Artículo completo
sobre Godella
Municipio residencial con huerta y canteras históricas y ambiente cultural
Ocultar artículo Leer artículo completo
Godella es como ese primo que se fue a la universidad y volvió diciendo que era de “pueblo”, pero se le nota el jersey caro desde la otra acera. Está a un rato en metro de Valencia y, aun así, se empeña en mantener su carné de pueblo cuando en realidad vive a medio camino entre huerta tradicional y municipio pegado a la ciudad. Esa mezcla es, precisamente, lo que hace curioso el turismo en Godella.
El truco de Godella: cuevas de lujo antes de que fuera cool
Lo primero que te pasa cuando llegas es que piensas: “¿Aquí dónde está el pueblo?”. Bajas del metro, ves calles bastante normales, bloques, coches aparcados… y luego empiezas a subir. Porque en Godella casi siempre estás subiendo una cuesta.
Y de repente aparecen casas que no parecen casas. Algunas son cuevas.
En el siglo XIX, mientras mucha gente de Valencia buscaba aire más fresco lejos del calor de la costa, en Godella empezaron a excavar viviendas en la ladera. Cuevas‑casa con estancias dentro de la roca, chimenea y a veces un pequeño espacio delante que hoy ves lleno de macetas. En una revista de principios del siglo XX llegaron a llamar a sus habitantes “trogloditas modernos”, con bastante sorna.
Todavía quedan bastantes. Pasear por esa zona tiene algo curioso: si no sabes lo que estás viendo, piensas que son casas pequeñas con fachadas bajas. Cuando te explican que detrás hay habitaciones excavadas en la tierra, la perspectiva cambia bastante.
Hay un pequeño recorrido señalizado por la zona de las cuevas. No es largo ni requiere planificación: más bien un paseo tranquilo que te deja con la sensación de haber descubierto algo raro tan cerca de Valencia.
De conquistadores a veraneantes: un poco de historia sin aburrir
Godella no es de esos sitios que fuerzan la historia para llenar paneles turísticos. Pero sí tiene capas.
Se han encontrado restos romanos en el término municipal —entre ellos una lápida que apareció durante unas obras—, así que por aquí ya pasaba gente hace casi dos mil años. Aun así, el pueblo como tal empieza a tomar forma tras la conquista cristiana del siglo XIII, cuando la antigua alquería musulmana pasa a manos de señores feudales vinculados a la corona.
Durante siglos fue, básicamente, un núcleo agrícola de la huerta valenciana. Naranjos, acequias, caminos de tierra y poco más.
El cambio llegó en el siglo XIX. Algunas familias acomodadas de Valencia empezaron a usar Godella como lugar de veraneo o segunda residencia. Buscaban aire más limpio y algo de distancia de la ciudad, pero sin irse demasiado lejos. Poco a poco fueron levantándose casas más grandes, algunas con un toque modernista que todavía se reconoce en ciertas fachadas.
Así que el pueblo fue creciendo con esa doble personalidad: huerta por un lado y refugio veraniego por otro.
Fiestas que no son para turistas (y eso mola)
Las fiestas patronales de San Bartolomé suelen celebrarse a mediados de agosto. Es curioso porque coincide con el momento en que media Valencia está pensando en la playa. Aquí, en cambio, el ambiente es bastante de pueblo: peñas, música en la plaza, actos religiosos y mucha gente que se conoce de toda la vida.
No da la sensación de evento montado para visitantes. Más bien parece una reunión grande de vecinos.
En primavera suele celebrarse también una romería hacia la ermita del Salvador, en una zona más elevada del término. El camino pasa entre pinos y campos de huerta, y mucha gente sube andando en grupo. Allí la tradición manda comer algo sencillo —cocas saladas, cosas para picar— y pasar la mañana.
El Corpus, cuando toca, también mantiene costumbres bastante arraigadas. Algunas calles se cubren con alfombras de flores hechas por los vecinos la noche anterior. Al día siguiente la procesión pasa por encima y todo vuelve a la normalidad como si nada.
Arroz al horno y otras excusas para quedarse a comer
Godella no es un destino gastronómico en el sentido de que alguien viaje expresamente a comer aquí. Pero estando en plena huerta valenciana, mal no se come.
El arroz al horno aparece mucho en mesas familiares cuando hay reunión grande. Lleva arroz, carne de cerdo, embutido, garbanzos y, cuando es temporada, alcachofas de la huerta. Es de esos platos que huelen a domingo largo.
Después de comer viene bien caminar un poco. Desde el casco urbano salen varios senderos sencillos que te llevan hacia zonas de huerta o pequeños pinares cercanos, como el entorno del Poyo o la Dehesa. No es montaña salvaje ni nada parecido: más bien caminos tranquilos donde ves acequias, campos y algún ciclista pasando.
En un paseo corto ya cambias el ruido de coches por olor a tierra húmeda y azahar cuando toca.
Conclusión práctica: ¿merece la pena acercarse?
Depende de lo que busques.
Si te imaginas un pueblo de postal con calles medievales y casas de piedra, Godella no va por ahí. Tiene zonas muy normales de municipio del área metropolitana.
Pero si te interesa ver cómo vive un pueblo de la huerta que ha crecido pegado a Valencia sin perder del todo su carácter, entonces sí tiene gracia. Las cuevas, las casas antiguas de veraneo y los caminos entre naranjos cuentan bastante bien esa historia.
Mi consejo sería algo sencillo: acércate una mañana tranquila, pasea por la zona de las cuevas, sube hacia la ermita si te apetece caminar un poco y luego vuelve a Valencia. Es de esos sitios que se entienden rápido, pero que dejan una sensación curiosa: estás a un paso de la ciudad y, aun así, parece otro ritmo.