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sobre Manises
Ciudad de la Cerámica famosa mundialmente y sede del aeropuerto de Valencia
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El vuelo pasa tan bajo que por un segundo parece que va a aterrizar en la plaza. El ruido de los motores se mezcla con el traqueteo de los tornos que aún funcionan en algún taller cercano. Es mediodía, la luz es blanca y dura, y el olor a arcilla húmeda flota entre las naranjas que se secan en las rejas de algunas casas. Así empieza muchas veces el paseo por Manises, en l’Horta Sud, donde el cielo del aeropuerto y el barro de los talleres conviven a pocos metros.
Cuando el barro era oro
Durante siglos, Manises vivió de la cerámica. En la Edad Media sus talleres produjeron piezas de reflejo metálico —ese brillo dorado que parece cambiar de color según la luz— que viajaron por media Europa a través del cercano puerto de Valencia. No era oro, pero lo parecía lo suficiente como para acabar en mesas nobles y palacios.
Si caminas por algunas calles del casco antiguo todavía aparecen rastros de ese pasado: portones anchos por donde entraban carros con leña, patios donde se levantaban hornos, paredes teñidas de un naranja oscuro que delata décadas de fuego. Muchos ya no se usan. Algunos se conservan detrás de rejas o medio ocultos entre viviendas reformadas.
El Museu de la Ceràmica está en el centro y se recorre sin prisa. No es grande, pero basta detenerse delante de una pieza de reflejo metálico para entender por qué este lugar fue conocido por sus lozas. A veces coincide que hay alguien del propio pueblo que empieza a contar historias de antiguos talleres o de cómo, cuando se abre una zanja en ciertas calles, todavía aparecen fragmentos de platos y azulejos entre la tierra.
El agua que sigue su camino
A las afueras quedan los arcos del antiguo acueducto de Els Arcs, una obra hidráulica que durante siglos llevó agua hacia la huerta cercana al Turia. La piedra está gastada y algo pulida por el tiempo. No es un monumento espectacular ni tiene grandes paneles explicativos, pero cuando lo ves de cerca se entiende su lógica: la pendiente mínima, los canales, la paciencia de quien sabía trabajar con el terreno.
Si sigues los caminos de tierra que salen de la zona —entre huertos que todavía sobreviven a los polígonos y a las carreteras— aparecen acequias, pequeñas balsas y parcelas cultivadas. En otoño el aire suele oler a tierra removida y a cítrico. Conviene llevar calzado cerrado: cuando el riego está reciente, el barro se pega a las suelas y acompaña un buen rato.
Fallas de barrio y barro en las manos
En Manises las fallas se viven mucho en clave local. Hay casales repartidos por los barrios y durante esos días el ambiente se mueve entre cenas al aire libre, petardos y conversaciones largas en la calle. Más que un espectáculo pensado para quien viene de fuera, se siente como una fiesta de vecinos que llevan meses preparando su falla.
Otra cita muy ligada al pueblo es la dedicada a la cerámica, que suele celebrarse en verano. Durante esos días algunos talleres abren sus puertas y dejan ver cómo funciona un torno o cómo se cargaba un horno. El olor a barro cocido se queda en la ropa y en las manos. A veces montan demostraciones en la calle y cualquiera puede probar: el plato sale torcido casi siempre, pero la sensación de la arcilla girando entre los dedos se queda grabada.
Cómo llegar y cuándo acercarse
Desde Valencia se llega rápido en metro. Si vienes en coche, lo más cómodo suele ser dejarlo en alguna zona de aparcamiento amplia en los bordes del centro y moverse andando. El casco urbano no es grande y muchas calles se recorren mejor a pie.
El calor aprieta en pleno verano, especialmente a mediodía, cuando el sol rebota en el asfalto y el aire parece quedarse quieto entre los edificios. Primavera y otoño se llevan mejor: la luz es más suave y todavía se ven campos de naranjos alrededor.
Si madrugas, la plaza frente a la iglesia tiene un momento curioso antes de que empiece el movimiento del día. Primero se oyen las persianas de los comercios, luego alguna furgoneta de reparto, y por encima de todo el sonido lejano de un avión descendiendo hacia el aeropuerto. En Manises ese ruido forma parte del paisaje, igual que el barro que todavía gira en algunos tornos.