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sobre Albal
Municipio dinámico cercano a la Albufera con la Torre Mora como símbolo de su pasado árabe
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Te juro que el GPS me metió por un camino de naranjos que parecía la entrada a la casa de un tío que vive en el campo y siempre tiene la puerta abierta. Acequias a un lado, parcelas al otro, y al fondo la silueta de Valencia. En medio de todo eso aparece Albal, en plena Horta Sud: huerta trabajada, calles tranquilas y esa sensación de pueblo pegado a la ciudad pero con otro ritmo.
Me bajé del coche con la impresión de haber llegado a media tarde, cuando ya ha pasado lo importante del día y la gente está a lo suyo. Tractores entrando, vecinos charlando en la puerta y olor a tierra húmeda. Nada de decorado: aquí se vive.
La torre que se quedó mirando cómo cambiaba todo
La Torre Árabe de Albal es de esos sitios que te pillan un poco a contrapié. Vas caminando entre casas modernas y de pronto aparece una torre de ladrillo, cuadrada, seria, como si alguien la hubiera dejado ahí hace siglos y nadie se hubiese atrevido a moverla.
Suele datarse en época islámica, alrededor del siglo XI, cuando estas torres servían para vigilar la huerta y las acequias. En esta comarca hubo varias, aunque la de Albal es de las que mejor han llegado hasta hoy.
Cuando te acercas entiendes rápido su función: controlar el terreno. No es grande ni monumental. Más bien práctica. Según tengo entendido, dentro conserva una escalera estrecha que sube hasta la parte superior. El tipo de escalera que te obliga a subir medio encorvado, como cuando entras en un trastero antiguo.
Hay una historia que siempre se comenta en el pueblo: en los años 80, durante unas obras, aparecieron inscripciones antiguas en las paredes y se borraron sin demasiadas preguntas. Cuando más tarde algunos especialistas supieron lo que había pasado, el gesto fue de esos de manos a la cabeza. Cosas de otra época.
Comer aquí tiene más que ver con la huerta que con la carta
En Albal la comida no se vive como “gastronomía local”. Es simplemente lo que hay en casa.
En verano, durante las fiestas de Santa Ana, es bastante habitual ver monas en los escaparates: pan dulce con un huevo cocido encima. A primera vista parece un invento raro, pero entras rápido en el juego.
Los buñuelos de calabaza también aparecen mucho en celebraciones y ferias. Recién hechos, queman en los dedos y saben a masa frita con azúcar, que es exactamente lo que uno espera.
Y luego está el boniato de la zona, una variedad que por aquí se cultiva desde hace tiempo en terrenos cercanos a las marjales. Cuando lo encuentras asado en invierno, con la piel abierta y un poco de aceite por encima, entiendes por qué la gente lo compra por sacos.
Si te sientas a comer algo más serio, lo lógico es tirar hacia los arroces de la Albufera: verduras de la huerta, a veces anguila, y ese punto de humo del fuego que no se consigue en una cocina de piso.
No suele haber mucha ceremonia. Paellera al centro, cuchara y conversación.
Fiestas de las que todavía cortan calles
El calendario festivo aquí sigue bastante vivo.
A mediados de enero, por San Antonio, es típico ver la bendición de animales: perros, gatos, algún pájaro en jaula y siempre algún vecino que aparece con algo inesperado.
A principios de febrero, con San Blas, continúan las celebraciones religiosas y la excusa para juntarse en la calle.
Las Fallas, en marzo, también se viven en el pueblo, aunque a una escala que permite caminar entre monumentos sin sentir que estás en medio de una avalancha. Eso sí: si te quedas a dormir cerca de una comisión fallera, prepárate para petardos a horas creativas.
Y en verano, las fiestas de Santa Ana suelen concentrar procesiones, ferias y verbenas. Ese momento del año en que el pueblo entero acaba saliendo a la calle cuando baja un poco el calor.
Consejo práctico: en julio el asfalto guarda el calor como una sartén. Calzado ligero o acabarás caminando raro.
Caminar la huerta sin alejarte demasiado
Una de las cosas que tiene Albal es que sales un poco del centro y enseguida vuelves a la huerta.
Hay recorridos sencillos que siguen el trazado de acequias históricas, como la de Favara, que atraviesa buena parte de esta zona de l’Horta. Caminas junto al agua, pasas entre campos de cultivo y escuchas conversaciones en valenciano entre agricultores que siguen con la faena.
No son rutas señalizadas al estilo parque natural. Son caminos de trabajo que también sirven para pasear.
Otra vuelta habitual conecta el casco urbano con la ermita de Santa Ana y vuelve rodeando parcelas de cultivo. Un paseo tranquilo que mucha gente del pueblo hace al atardecer, cuando el sol baja y la huerta cambia de color.
Si te animas a seguir más allá, puedes enlazar caminos que van saltando entre municipios de la comarca. Al final te das cuenta de algo curioso: cada pueblo tiene su torre, su iglesia y sus campos, pero ninguno se siente exactamente igual.
¿Merece desviarse hasta Albal? Depende de lo que esperes.
Si buscas un casco histórico grande o monumentos cada diez metros, aquí no va de eso. El centro se recorre rápido y el protagonismo se lo lleva la huerta.
Ahora bien, si te interesa ver cómo funciona de verdad este paisaje que rodea Valencia —acequias, campos, caminos agrícolas y pueblos pegados unos a otros— Albal encaja bastante bien. Das una vuelta, comes un arroz, paseas un rato entre naranjos y probablemente encuentres algún mercado semanal donde se sigue vendiendo producto de la zona.
En una mañana o una tarde te haces una idea bastante clara del sitio. Y a veces eso es justo lo que apetece: un pueblo normal, con huerta alrededor, que no está intentando impresionar a nadie.