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sobre Vinalesa
Pueblo de la huerta con la Real Fábrica de la Seda como edificio industrial histórico
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A las ocho y media de la mañana, el sol atraviesa los naranjos y dibuja rectángulos dorados sobre el asfalto de la calle Mayor. Un hombre riega con una manguera sus macetas mientras comenta algo en valenciano con la vecina que baja la basura. El agua corre por la cuneta formando pequeños regatos que huelen a tierra mojada y a piel de naranja. Vinalesa despierta así muchos días: sin prisa, con ese murmullo doméstico de pueblo pegado a la huerta.
Está a pocos kilómetros de València, dentro de l’Horta Nord, y aun así conserva algo de borde agrícola. Basta alejarse dos calles del tráfico para oír gallos, motores de riego y alguna bicicleta cruzando los caminos entre campos.
El murmullo de la seda
La antigua Fábrica Nacional de la Seda aparece de repente entre casas bajas y pequeños jardines. El edificio —ladrillo rojizo, piedra clara en las esquinas— mantiene un aire serio, propio de finales del siglo XVIII. En aquella época se instaló aquí una manufactura sedera impulsada por empresarios de origen francés, con permiso de la corona. Durante décadas fue uno de los motores económicos del pueblo.
Hoy funciona como ayuntamiento. Si entras en horas tranquilas, cuando el edificio está casi vacío, los pasillos aún guardan ese olor mezcla de cal, madera vieja y papeles archivados. En algunas salas se recuerdan los antiguos telares y la maquinaria que movía la fábrica, un sistema de poleas y transmisiones que para su tiempo debió de resultar bastante avanzado. Se cuenta que en el siglo XIX se introdujeron aquí innovaciones industriales poco habituales entonces en la huerta valenciana, incluso maquinaria de vapor.
La actividad fue decayendo ya entrado el siglo XX. Durante años el edificio quedó medio abandonado, hasta que el municipio lo recuperó en la década de 1980. Ahora se usa para actos públicos y trámites diarios. Donde antes sonaban telares, hoy se oyen pasos sobre el suelo de baldosa y, algunos días, instrumentos de estudiantes de música ensayando.
Campanas y ladrillo
La torre de la iglesia de San Honorato sobresale por encima de los tejados de teja roja. Parte del conjunto se levantó en el siglo XVIII, aunque el cuerpo de ladrillo tiene un aire más antiguo, con ese tono rojizo que cambia mucho según la hora del día.
Subir al campanario no siempre es sencillo; a veces se permite en visitas puntuales organizadas desde el ayuntamiento o en jornadas abiertas. Si se tiene la oportunidad, la escalera de piedra —estrecha y gastada en los bordes— termina en una vista amplia de la huerta. Desde arriba se entiende mejor cómo se ordena el paisaje: parcelas rectangulares, acequias que dibujan líneas rectas y, aquí y allá, manchas de cebollas, patatas o cítricos según la temporada.
Dentro de la iglesia el ambiente cambia. Huele a cera y a incienso, y la luz entra filtrada por las ventanas altas. Por la tarde, cuando el sol cae hacia el oeste, el mármol claro del altar refleja una luz fría que tiñe el interior de sombras azuladas. En una capilla lateral se guarda la imagen de San Honorato, patrón del pueblo, que suele salir en procesión durante las fiestas de mayo.
Las casas que miran al levante
Las alquerías que quedan alrededor de Vinalesa no funcionan como decorado: muchas siguen habitadas. Algunas se reconocen por las portaladas de piedra o por los porches abiertos donde se secaban hierbas y aperos. En una de ellas todavía cuelgan ramos de lavanda puestos a secar; en otra se ve un viejo rótulo pintado en azul que recuerda antiguos oficios del pueblo.
La orientación no es casual. Muchas miran hacia el este para recibir el sol temprano y protegerse del viento más seco que llega desde el interior. Son decisiones prácticas que se repiten en toda la huerta.
Caminar por estos caminos a primera hora, antes de que arranquen los coches y los perros empiecen a ladrar, tiene algo de pausa antigua. Las paredes de tapial muestran reparaciones de distintas épocas. En algunos patios aún se adivinan los hornos donde se cocía el pan para varios días; hoy suelen estar integrados en jardines o trasteros, pero el arco de ladrillo sigue ahí.
Mayo y sus tracas
Las fiestas de San Honorato suelen celebrarse en mayo y cambian bastante el ritmo del pueblo durante unos días. Aparecen banderas en los balcones, las calles se llenan de sillas sacadas a la puerta y se oye música desde media tarde.
Por la noche la pólvora marca el ambiente. Las tracas recorren algunas calles con ese sonido seco que rebota entre las fachadas. A quien no esté acostumbrado puede sorprenderle la intensidad.
La procesión principal avanza despacio bajo el sol del mediodía. Participan vecinos de todas las edades y la banda de música tiene un papel central. Cuando empiezan los pasodobles, muchas puertas se abren y la gente sale a mirar desde el umbral o desde la acera.
En el campo de fútbol y en los alrededores suele reunirse bastante gente cuando hay actos pirotécnicos. Familias enteras con bocadillos, niños corriendo por la hierba, conversaciones que se alargan hasta que el humo de la pólvora se disuelve.
Cuándo ir y qué evitar
Vinalesa se recorre rápido, pero conviene elegir bien la hora. En verano el calor cae fuerte sobre la huerta y a mediodía casi no hay sombra entre los campos.
Las primeras horas de la mañana funcionan mejor. A esa hora los regantes suelen abrir acequias y el aire trae olor a agua y a cítricos. Al atardecer también cambia el tono del pueblo: los ladrillos de la antigua fábrica y de algunas casas se vuelven casi cobrizos con la luz baja.
En mayo, durante las fiestas, hay mucho más movimiento de lo habitual. Quien busque tranquilidad quizá prefiera otro momento del año. Fuera de esas fechas, el pueblo mantiene un ritmo bastante cotidiano: gente que va y viene en bicicleta, conversaciones en las puertas y el sonido lejano del riego en los campos.