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sobre Paiporta
Ciudad del área metropolitana atravesada por el barranco de Chiva con zonas verdes
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A las seis de la tarde, cuando el sol cae detrás de los bloques y el aire empieza a moverse un poco, en Paiporta se mezclan dos olores muy claros: sofrito y azahar. El primero sale de los patios y de las terrazas interiores, donde muchas familias siguen sacando el paellero cuando hay tiempo para cocinar sin prisa. El segundo llega de los pocos campos que todavía sobreviven alrededor del municipio. No es una escena pensada para visitantes; es simplemente la hora en que el pueblo se abre y la gente baja a la calle.
El pueblo que fue huerta
Para entender Paiporta hay que caminar un poco más allá de las avenidas principales. Entre bloques de ladrillo y naves industriales todavía aparecen franjas de huerta: parcelas estrechas, acequias rectas y caminos de tierra por donde pasan bicicletas y algún tractor.
La huerta de l’Horta Sud no desapareció de golpe; fue retrocediendo poco a poco a medida que València crecía hacia el sur. Aun así, en los bordes del término municipal todavía se ven naranjos, alcachofas en invierno y algún campo recién regado que huele a tierra húmeda al atardecer.
El barranco del Poyo —que aquí muchos siguen llamando barranco de Chiva— marca una de esas fronteras. La mayor parte del año parece inofensivo, un cauce ancho y seco, pero cuando llegan episodios fuertes de lluvia se recuerda rápido que este terreno siempre ha convivido con el agua.
Si te interesa caminar, las pistas agrícolas alrededor del barranco permiten salir del ruido del tráfico en pocos minutos. Conviene evitar los días de mucho calor: en verano la sombra es escasa y el suelo refleja la luz con fuerza.
La iglesia de San Jorge y el centro del pueblo
En la plaza principal se levanta la iglesia de San Jorge, el edificio que más fácilmente sitúa al visitante. La fachada mezcla reformas de distintas épocas y el campanario se ve desde bastantes calles del casco urbano.
A ciertas horas del día la plaza funciona como sala de estar del pueblo: gente mayor sentada en los bancos, niños cruzando en bicicleta y el sonido de las campanas marcando la tarde. Si pasas a última hora, cuando la luz baja entre los edificios, la piedra de la fachada coge un tono cálido que contrasta con el gris de los bloques cercanos.
Las calles alrededor conservan tramos del Paiporta anterior a la expansión de finales del siglo XX: casas bajas, portones anchos y patios interiores que apenas se adivinan desde la acera.
Restos de molinos y acequias
Antes de que la huerta se redujera, el agua organizaba la vida del término. Todavía quedan trazas de ese sistema: acequias que cruzan por debajo de caminos, pequeños azudes y algún antiguo molino hidráulico del que sobreviven muros de piedra o parte de la estructura.
No siempre están señalizados ni restaurados, pero aparecen si uno camina con calma por las zonas agrícolas. Las golondrinas suelen anidar en los huecos de los muros viejos y, en primavera, el sonido del agua corriendo por las acequias vuelve a escucharse en algunos tramos.
Llegar desde València y cuándo acercarse
Paiporta está a pocos kilómetros de València y tiene conexión directa por metro, lo que hace fácil acercarse sin coche. En unos veinte minutos desde el centro de la ciudad se llega al pueblo.
Los meses más agradables suelen ser finales de invierno y primavera, cuando los naranjos están cargados de flor y el aire trae ese olor dulce tan característico de la huerta valenciana. En verano el calor se acumula entre el asfalto y las fachadas, y la actividad se desplaza a la noche: sillas en la puerta de casa, conversaciones largas y cenas que se alargan.
Si decides pasear por los bordes agrícolas del municipio, lleva calzado cerrado. Algunos caminos siguen siendo de tierra y después de regar quedan blandos durante horas. Aquí todavía manda el ritmo de la huerta, aunque la ciudad esté cada vez más cerca.