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sobre Catarroja
Puerto principal de entrada a la Albufera y cuna del All i Pebre
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A las seis de la mañana, el mercado de Catarroja huele a sardina fresca y a pan recién salido del horno. Bajo la estructura metálica del edificio, los pescadores descargan cajas húmedas que todavía gotean agua de l’Albufera. Alguien canta los precios en voz alta mientras las persianas de las tiendas cercanas empiezan a subir. Afuera, en dirección al puerto, el aire tiene ese frescor leve de la marjal. Cuesta creer que Catarroja esté a un breve trayecto en tren de Valencia.
El alma de l'Albufera
El puerto de Catarroja es uno de los accesos más usados a l’Albufera por la gente del propio pueblo. Aquí siguen saliendo de madrugada algunas barcas de pesca tradicional, con redes ya muy remendadas y motores que arrancan con un traqueteo seco.
Desde el embarcadero sale un camino llano que se adentra en la marjal entre acequias y campos de arroz. A primera hora la niebla suele quedarse baja sobre el agua, y lo único que se oye es el roce de las cañas y el golpe suave de los remos. A veces pasan ciclistas o algún agricultor en moto pequeña camino del campo.
También se puede recorrer esta parte de l’Albufera en barca. Los paseos suelen internarse por los canales que comunican con la laguna abierta. El barquero avanza despacio, apartando las plantas que flotan en la superficie, mientras en las orillas aparecen garzas quietas entre los carrizos. Si el día está en calma, el agua refleja el cielo como una lámina oscura.
Un consejo sencillo: ven temprano o al final de la tarde. A mediodía el sol cae de plano sobre los arrozales y apenas hay sombra.
Calles que guardan memoria
En algunas calles del casco antiguo todavía se adivina el trazado antiguo del pueblo: calles estrechas, fachadas pegadas unas a otras y portones que dan paso a corrales interiores. Cuando el sol entra de lado, la luz rebota en las paredes encaladas y deja el suelo a medias en sombra.
Quedan también algunas casas señoriales de otra época, con balcones de hierro trabajado y yeserías que el tiempo ha ido desgastando. No todo está restaurado, y precisamente por eso se percibe mejor la edad de las cosas: madera oscurecida, cerámica rota en los aleros, portales que crujen al abrirse.
La iglesia de Sant Miquel marca el centro del pueblo. Dentro suele haber ese olor mezclado de cera y piedra fría que tienen los templos antiguos. A ciertas horas es fácil encontrar a vecinos entrando y saliendo en silencio, cambiando flores o encendiendo una vela rápida antes de seguir con el día.
El sabor de la marjal
Aquí la cocina está muy ligada a lo que sale de l’Albufera y de los arrozales que la rodean. Cuando llega la temporada de la anguila —tradicionalmente en los meses fríos— vuelve a aparecer el all i pebre en muchas mesas del pueblo: una salsa espesa de ajo, pimentón y patata donde el pescado se cocina despacio.
El arroz que se cultiva en la zona tiene fama de absorber bien el caldo. En platos de cuchara o en arroces más secos, la base suele ser la misma: agua de la propia laguna, algo más mineral, y sofritos hechos sin prisa.
En marzo, durante las Fallas, el olor que domina las calles cambia por completo. Desde primera hora empiezan a freírse bunyols de calabaza en muchas casas y casales falleros. El aroma dulce se mezcla con la pólvora de los petardos y con el humo de las primeras paellas del día.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
Las fiestas dedicadas a Sant Miquel suelen celebrarse a comienzos del otoño. Durante esos días el centro se llena de música de banda, pasacalles y procesiones donde participa medio pueblo. Uno de los momentos más curiosos es la llegada de ramas de murta y otras plantas aromáticas que se reparten por las calles; al pisarlas, el suelo desprende un olor verde que se queda horas en el aire.
También hay celebraciones de Moros y Cristianos en primavera. No tienen la escala de otras localidades cercanas, pero precisamente por eso se viven de una forma más cercana: trajes que se terminan de ajustar en casa, familias enteras saliendo a ver los desfiles, y el eco de la arcabucería rebotando entre las naves del polígono que queda a las afueras.
Cómo llegar y cuándo ir
Catarroja está conectada con Valencia por tren de cercanías, con trayectos frecuentes a lo largo del día. La estación queda a un paseo del centro.
Si vienes en coche, conviene tener paciencia a primera hora de la mañana o al final de la tarde: coinciden tractores que van hacia los campos y bastante movimiento de entrada y salida del área industrial.
La primavera es uno de los momentos más agradables para acercarse. Los arrozales empiezan a llenarse de verde y las aves se mueven mucho por la marjal.
Agosto, en cambio, tiene otro ritmo. Mucha gente del pueblo se desplaza hacia la costa y el calor se queda atrapado entre el asfalto y las fachadas. Si puedes elegir, acércate entre semana y temprano: el mercado en marcha y el puerto despertando cuentan mejor cómo es Catarroja de verdad.