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sobre Tavernes Blanques
Municipio pegado a Valencia sede de la fábrica de Lladró
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El GPS me dice que he llegado, pero parece que me he equivocado de destino. Estoy en una avenida ancha con gasolineras y naves industriales, buscando un pueblo valenciano que según el mapa debería estar aquí mismo. Luego veo el cartel de entrada: Tavernes Blanques, un municipio de algo menos de diez mil vecinos. Ahí va la primera lección del turismo en Tavernes Blanques: esto no es un pueblo de postal, es un pueblo que trabaja.
La fábrica de porcelana que todo el mundo ha visto alguna vez
Hay una cosa que descoloca bastante cuando llegas. Entre bloques de pisos, colegios y calles bastante normales aparece una de esas fábricas de porcelana cuyas figuras llevan décadas en vitrinas de medio mundo.
Si creciste viendo en casa de algún familiar esos angelitos bajo campana de cristal, probablemente salieron de aquí.
Se puede visitar el museo y, cuando está abierto al público, ver parte del proceso. A mí me sorprendió más el ambiente que otra cosa: talleres tranquilos, gente trabajando con pinceles finísimos, casi como si estuvieran haciendo cirugía en miniatura. Pintar pestañas o detalles diminutos en una figura de porcelana tiene algo hipnótico.
Es curioso pensar que desde un municipio tan pequeño salen piezas que acaban en casas de medio planeta. Ese contraste —vida de barrio por fuera, artesanía muy precisa por dentro— es de las cosas que más recuerdas al irte.
Horchata y fartons: aquí se toman en serio el desayuno
A media mañana el pueblo huele a chufa. No es una metáfora.
Estás en plena Horta Nord y eso se nota en cosas muy básicas, como el desayuno. En varias calles hay horchaterías de las de siempre, con gente entrando y saliendo constantemente. Y no solo turistas: muchos son trabajadores de los polígonos cercanos o vecinos que paran antes de volver a casa.
La escena se repite bastante: vaso grande de horchata bien fría, un par de fartons (a veces tres) y conversación de barra. Lo curioso es la mezcla de gente. En la misma mesa puedes ver a alguien con camisa y portátil y al lado a otro que acaba de salir del turno de noche.
La llamada Ruta de la Horchata pasa por esta zona de l’Horta. No esperes palacetes ni grandes monumentos; aquí la gracia es ir enlazando pueblos en bici o en coche corto a corto. De Tavernes a Alboraia, por ejemplo, apenas hay un rato pedaleando entre huerta y carreteras secundarias.
Por cierto: aparcar puede ser un pequeño deporte de precisión. Calles cortas, bastante tráfico local… de esas zonas donde entiendes por qué tanta gente se mueve en bici o moto.
Fallas en versión de barrio
Las Fallas aquí se viven de otra manera que en la capital. Todo es más cercano.
Las comisiones falleras se conocen entre ellas, los monumentos suelen plantarse en plazas o calles donde viven los propios falleros, y el ambiente recuerda más a una fiesta de barrio grande que a un evento masivo.
El día de la cremà el olor a pólvora se queda flotando por todo el pueblo. Hay niños tirando petardos, gente sentada en sillas plegables y corrillos que llevan horas charlando. Cuando la falla arde, buena parte del municipio está mirando.
No es el espectáculo gigantesco de Valencia, pero tiene ese punto de fiesta comunitaria que a veces se pierde en las ciudades grandes.
Fiestas del Roser: cuando el pueblo se llena
Las fiestas dedicadas a la Mare de Déu del Roser suelen celebrarse en octubre. Durante esos días Tavernes cambia bastante de ritmo.
Aparecen las peñas con camisetas iguales, carritos llenos de bebida recorriendo las calles y escenarios montados para la música por la noche. También hay actos más tradicionales, como la procesión, que reúne a bastante gente del pueblo.
Algo que comentan muchos vecinos es que hay taverners que viven fuera —en Valencia capital o en otros sitios— y vuelven esos días. Por eso el ambiente se anima más de lo que uno esperaría para un municipio de este tamaño.
Balcones con banderines, calles con luces y la sensación de que todo el mundo conoce a alguien en cada esquina.
¿Compensa pasarse por Tavernes Blanques?
Depende bastante de lo que busques.
Si vas detrás de cascos históricos medievales o calles empedradas, aquí no lo vas a encontrar. Tavernes Blanques es otra cosa: un municipio pegado a Valencia donde conviven huerta, barrios residenciales y actividad industrial.
Ahora bien, si te interesa entender cómo funciona esta parte de l’Horta Nord, tiene su gracia parar un rato. La visita a la fábrica de porcelana, una horchata tranquila a media mañana y un paseo corto por el pueblo se hacen en pocas horas.
Mi consejo: intégralo en una ruta por la huerta. Tienes Alboraia muy cerca, Valencia capital a un salto y la zona de playa de la Patacona también a pocos minutos en coche.
Es una manera bastante buena de ver la Valencia cotidiana: la de la gente que madruga para trabajar, cruza la huerta en bici y se toma la horchata como desayuno normal de un martes cualquiera. Y eso, aunque no salga mucho en las guías, también forma parte del viaje.