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sobre Silla
Puerto histórico de la Albufera con torre árabe y tradición de vela latina
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Turismo en Silla empieza casi siempre igual: cercanías desde Valencia y quince minutos de trayecto. La estación queda a unos diez minutos andando del centro. Si vienes en coche, aparca donde encuentres sitio al llegar. El casco es pequeño y se recorre a pie sin problema.
La torre que sobrevivió a todo
La Torre Árabe es lo único que realmente justifica parar en Silla. Un cilindro de piedra del siglo XI que recuerda más a un silo que a una fortificación. Los musulmanes la usaban para vigilar la Albufera. Más tarde fue prisión municipal durante bastante tiempo.
Hoy funciona como pequeño museo. Varias plantas con cerámicas, paneles y bastantes fotos antiguas del pueblo. Se ve rápido.
La visita sirve para entender qué era Silla antes de las fábricas y los polígonos. No cambia el día, pero tampoco estorba.
Donde el arroz sabe a lo que debe
Silla no vive del turismo. Vive de la industria. Hay muchos polígonos alrededor y se nota. A ratos el aire trae olor a papel o a caucho, según de dónde venga el viento.
Aun así, la cocina de toda la vida sigue presente. En los bares del centro suele aparecer el all i pebre de anguila cuando toca temporada. La anguila llega de las acequias cercanas a la Albufera. El arroz también sale de estos campos.
Te lo sirven en cazuela de barro, sin ceremonias. Pan al lado y listo. Lo importante está abajo: la socarrat. Aquí siguen discutiendo cuándo está en su punto.
La Albufera, a un paso
La Albufera está muy cerca. Tres kilómetros de camino recto entre arrozales te plantan en el borde del parque natural.
La senda hacia el Tancat cruza campos abiertos. En invierno suele estar tranquila. En verano aparecen los mosquitos. Repelente y agua, y asunto resuelto.
Si te paras un rato salen aves. Garzas, cormoranes y alguna espátula. Nada espectacular, pero el paisaje funciona. Al atardecer los arrozales se quedan naranjas y el agua refleja el cielo.
Fiesta, mercado y lo de siempre
A principios de agosto el pueblo celebra las fiestas del Cristo. Calles llenas, música alta y cohetes hasta tarde. Lo habitual en muchos pueblos de la zona.
En enero suele montarse la Fira de Sant Sebastià. Se presenta como mercado medieval, aunque en la práctica mezcla puestos de comida, dulces y artesanía variada. Sirve para probar mistela de moscatel y dar una vuelta por el centro.
Cómo no perder el tiempo
Si quieres ver la torre con calma, ve temprano. Cuando llegan grupos escolares se llena rápido.
No busques playa aquí. Para bañarte toca moverse hacia El Saler o volver hacia Valencia.
Si vienes con la idea de comer arroz o anguila, pregunta antes en los bares del centro. No siempre lo hacen todos los días.
Y el pequeño puerto interior es eso: un muelle sencillo con barcas. Funcional, nada más.
Silla se recorre en medio día. Ves la torre, paseas un rato hacia los arrozales y comes algo caliente. Luego sigues camino. Es un pueblo normal. No intenta parecer otra cosa. Y casi se agradece.