrededor de la plaza y, si apetece alargar el paseo, el camino hacia la playa. Conviene fijarse en los detalles de la arquitectura popular que todavía quedan entre edificios más recientes, sobre todo en las casas vinculadas a la huerta.
Si coincide con día de mercado o con las fiestas patronales de septiembre, el ambiente cambia bastante: comparsas de moros y cristianos, bandas de música y vecinos que se conocen por el nombre. En un pueblo de este tamaño, esas cosas siguen marcando el calendario.