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sobre Chiva
Municipio extenso con sierra y el famoso Torico de la Cuerda
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El toro aparece cada 17 de agosto a primera hora de la mañana, sujeto por una cuerda de cáñamo que decenas de hombres tiran y sueltan por las calles del casco antiguo. No es una suelta al uso: el animal avanza con la cuerda tensa y el recorrido se negocia metro a metro entre quienes lo llevan y quienes miran desde portales y balcones. La fiesta se conoce como Torico de la Cuerda y forma parte de la memoria del pueblo desde el siglo XVIII, cuando —según la tradición local— unos pastores llegados de Teruel pagaron con un toro el derecho a pasar el invierno con sus rebaños en estos montes. La escena explica bastante bien cómo funciona Chiva: costumbres muy arraigadas, pero sostenidas por el propio vecindario.
Un castillo que no es castillo y una torre que sí lo fue
Subir hasta la plaza del Castillo tiene sentido aunque allí no haya castillo. En la parte alta se levanta la iglesia de San Juan Bautista, un edificio barroco del siglo XVIII que ocupa el mismo cerro donde antes hubo una torre defensiva islámica. De aquella estructura queda la Torreta, probablemente levantada entre los siglos XI y XII.
El lugar no se eligió al azar. Desde aquí se domina el paso natural que comunica la llanura valenciana con el interior hacia Castilla. Durante siglos fue un punto de vigilancia en una frontera cambiante entre territorios cristianos y musulmanes.
Tras la conquista de Valencia, Jaime I entregó estas tierras a Berenguer de Entenza. Con el tiempo el cerro perdió su función militar y pasó a organizar la vida religiosa del pueblo. La iglesia actual sustituyó a un templo anterior y, según suele contarse en Chiva, su advocación cambió gracias a la aportación económica de un arzobispo de Manila con raíces familiares en el municipio.
Las cuevas que quedan fuera del itinerario habitual
En el término de Chiva hay varios abrigos con arte rupestre esquemático. Los más conocidos son la Alhóndiga, Cofia y Barranco Grande, tres cuevas poco visitadas si uno se queda solo en el casco urbano.
Se puede recorrer la zona siguiendo una ruta circular de unos ocho kilómetros que parte de la fuente de la Horteta y remonta un barranco de paredes rojizas. Dentro de los abrigos aparecen figuras muy simples —arqueros, cabras, trazos geométricos— que suelen situarse entre el 3000 y el 2000 a. C. No son conjuntos especialmente grandes, pero recuerdan que estos relieves de roca caliza ya servían de refugio miles de años antes de que existiera el pueblo.
Conviene llevar linterna. Los paneles informativos ayudan a interpretar las pinturas, pero la iluminación natural dentro de las cavidades es escasa.
El aeródromo que cambió el paisaje
Durante la Guerra Civil se habilitó un aeródromo militar en la vega del río Magro, en una zona entonces agrícola a las afueras del pueblo. La aviación republicana utilizó la pista y, según la documentación conservada, allí llegaron a operar varias escuadrillas de caza y talleres de reparación.
Hoy apenas quedan restos visibles: fragmentos de estructuras metálicas, alguna señalización y una placa conmemorativa. Durante años el terreno siguió usándose para vuelos agrícolas, hasta que el crecimiento industrial de la zona transformó el entorno. Aun así, entre los vecinos mayores todavía es habitual oír hablar de ese descampado como “l’aeròdrom”.
Cocina de matanza y dulces de romería
La olla de la plana aparece en muchas casas cuando llega el frío. Lleva alubias blancas, acelgas, cardo y carne de matanza —morcilla de cebolla y panceta— y se sirve directamente desde la cazuela. Es comida de cuchara contundente, pensada para una jornada larga de trabajo en el campo.
En febrero, alrededor de San Blas, se preparan rosquillas de anís que suelen venderse cerca de la iglesia. El dinero ayuda a sufragar la romería que se celebra el primer domingo de mayo, cuando la Virgen del Castillo baja desde el santuario del cerro hasta el pueblo. La imagen suele trasladarse en un coche antiguo adornado con ramas de romero, una costumbre que ya forma parte del ritual festivo.
La jornada termina con una comida colectiva en los alrededores de la Torreta: cocas saladas, embutido de matanza y vino de la zona compartidos en mesas largas.
Cómo llegar y cuándo
Chiva está a unos 30 kilómetros de Valencia por la A‑3, en dirección a Madrid. El acceso al casco urbano se hace desde una de las salidas que conectan con la carretera comarcal.
También tiene estación de Cercanías en la línea C‑2, que conecta con Valencia y otras localidades del interior; suele haber varios trenes al día.
La primavera suele ser el momento más agradecido para recorrer el entorno: los barrancos mantienen algo de verde y el calor todavía no aprieta como en pleno verano. Si coincides con el Torico de la Cuerda en agosto conviene saber a qué se viene: no es un espectáculo pensado para visitantes, sino una celebración muy propia del pueblo. Calzado cerrado y algo de paciencia ayudan a moverse por las calles esos días.