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sobre Meliana
Famosa por el mosaico Nolla y su huerta productiva de calidad
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El turismo en Meliana es como ese vecino que vive a siete kilómetros y nunca visitas porque “está ahí, ya iré”. Y cuando por fin te acercas, descubres que tiene más historia de la que pensabas y bastante menos gente con cámara que en otros pueblos de alrededor.
El pueblo que se hizo de azulejos
Llegué un martes a las once, hora de pan caliente y cafetería llena. Aparqué cerca de la plaza —aquí conviene mirar bien las zonas de pago— y lo primero que vi fue un señor de bata azul transportando un espejo en bicicleta. No sé si era arte improvisado o simplemente una mañana cualquiera en Meliana, pero me pareció una bienvenida bastante honesta.
El casco es de esos que se recorren rápido pero te obligan a ir levantando la vista cada pocos pasos: calles rectas, casas bajas y ese aire de pueblo de l’Horta que todavía conserva la escala humana. La iglesia de los Santos Juanes domina bastante el centro. El edificio actual mezcla épocas; empezó a levantarse en el siglo XVI y luego fue cambiando de aspecto con reformas posteriores. Cuando entré estaban sonando las campanas y un niño preguntó a su abuela si eso era “el WhatsApp de Dios”. No supe si reírme o apuntarlo mentalmente.
Donde sí conviene parar un rato es en el Palauet de Nolla. Es un edificio curioso: medio palacete valenciano, medio residencia de otro tiempo. Formó parte de la historia de la fábrica de mosaicos Nolla, que en el siglo XIX dio bastante trabajo en la zona y puso a Meliana en el mapa industrial. Hoy el edificio está restaurado y suele acoger visitas o exposiciones relacionadas con el mosaico. Y la verdad: sorprende más de lo que uno imagina. Hay composiciones geométricas que parecen sacadas de un catálogo moderno, solo que hechas hace más de un siglo.
La ermita en medio de la huerta
A las afueras está la ermita de la Virgen de la Misericordia, en medio de ese paisaje de huerta que rodea Meliana. La historia que suele contarse es que ya había una ermita aquí en el siglo XIII, vinculada a los episodios de la conquista cristiana en esta llanura. El edificio actual es bastante más reciente, de mediados del siglo XX, pero el lugar mantiene ese ambiente tranquilo de camino rural.
Cuando pasé, una mujer estaba limpiando los escalones mientras cantaba una canción de Verónica Castro. No sé si forma parte de la rutina o simplemente coincidí con un buen día de limpieza, pero encajaba bastante bien con el silencio de la huerta.
Si te apetece alargar un poco el paseo, desde Meliana se llega fácilmente a Roca, una pedanía muy pequeña. Surgió ligada a la actividad de la antigua fábrica y a las viviendas de trabajadores. Hoy es un conjunto de casas bajas con patios diminutos y una ermita dedicada a Sant Antoni. Por la fiesta del santo, en enero, la gente del barrio suele llevar animales para la bendición. En las fotos que circulan algunos años aparece de todo: perros, pájaros y algún que otro animal más exótico.
Coca de tomata y otras excusas para sentarse
Meliana no tiene un plato con nombre propio, pero si preguntas por algo típico lo más probable es que te hablen de la coca de tomata. Es la misma base que en muchos pueblos de l’Horta: masa, tomate, aceite y sal. Aquí a veces la hacen un poco más gruesa y la envuelven en papel de estraza, como se ha hecho toda la vida.
Me comí una sentado en un banco de la plaza mientras un grupo de jubilados discutía si el ayuntamiento debía repintar o no los pasos de cebra. En medio de la conversación alguien me ofreció media mandarina. Ese tipo de escena que no sale en las guías pero te explica mejor el lugar que cualquier panel informativo.
Durante las fiestas grandes del pueblo, que suelen celebrarse a finales de verano, la agenda se llena de actos populares, música y comidas colectivas. Son de esas celebraciones largas, con actividades casi cada día, donde medio pueblo participa de una forma u otra.
Cómo no perder el tiempo (y cómo perderlo bien)
Meliana no funciona como destino de jornada completa. Es más bien una parada corta que encaja bien si estás moviéndote por la huerta norte de València. En un par de horas puedes recorrer el centro, acercarte al Palauet de Nolla y dar un paseo hacia la ermita.
Lo que tiene gracia es precisamente eso: no hay decorados pensados para el turismo. No verás tiendas de recuerdos en cada esquina ni grupos siguiendo a un guía con paraguas en alto. Es un pueblo que sigue con su ritmo: gente que madruga, huerta alrededor y comidas largas cuando llega el mediodía.
Mi consejo: ven en primavera, cuando los campos de alrededor están en pleno movimiento y el aire huele a azahar. Aparca en alguna de las avenidas que rodean el centro y entra caminando. Compra una coca en cualquier horno, da una vuelta sin mapa y deja que el paseo te lleve hasta la huerta.
Luego vuelves al coche y en pocos minutos estás otra vez en València. Probablemente habrás tardado menos en conocer Meliana que en encontrar aparcamiento dentro de la capital. Y oye, a veces esos desvíos pequeños son los que más se recuerdan.