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sobre Alfafar
Municipio comercial y residencial pegado a Valencia con parte de su término en la Albufera
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Las campanas de la iglesia suenan temprano y el aire huele a pan recién hecho mezclado con ese fondo húmedo que llega de la marjal. En la plaza, las primeras mesas se llenan de café con leche y tostadas mientras algunos ciclistas atraviesan el pueblo camino de las acequias. Alfafar arranca el día así, con un ritmo que todavía depende del campo aunque Valencia esté a pocos minutos en coche.
Entre la acequia y la marjal
Alfafar se asienta prácticamente a ras del agua, en terreno llano de la Horta Sud donde la huerta empieza a diluirse en los arrozales de l’Albufera. El nombre del lugar aparece ya en documentos medievales, ligado a esas redes de riego que todavía hoy cruzan el término. Basta alejarse un poco del casco urbano para verlas: canales rectos, bordes de tierra compacta y el sonido constante del agua moviéndose despacio.
La marjal alfafarena se percibe antes de verla. El aire se vuelve más pesado, aparecen los mosquitos al caer la tarde y el verde del arroz cambia de tono según la estación: brillante cuando acaba de plantarse, más apagado cuando llega el final del verano. Hay caminos rurales que permiten recorrer este paisaje a pie o en bici, entre campos y pequeñas casetas de riego. No es un recorrido pensado para impresionar; más bien sirve para entender cómo funciona este territorio y cuánto depende todavía del agua.
Si vienes en los meses cálidos, conviene hacerlo a primera hora o cuando el sol empieza a bajar. A mediodía el calor se queda atrapado sobre los arrozales.
El olor a pólvora y la Virgen del Don
Cuando llegan las Fallas, Alfafar cambia de tono. Durante esos días el olor a pólvora se mezcla con el del azahar que sale de los patios y de los árboles que aún quedan en algunas calles. Las comisiones falleras ocupan cruces y plazas con carpas, música y mesas largas donde la gente pasa buena parte del día.
La Ofrenda a la Virgen del Don es uno de los momentos más sentidos de la semana fallera. La tradición local cuenta que la imagen llegó aquí tras la conquista cristiana de Valencia, asociada al paso de Jaime I por estas tierras. Sea historia o relato repetido con los años, la devoción sigue muy presente: ramos de flores, trajes tradicionales y un silencio raro en medio de unas fiestas que normalmente son puro ruido.
De la alquería al centro comercial
A un lado del término todavía se conservan antiguas alquerías que recuerdan cuando Alfafar era sobre todo tierra agrícola. La Alquería del Pi, levantada siglos atrás con muros gruesos y patio interior, es uno de esos edificios que ayudan a imaginar cómo se vivía aquí antes de que llegaran las carreteras y los polígonos.
A poca distancia aparece el otro paisaje del municipio: grandes naves, avenidas anchas y uno de los mayores parques comerciales del área sur de Valencia. Mucha gente llega a Alfafar precisamente por eso, para comprar muebles o pasar la tarde entre tiendas. El contraste es fuerte, pero explica bastante bien la evolución del pueblo en las últimas décadas: de huerta y talleres artesanos a zona industrial y comercial pegada a la ciudad.
El arroz en las casas
En las cocinas de Alfafar el arroz sigue siendo el centro de muchas comidas familiares. El arroz al horno aparece a menudo los fines de semana, preparado en cazuela de barro con carne, embutido y garbanzos, y llevado al horno cuando todavía quedan muchos en funcionamiento en los barrios.
También es habitual el all i pebre de anguila, muy ligado a los pueblos cercanos a l’Albufera. Se sirve caliente, con bastante salsa, y se come despacio, normalmente en mesa larga y con pan al lado. Son platos que tienen sentido aquí porque los ingredientes han estado siempre cerca: el arroz en la marjal, la anguila en las acequias y en la laguna.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Alfafar se puede visitar en cualquier momento del año, pero el paisaje cambia bastante según la temporada. En invierno los arrozales quedan inundados y el cielo se refleja en el agua formando una llanura brillante. En otoño llega la siega y el aire suele oler a paja húmeda.
En pleno verano el calor puede ser duro, sobre todo en las horas centrales del día. Si te interesa ver la marjal o caminar por los caminos agrícolas, es mejor hacerlo temprano o ya al atardecer.
También conviene saber que buena parte del tráfico que entra en el municipio lo hace por la zona comercial. Entre semana el ambiente suele ser más tranquilo y permite fijarse mejor en los detalles del pueblo: las acequias que cruzan algunas calles, los patios escondidos tras portones de madera, o la luz de la tarde cayendo sobre la fachada de la iglesia.
Alfafar no vive de parecer bonito. Es más bien uno de esos lugares donde se entiende cómo la huerta histórica de Valencia convive hoy con polígonos, carreteras y barrios obreros. Y aun así, a pocos minutos del asfalto, siguen apareciendo los arrozales.