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sobre Xirivella
Ciudad del área metropolitana conocida por su festival de payasos y huerta periurbana
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Hay un momento, justo cuando sales de Valencia hacia el oeste, camino del aeropuerto, en el que el GPS te suelta “Xirivella” y piensas: “¿Aquí? Esto parece más bien un cruce grande con semáforos”. Y, visto desde la carretera, la primera impresión va por ahí. Pero luego te bajas del coche, caminas un poco, y empiezas a notar otra cosa: olor a paella un domingo, gente charlando en la puerta de casa, bicicletas cruzando hacia la huerta. Entonces el lugar cambia bastante.
Xirivella vive en ese equilibrio raro entre ciudad y pueblo. Y lo curioso es que, pese a tener Valencia pegada al lado, todavía se le notan cosas de pueblo.
El pueblo que no quería ser barrio
A cuatro kilómetros de Valencia y con más de 30.000 vecinos, Xirivella podría haberse diluido sin más en el área metropolitana. De hecho, cuando llegas por las avenidas grandes y ves polígonos industriales y bloques de pisos, durante un rato parece exactamente eso: otro barrio más.
Pero luego te metes en el casco antiguo y el ambiente cambia. Calles más estrechas, casas bajas, vecinos que se paran a hablar en mitad de la acera. Es ese tipo de sitio donde aún ves a alguien regando las plantas desde el balcón mientras abajo pasa uno con la barra de pan bajo el brazo.
Hay un detalle curioso repartido por varias fachadas: una serie de azulejos antiguos que marcan las estaciones del Vía Crucis. Son piezas del siglo XVIII, colocadas en las paredes de las casas como si fueran pequeñas paradas de un recorrido que atraviesa el pueblo. No es algo que se vea a primera vista, pero cuando empiezas a fijarte aparecen por todas partes.
Son esas pequeñas pistas las que recuerdan que, antes de que Valencia se expandiera tanto, esto ya tenía vida propia.
La huerta que se resiste
Lo que realmente marca la diferencia en Xirivella es la huerta que la rodea. A pocos minutos andando aparecen caminos de tierra entre acequias, parcelas de cultivo y alguna alquería dispersa. El contraste con la ciudad es inmediato.
Hay varios caminos que salen hacia l’Horta Sud siguiendo el antiguo trazado del río Turia y las acequias. Mucha gente del pueblo los usa para caminar o ir en bici, sobre todo los fines de semana. No es una ruta señalizada al estilo de parque natural; más bien una red de caminos agrícolas donde te cruzas con vecinos, agricultores y algún que otro ciclista que viene desde Valencia.
Entre naranjos, campos de verduras y casas de huerta más antiguas, el paisaje cambia rápido. En algunos tramos el camino se estrecha tanto que solo pasa una bici o una persona andando.
Y de repente te das cuenta de algo curioso: estás a muy pocos minutos del centro de Valencia, pero el ambiente ya es completamente de huerta.
Cuando la paella no es para turistas
Aquí la paella no tiene nada de espectáculo. No hay camareros explicando la receta ni carteles en varios idiomas. Lo normal es verla en casas, patios o reuniones familiares de domingo.
La versión más habitual en la zona suele llevar lo que da la huerta: garrofón, judía verde, a veces alcachofa cuando es temporada, y caracoles. Es la paella de siempre, hecha sin demasiadas ceremonias y comida directamente de la paellera.
También aparecen platos muy de la zona como el espencat —pimiento rojo, berenjena asada y bacalao desmigado— o las cocas saladas que se preparan en fiestas. Masa fina, cebolla bien pochada, algo de atún… comida sencilla que en casa sabe mucho mejor que en cualquier escaparate turístico.
Y luego está la horchata con fartons, que aquí también se toma con bastante devoción cuando aprieta el calor.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
Las fiestas patronales giran alrededor de la Virgen de la Salut, cuya ermita se encuentra a las afueras del casco urbano. La imagen sale en procesión en octubre, en unas celebraciones que mezclan actos religiosos, verbenas y actividades organizadas por las peñas del pueblo.
Hay una historia bastante repetida entre los vecinos sobre el origen de la imagen, relacionada con un hallazgo antiguo bajo una campana. Como pasa con muchas tradiciones locales, cada uno la cuenta con algún detalle distinto.
Otro momento muy conocido en el calendario local es el día de la bicicleta que se organiza cerca del 9 de octubre. Se junta mucha gente del pueblo —familias enteras, chavales, abuelos— para recorrer la huerta en grupo a ritmo tranquilo. No es una carrera ni nada parecido: más bien una excusa para salir todos juntos a pedalear.
Cómo llegar y si merece la pena parar
Xirivella está pegada a Valencia y se llega rápido tanto en coche como en transporte público metropolitano. Mucha gente llega también en bici desde la ciudad siguiendo el antiguo cauce del Turia y enlazando luego con caminos de huerta.
¿Merece la pena venir expresamente? Depende de lo que busques.
Si esperas un casco histórico monumental o un pueblo de postal, este no es el sitio. Xirivella no juega a eso. Es más bien un municipio metropolitano con trozos de vida de pueblo todavía muy visibles.
Ahora bien, si te interesa ver cómo funciona la huerta valenciana cerca de la ciudad, o te apetece pasear sin ruido entre acequias y campos a pocos minutos de Valencia, aquí tienes un buen punto de partida.
Mi consejo: ven una mañana tranquila. Camina hacia la huerta, sigue algún camino agrícola sin prisa y vuelve al centro a la hora de comer. Si en algún bar hay paella ese día, ya tienes el plan completo. Y si no, tampoco pasa nada: el paseo ya habrá merecido la pena.